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La fiesta del semáforo (2ª parte)
25. Octubre 2011 por Antonio Javier Roldán.
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La fiesta del semáforo (2ª parte) |
Como ya adelanté en mi anterior reflexión, resulta muy cómodo culpar a los adolescentes por esa carrera en la que queman etapas a ritmo de semáforo quemando ruedas, cuando hemos sido los adultos los que hemos permitido esta sociedad del “todo vale”, sin pararnos a pensar sobre la educación afectiva y sexual que estamos inculcando a los más jóvenes, de forma explícita o implícita mediante la publicidad, la cultura del ocio y los medios de comunicación. El otro día, por ejemplo, buscaba con mi tutoría nombres de personas famosas que destacasen también por sus valores humanos y, curiosamente, entre los hombres sonaron más los deportistas (fuerza, competición, músculo, triunfo…) y entre las mujeres actrices y cantantes (belleza, atracción…). Ahí tenemos una primera pista. No hemos avanzado tanto como creemos y todavía hoy encontramos chicas que se valoran a sí mismas en función de la atracción provocada en sus compañeros, por lo que es frecuente que algunas de ellas empiecen a temprana edad a maquillarse y vestirse como sus hermanas mayores. Hoy, más que nunca, se fomentan la perfección del cuerpo y unos cánones de belleza imposibles, que incluso pueden derivar en trastornos de la alimentación.
Los adultos de referencia también usamos el semáforo cuando tratamos el tema de la afectividad y sexualidad, especialmente desde la familia, porque el vínculo es mucho más profundo que con los profesores. Por colores, se podrían identificar tres tipos de actitudes:
Color rojo:
- La sexualidad se afronta como un problema, considerándose algo prohibido y negativo, causando que algunos jóvenes se enfrenten a los cambios de su cuerpo en la pubertad de forma conflictiva.
- Se niega el placer, colocándolo en un segundo plano, como una consecuencia de la sexualidad, no como un fin. Como me explicó un día un sacerdote católico, en un curso para profesores, “Dios nos ha hecho seres capaces de sentir placer. Sin embargo, admitimos con naturalidad ese placer al contemplar una puesta de sol (vista), una sinfonía de Beethoven música (oído), el estallido de la primavera (olfato), el sabor de una manzana (gusto) o la suavidad de un tejido (tacto), pero nos parece negativo armonizarlos todos en las relaciones sexuales“.
- Los genitales pasan a ser una parte vergonzosa, que no debe ser expuesta salvo en tratados de medicina. Recuerdo que mi compañera de vida me contó alguna vez que en su colegio les obligaban a pegar las hojas de los temas de reproducción en los libros de ciencias .
- Se argumenta con leyendas e información sesgada, que refuerce el rechazo o el miedo por parte del adolescente.
Color verde:
- Tu cuerpo es tuyo y puedes hacer con él lo que quieras, y cuando quieras, siempre y cuando exista mutuo acuerdo.
- No existe un proceso ni se armoniza la relación sexual con un mínimo de proyecto de pareja. Se saltan etapas muy deprisa y suele caerse en la rutina y el hastío.
- “Mi hijo ya es mayor. Le daré un preservativo y un libro para que esté informado“. Si es niña, “ten cuidado y no te quedes embarazada, que existe la píldora del día después“. Esto es equivalente a entregarle las llaves del coche y un manual de autoescuela para que se lo estudie en los ratos libres.
- Vive lo que yo no pude vivir. ¡Qué suerte, con tanta libertad que hay ahora! Si algún día quieres traerte a casa a la periquita, no hay problema (si es hija en vez de hijo, cambia el discurso, por supuesto).
- “Mi hijo ya es mayor. Le daré un preservativo y un libro para que esté informado“. Si es niña, “ten cuidado y no te quedes embarazada, que existe la píldora del día después“. Esto es equivalente a entregarle las llaves del coche y un manual de autoescuela para que se lo estudie en los ratos libres.
Color amarillo:
- La sexualidad es identidad, reproducción, placer, amor, unión, relación, ternura… Se vive toda la vida, desde la infancia hasta la vejez, cada etapa de forma coherente al crecimiento del cuerpo y a la madurez personal o de la pareja.
- Los adultos les enseñamos a descubrir la libertad emocional, a trabajar la autoestima, a ser sensibles, a saber escuchar y a respetarse a uno mismo y a los demás. Por supuesto, también informamos de los aspectos fisiológicos.
- Les demostraremos que con una caricia se puede consolar, que un abrazo no es “para nenas” o que un beso puede decir más cosas que una decena de SMS.
- Y, por supuesto, les recordaremos que el órgano más determinante en nuestra sexualidad es el propio cerebro. Ahí pondrán cara de sorpresa y se mirarán por debajo del ombligo decepcionados, porque todavía confunden sexualidad con genitalidad. Tiempo, al tiempo.
Durante más de diez años he trabajado este tema en mi tutoría de 2º de ESO y debo reconocer que la inmensa mayoría de las familias de mis alumnos me animaron a seguir la luz amarilla. De trescientas familias consultadas en este tiempo, no habré tenido más de dos o tres bombillas no amarillas, lo cual es un esperanzador síntoma para el futuro. Ojalá algún día podamos retirar todos los semáforos y cruzar con tranquilidad el paso de peatones.
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La fiesta del semáforo (1ª parte)
20. Octubre 2011 por Antonio Javier Roldán.
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La fiesta del semáforo (1ª parte) |
Si es que tenía que pasar… Tanto usar los emoticonos en internet que había que exportar la idea a la vida real. Que si “toy triste”, que si “toy felí”, que si “toy alucinao”, “que si no toy”, etc. Francamente me esperaba otra cosa, algo más fashion como llevar un móvil colgado del cuello mostrando en la pantalla una carita amarilla, que gesticulara según los parámetros enviados por el cuerpo. Pues no, ¡vaya decepción! Cuales visionarios del futuro, los empresarios de las discotecas light han logrado algo muy simple, barato y sin recurrir a su departamento I+D situado tras la barra del bar.
Pero antes, por si acaso alguien anda despistado, debo aclarar que una discoteca light es una “sesión infantil” para adolescentes entre los 14 y los 17 años, en la que la única diferencia con la hora de los mayores es que no hay alcohol. ¿Sólo eso?, pensará algún incauto. Pues sí, sólo eso, porque las niñas van vestidas como mujeres -fatales-; existen gogos menores de edad que bailan por 100 euros; algunos niños reparten flyers -propaganda- por los colegios a cambio de una gratificación o privilegios; se puede gozar con fiestas tan sugerentes como la de la espuma; disponen de asientos vips e incluso palcos para poner a fulanita a caer de un burro, eso sí, suave y peludo como si fuera de algodón. Al menos son buenas para la crisis, porque no hay que menospreciar la caja que hacen las tiendas y supermercados cercanos cuando entra el amigo mayor, asume su papel de barman, y reparte las botellitas a la salida a sus “niños”. Claro, es que con el tumulto de la entrada los pobres gorilas no van a empezar a manosear menores para buscar alcohol, no vaya a ser que los denuncien por tocamientos simiescos, que todo tiene un límite.
Una vez situados en el contexto de la historia, voy a explicar cuál ha sido el nuevo invento. Se llama la fiesta del semáforo. La dinámica es muy sencilla. Compras la entrada, con tu DNI auténtico o el de tu hermana -todo queda en familia, nena-, y con ella te dan derecho a un par de consumiciones -ojo a los suplementos- y a una pegatina, que puede ser de tres colores: rojo, amarillo o verde. Si entras con el rojo, mal rollito, indica que tienes novio/a, así que si quieres darte un muerdo con tu cariñito/a, genial; pero si no está en la fiesta ya puedes prepararte para sujetar velas o dedicarte a cantar eso de “Amo a Laura, pero esperaré hasta el matrimonio…”. Si vas de amarillo, reparte números para aguantar a todos los/as plastas de la sala, porque eso indica que estás indeciso/a y que con un poco de labia seguro que te convencen para tener algún encuentro en la primera fase. Luego se pide la dirección del Tuenti y se sigue jugando a los semaforitos hasta que te pille la Guardia Civil por saltarte un rojo y te quedes un mes sin disfrazarte de hombre/mujer.

Ahora vamos a por el verde… Un momento, que me ponga cómodo… Ya.
Pegatina verde. Esto indica que no le haces asco a nada, así que esto parece la salida del Gran Premio de Montecarlo. Calles estrechas, mucha competencia y el que se ponga el primero sube al pódium. La tarde es larga, y siempre hay alguna descalificación, por lo que otros coches van subiendo posiciones. De vez en cuando surge el hastío pero, tranqui tronco/a, que el director de la carrera manda al coche escoba y le dice al DJ que recuerde a los participantes lo de las pegatinas. Termina la carrera… ¡Reparto de premios! De camino a casa unos miran el reloj inquietos y otros el chupetón ámbar o verde(s). Mientras los aburridos rojos chatean, vía Blackberry, con la pareja que está castigada en casa: ¡oye! Que me he puesto la pegatina roja por ti, para que veas que no te olvido, ¿vale?. ¿De verdad? ¡Qué romántico! Eso es que me quieres. ¿Perdona? No te rayes, que sólo somos “follamigos”. ¡Ah! Perdón.
Y en esa estamos. La sexualidad y la afectividad usadas como un artículo de consumo más, y con el aliciente del 3D, no como esas web de internet que se visitan cuando tus padres te dejan sólo ante el peligro, donde tienes una carta de platos de lo más apetitosa y en autoservicio, para que te pongas lo que quieras hasta saciarte.

Intento recordar la primera vez que fui a una discoteca y puedo prometer, y prometo, que fue con al menos 17 años, y mi ilusión era bailar o, al menos, moverme de forma sincopada sin pisar a nadie. Así que ahora miro a mis alumnos y siento tristeza, porque están corriendo demasiado a su edad y no parece que quieran dejar nada para más adelante.
Nuestros adolescentes han nacido en la época de la burbuja económica y desde pequeños han sido tan consumidores como nosotros. Decenas de juguetes, ordenador, buena ropa, viajes… ¿Para qué estudiar, si ya lo tengo todo? ¿Por qué esperar a ser mayor de edad, si puedo disfrutar de mi cuerpo ahora?
Mucho me temo que la culpa es nuestra. En algo hemos fallado. Quizás hemos tenido miedo de poner límites a una generación nacida en plena madurez de nuestra democracia. No queríamos ser tiranos ni parecer carcas, así que ¿por qué no permitir que nuestros adolescentes quemen etapas antes de tiempo? Hemos dejado en sus manos un coche de gama alta y ahora pretendemos que a su edad no tengan accidentes. Así que ahora toca curar las heridas, explicarles lo de la abejita y la flor y, por supuesto, quitarles las llaves del bólido. Pero eso lo dejo para el próximo episodio, ya que, como hay que decirle a nuestros “pavitos”, hay que aprender a esperar.
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El nuevo Olimpo
12. Octubre 2011 por Antonio Javier Roldán.
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El nuevo Olimpo |
Pongámonos en situación. Antigua Grecia. Un adolescente griego se acerca a uno de sus maestros y le pregunta por el sentido de la vida, así, sin anestesia ni nada. El anciano se atusa la barba y le habla a su pupilo de los dioses del Olimpo, una pandilla de tiranos sin ética, caprichosos, lujuriosos y vengativos, que sólo pueden ser calmados con algún que otro sacrificio y o con los cantos de “Zeus bonito, me gusta tu rayito” que calman los divinos egos. El joven asiente ante la explicación, pero se aleja de allí algo apesadumbrado, porque sus dioses no le ofrecen nada más que ser paciente con ellos -¡vaya tropa!- y mentalizarse para darse un garbeo eterno por el inframundo de Hades.
Nuestro adolescente ha dejado de creer en el Olimpo y decide buscar por sí mismo las respuestas que necesita. Se acerca a un puerto y toma una barquita con la que adentrarse en un viaje iniciático por el mar que le llevara a comprender la naturaleza, aprender de las estrellas, dialogar con su alma, escuchar la música de la tierra y reconocerse en el espejo de la humanidad. Su rebeldía ante los dioses le ha transformado en un pensador, en un pequeño filósofo capaz de armonizar la belleza con la geometría y asombrarse de su condición de persona. Si ya se lo decía el otro día Sócrates a los progenitores del interfecto sublevado: “Nuestros jóvenes de hoy en día aman el lujo, tienen pésimos modales y desdeñan la autoridad, muestran muy poco respeto por sus superiores y pierden el tiempo yendo de un lado para otro, y están siempre dispuestos a contradecir a sus padres y tiranizar a sus maestros“.

Una tarde nuestro protagonista se topa con Zeus, que ha bajado a darse un garbeo por el bosque, y de paso “raptar” a alguna ninfa. El dios griego reconoce al insurrecto súbdito e iza con furia uno de sus rayos y, con voz poderosa, se dirige al pequeño rebelde: “si no estás conmigo serás un excluido, un maldito apátrida fuera de nuestra sociedad”. El adolescente gira la cabeza hacia el camino que tiene por delante y le responde: “Mi patria es donde me lleven los pies y mi templo reposa en el corazón“.
Resulta difícil terminar este relato… Lo más lógico es que Zeus le lanzará rayos hasta en el carnet de identidad, pero también me gustaría pensar que el hijo de Rea se quedaría tan descolocado que dejaría escapar a nuestro rebelde. Dejo el final a la imaginación de cada cual.
Siglo XXI. El Olimpo del consumismo y la riqueza material han deslumbrado a los jóvenes desde su infancia, permitiendo que sus vidas sean acomodadas y sencillas. Sólo por el simple hecho de nacer bajo la tutela de tan generosos dioses uno tiene derecho a ropa de marca, nuevas tecnologías -con sus propios dioses mesiánicos-, dinero fácil, comida variada y un sinfín de oportunidades para formarse y gozar de la vida. Hasta que ha llegado el terremoto que derriba el Olimpo, mostrando el cartón piedra, que creiamos mármol, y la purpurina que deslumbraba como el oro. Al igual que en la antigüedad, los dioses caídos ya no merecen nuestro respeto y los jóvenes se sienten traicionados por su comportamiento amoral e indigno, sin darse cuenta de que todos hemos sido cómplices de ese Olimpo con nuestra furia recolectora de las migajas sobrantes en los banquetes divinos.

Algunos desencantados buscan desesperadamente nuevos ídolos a los que seguir y se convierten en presa fácil de ideologías extremistas en las que basta con asumir las directrices marcadas sin abandonar el redil, como suele suceder siempre tras una crisis. Otros no se dan por vencidos, y simplemente otean el horizonte en busca de dioses sustitutos, líderes poseedores de la verdad absoluta, estrellas sociales millonarias y engreídas, o simplemente de un titiritero al que le sobre cuerda para atar nuevas marionetas.
Sin embargo existe un grupo de jóvenes que llevaban tiempo imaginando que otro mundo era posible, y deciden despertar del mal sueño, que siempre han conocido, y se acercan a la orilla para buscar la misma barquita que su ancestro del mar Egeo. Saben que no lo van a tener fácil, que serán señalados por la calle por atreverse a cuestionarse cuanto les rodea y que deberán cargar con ese lastre si desean permanecer dentro del sistema e integrarse en él.
Os confieso que no tengo la valentía suficiente para echarme a navegar, porque aquí en mi palacio, a los pies del viejo Olimpo, se vive de fábula. Débil que es uno. Lo que sí os prometo es pasarme de vez en cuando por vuestro puerto, y si hay que remendar alguna vela resquebrajada por Eolo, pues se hace, que para eso me han entregado una aguja de oro. Me dará vergüenza su resplandor, claro, pero al menos servirá para un zurcido de emergencia.
Seguro que algún vecino de la polis me critica por estar ahí con mi aguja, apoyando a las ovejas negras, en vez de centrarme en hilvanar trajes de seda. Lo asumo, no me importa, me está bien empleado por pertenecer al rebaño.

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¿Dónde estás?
7. Octubre 2011 por Antonio Javier Roldán.
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¿Dónde estás? |
Había terminado por fin la jornada semanal y me acercaba al metro soñando con el fin de semana, porque mi indicador personal de batería me avisaba de que mi cerebro estaba al borde de la descarga tras unos días de mucho trabajo. Gracias a alguna mente retorcida, que ha decidido cambiar todas las escaleras mecánicas a la vez, debo tomar el ascensor hasta mi andén, salvo que quiera realizar un tour subterráneo por el laberinto de las obras. Otros rostros cansados me acompañan en la fila de acceso al ascensor.
De repente tres niñas se acercan a nosotros, voceando a los cuatro vientos las virtudes de un tal Tomás, al que los oídos no le pitan, le estallan. No son de mi colegio, pero no se diferencian mucho de mis alumnas, así que miro con una sonrisa cómplice a mis aturdidos compañeros de viaje, que contemplan a las tres adolescentes con espanto. Una de ellas, que se llama Ana, se despide, y las otras dos irrumpen en estampida en el diminuto cubículo que nos transportará a las profundidades. Una abuelita las mira con angustia mientras su marido mueve la cabeza gravemente. Para mí ese es el pan de cada día, así que no me extraño cuando una de la niñas me grita: “¿¡Has pulsado el botón de la línea 6!?”. Sí, balbucí temiendo que volviera a aturdirme.
Entonces ocurre. Las dos niñas, sin ponerse de acuerdo, sacan sus móviles de diseño Blackberry y comienzan a chatear convulsivamente. Claro, todos pensamos: “que gracia, para un minuto que estaremos aquí encerrados se ponen a jugar”. Pues no. Error. Están comunicándose con Ana, la amiga que acaban de dejar arriba. ¿Qué dice Ana? Que está en el andén de la línea 7. ¡Cómo ha corrido! Se abre la puerta del ascensor en ese andén. ¡Tíaaaaaa! Parece mentira que dos gargantitas puedan eclipsar la entrada de un convoy en la estación. Ana saluda desde la lejanía levantando su móvil cual trofeo. La abuelita se estremece ante el impacto auditivo y los saltos de las interfectas, mientras su cariño le acaricia la mano para tranquilizarla. No pasa nada, no pasa nada. Ya llegamos… Se cierran las puertas. Seguimos descendiendo… ¡Ping! Está usted en el nivel 3. Las niñas salen gritando sin dejar de mirar la pantallita, mientras que yo miro con prevención las vías que se abren como un abismo que parecen ignorar. ¿Qué le has puesto? Que dónde está. ¿Y qué te dice? Que en el nivel 2. Claro, es rápida, pero no es superwoman.

El tren está llegando. Escojo un vagón tranquilo -lejos de ellas- y me siento a pensar. Es curioso, apenas tienen 12 o 13 años y tienen en sus manos un juguete de unos 300 euros que utilizan para trivializar la comunicación. No digo que yo a su edad no usara el teléfono y las notitas en clase para chismear con los amigos, pero no portando un artículo de lujo por la calle. ¿Serán mis dos pavitas capaces de decirle a Tomás que ojos tienes prenda sin usar el aparatito en cuestión?
Algunos de mis alumnos ya estrenaron el móvil en su primera comunión, tienen ordenador en casa desde primaria y disponen de decenas de canales televisión y acceso a internet, donde nos dan siete vueltas a los adultos. Sin embargo han perdido la calle, aquellas tardes de encuentro en el patio del barrio o jugando al fútbol en el asfalto hasta que alguien gritaba “¡Coche!”. Alguno de ellos protestará (¿Vía Twitter?) y me dirá que no todo es pantallita, que la calle sigue siendo suya. En parte es verdad, porque los veo haciendo vida social en la puerta de un “todo a 100″, con el móvil en una mano y el refresco en la otra.

Me imagino que este es el tipo de relación social que nos aguarda en el futuro, pero no puedo evitar pensar con tristeza en lo que se van a perder. Quizás nunca sepan lo que es esperar al cartero, abrir un sobre y percibir la huella de ella en los trazos que escribió aquel día que me evocó sola al atardecer. Aprenderán pronto a decirle a Tomás ”¿Me agregas” o “stoy x ti”, pero su lenguaje corporal puede reducirse a mover los dedos con agilidad felina sobre el teclado. No necesitarán ponerse las gafas del otro para ver el mundo como él, porque este habrá especificado su estado de ánimo en el perfil.
Y entonces llega el día en que papá y mamá les sientan en el salón y le cuentan eso de la relación entre la crisis y el paro, y que los ajustes llegan a casa. Fin de la fiesta. Así que la Blackberry se da de baja y mis dos compis de ascensor se quedan excluidas socialmente. No pueden vivir sin estar conectados a todas horas. Ahora son unas parias, que solo tienen vida social por la noche al coger el ordenador, y eso si no están castigadas (hemos cambiado el ”a la cama sin postre” por el “a la cama sin internet”). Ahora se van a perder muchas informaciones que a nosotros nos parecen intrascendentes, pero que para ellas es “estar o no estar”. Entonces descubrimos que eran unas yonkis del móvil, que esas alegres niñas padecían “nomofobia” y que la pérdida de su terminal es un acontecimiento trágico.
Unos padres nunca le comprarían a estas niñas una botella de ron, una cajetilla de tabaco o una china de marihuana, porque son drogas reconocidas, pero no ven peligro en regalarles un móvil de este tipo. ¿Nos estaremos equivocando? Lo sabremos en los próximos años.

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Spanish revolution
20. Mayo 2011 por Antonio Javier Roldán.
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Spanish revolution |
Durante los últimos veinte años, nuestros jóvenes han crecido en un suelo abonado por la pujanza económica, sin percibir apenas necesidades en casa, y en el que bastaba con pulsar un botón para descargarse ese disco o película que tanto le interesaban, o copiar el trabajo del renacimiento que el plasta de su profesor se empeñaba en pedirles. ¿No le bastara a este hombre con mirar la Wikipedia? ¡Qué pesado!
Junto a esta abundancia cultural, el crecimiento insostenible del primer mundo, insaciable de recursos y generador de residuos, ha configurado un escaparate global de bienes de consumo al alcance de todos los bolsillos, provocando cataratas de regalos, elitismo en las marcas y sueños cumplidos sin tiempo a luchar por alcanzarlos.
Nuestro un sistema educativo ha relegado el esfuerzo a un segundo plano, aplazando el fracaso escolar a los últimos cursos, cuando ya no basta con progresar adecuadamente. A lo largo de esa travesía, los que andamos metidos en la cuarentena, no quisimos reproducir la falta de libertad que tan sólo pudimos intuir en la despedida del franquismo, ese con el que alcanzaron la madurez nuestros mayores. Quizás por eso hemos sentido miedo a la palabra autoridad, confundiendo la cercanía con la permisividad, y tratando a los adolescentes de tú a tú, convirtiendo algunos centros educativos en pequeñas ciudades donde sus habitantes disfrutan de muchos derechos y pocas obligaciones, a una edad en la que todavía hay que explorar los propios límites.

Hoy en día, inmersos en una crisis económica mundial, el 45% de nuestros jóvenes, más de dos millones, se encuentra en paro, descubriendo que aquel paraíso de la infancia dista mucho de la cruda realidad que les aguarda fuera del hogar. La avaricia de algunos, nuestro estilo de vida y el monopolio de los bancos para prestar las llaves que conducen a la sociedad del bienestar, han convertido a la juventud española en rehén de unos pecados ajenos. ¡Oiga! Que esto no es lo que me prometieron en mi bucólica y protegida infancia. ¡Menudo timo! Y es entonces cuando miran hacia sus mayores y observan perplejos la corrupción de algunos políticos, la mirada sesgada de los jueces afines a una determinada ideología, la cesión de recursos del estado para mantener a los bancos contentos y pujantes, los medios de comunicación que editorializan más que informan, y la injusticia brutal hacia el tercer mundo de la llamada “Europa del bienestar”.
Entonces un día un joven tiene una idea, en esa realidad paralela que ellos dominan mejor que nadie, y a través de internet deciden movilizarse, porque sólo aparecen en los medios cuando hay botellones o el informe anual de educación los pone a caer de un burro. Los jóvenes españoles, hijos e hijas de las sucesivas reformas educativas, quizás no sepan cuál es la capital de Ucrania o se echen a sudar cuando se les pregunta por la lista de los Reyes Godos, pero no hay quien les gane en el trabajo en equipo, la resolución de proyectos, las ideas igualitarias y la creatividad.

Así que de repente un movimiento de indignación crece exponencialmente en las redes y una manifestación se transforma en un campamento de protesta en el kilómetro cero de España. Se organizan como lo hicieron en las clases de Tecnología para construir una grúa de madera, de forma horizontal y democrática, repartiendo las obligaciones y responsabilidades, toman la calle y les dicen a los políticos que toca espabilar, majetes, que otro mundo es posible y que allí tienen una muestra en las propuestas de su manifiesto. En pocos días los noticieros se abren con el movimiento llamado “15-M”, los periódicos centran sus editoriales en ellos y en el resto del mundo el eco de su protesta se extiende: Spanish revolution. Casi nada. La ultraderecha los tacha de porreros antisistema, desarrapados y manipulados. La derecha se sienta a observar el espectáculo de su rival desangrándose electoralmente. Mientras tanto la izquierda trata de mimarlos con gesto paternal, mostrando su comprensión, pero susurrando eso de “Vale chicos, como bromita ha estado muy bien. Estamos con vosotros, pero ahora dejaros de asambleas y pancartitas y a fichar el día de las elecciones, que nos quedamos a dos velas”. Las televisiones montan su set particular y le dan un toque a los enviados especiales, que estaban descansando de las revueltas en Oriente Medio, para que jueguen a buscar las diferencias. Los ancianos del lugar, aquellos que han sufrido en sus carnes la hambruna y la miseria de la posguerra, y que esta angustia general por la crisis les provoca la risa floja, empiezan a debatir con sus nietos en el nuevo ágora de Madrid, intercambiando sus impresiones con ellos mientras dan cuenta del caldito que les ha bajado una vecina de la puerta del Sol.

Y nosotros, los que hemos permitido y alimentado este sistema con nuestra avaricia, indiferencia y ansia de comodidades, nos encontramos ahora observando por el microscopio la evolución de “nuestros bichitos”, temiendo que aquellos jóvenes que permanecían aletargados entre archivos multimedia, marcha nocturna y privilegios se pongan las pilas y nos canten las cuarenta para que se nos caiga la cara de vergüenza.
Ojalá me equivoque, pero creo que ninguna de vuestras reivindicaciones van a ser tenidas en cuenta en esta época de vacas flacas. Bueno, quizás algún partido político, con permiso del poder empresarial y el visto bueno de los sindicatos, acepte alguna idea que sea inofensiva, de esas simbólicas que dan muchos votos y titulares, algo así como “no te puedo llevar a Eurodisney, pequeñín, nos saldría muy caro, pero la verbena de San Isidro es también la leche y es mejor que nada”.

Lo que sí habéis conseguido es que muchos nos sintamos estos días orgullosos, especialmente los que cada día compartimos con vosotros un aula y que, gracias a vuestro contagioso afán por vivir, seguimos creyendo que otro mundo es posible.
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Respuesta a los comentarios |
¡Gracias a tod@s por comentar! Os respondo…
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Antonio, es verdad, si esto queda en nada al menos nos ha servido para reflexionar sobre el mundo actual. Queremos un estado que nos asegure el bienestar, la sostenibilidad, la igualdad y la justicia, pero pocas veces nos hemos sentado a pensar si las cuatro garantías son compatibles. Quizás sea un buen momento.
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Gracias, Juan Luis…
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Paloma, coincido contigo en que al menos la imagen que mucha gente tenía de la juventud está cambiando. A mí como educador me queda ese poso positivo en el ánimo, ya que han sido ellos los que han iniciado este movimiento, y no los que ya estamos instalados cómodamente en esta sociedad.
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Joy, también yo quiero equivocarme sobre el final de esta historia, pero estoy algo pesimista viendo el panorama tras las elecciones. Unos, tan crecidos por la victoria -y con poder autónomo repleto de competencias en los próximos cuatro años-, se harán los sordos, y los otros bastante tienen con reparar la brújula para arreglar lo “suyo” . Te prometo que quisiera ser más optimista, pero creo que nuestros vecinos ya nos miraban mal por no “pagar la comunidad” y ahora nos critican por “ser molestos”. Como para que encima les pidamos que nos dejen ir a EuroDisney… Es lo malo de estar en un club en el que admiten a gente como nosotros (Marx, pero Groucho).
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Flor, por supuesto que es un caldo de cultivo y nos debe traer esperanza de cambio. Lo que me da miedo es que, con la situación económica actual, estamos en manos de las directrices europeas y los bancos para evitar que España no tenga que pedir un rescate económico, y por eso temo que ni el gobierno ni la oposición quieran saber nada de cambios.
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Sara, te agradezco mucho los recuerdos de Brocelandia. No sé bien lo que han hecho en Islandia, pero sí sé que en Grecia nos están imitando. Si en toda la Comunidad Europea surgen movimientos como el 15M, entonces se abrirá una nueva puerta al cambio; pero si España se queda sola en sus movilizaciones no seremos más que una noticia curiosa en los noticieros del “vecindario”.
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Juan Carlos agradezco tu sinceridad. La verdad es que el origen del movimiento no me preocupa… La transición en España vino de la semilla plantada por un príncipe tutelado por un dictador, dirigidos por el antiguo secretario del movimiento, ayudados por un militar que luchó en la Guerra Civil en el bando nacional y guiados legalmente por un procurador de las cortes franquistas que animó al viejo régimen a sucidarse. Y cuando parecía que todo iba a explotar, el secretario general del PCE va y abraza el eurocomunismo sacando la bandera española del armario. De este grupo tan extraño, y surrealista, junto a nacionalistas, socialistas, populares y algún ex ministro -con las pilas rebosantes tras recargarse por inmersión en Palomares- nació la esperanza para nuestro país hace 35 años. Por eso creo que lo que importa es como crezca la planta, quien la riega y los frutos que nos ofrezca, más que el origen de la propia semilla.
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Gracias, Victoria. Somos “hermanos de aula” y sabemos que el esfuerzo, valores y dedicación de nuestros jóvenes merecen algo más que el triste panorama con el que se encuentran al terminar su formación.
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Juan, sí he estado en Sol en el momento de una asamblea. Me resultó muy gratificamente y quizás de ahí viene mi pesimismo, ya que descubrí una energía nueva y temo que se diluya en ese largo camino que va desde las plazas de nuestros barrios hasta los órganos de decisión, porque ni siquiera nuestros gobernantes tienen las manos libres para recogerlas y llevarlas a cabo. Como le decía antes a Sara, o se moviliza toda Europa o el 15M sólo provocará temas de debate para los sociólogos del primer mundo y una sonrisa amarga en los países que llevan en crisis profunda desde la época del colonialismo por nuestra culpa.
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El mapa de maslama
12. Marzo 2011 por Antonio Javier Roldán.
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El mapa de Maslama |

La fortuna está contigo. Tu destino ya ha sido revelado no hace mucho, allí donde el elemento agua discurre envuelto en sangre. Tienes una cita con tus ancestros en el lugar que fue dictado por las hojas del bosque. El alma que cuida de ti te aguarda allí, protegida entre las montañas, y será ella la que hable. Pero ten cuidado, alguien te quiere mal y su ángel de la venganza te seguirá hasta el final. Es poderoso y no se detendrá ante nada.
Descarga gratuita en:
http://www.antoniojroldan.es/Zahra.htm
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Still got the blues for you
8. Febrero 2011 por Antonio Javier Roldán.
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Still got the blues for you |
Siempre cuento a mis alumnos que su profe de matemáticas suspendió la materia que ahora imparte cuando estaba en plena adolescencia. Para algunos es una forma de motivarse cuando la pizarra se llena de signos inexplicables y creen que nunca serán capaces de entender todo aquel compendio de insensateces algebraicas. También les he contado cómo viví la llegada de la droga a mi barrio, o cuáles fueron mis sentimientos cuando me enamoré de verdad por primera vez y cómo he logrado regar ese sentimiento para que todavía hoy perdure. Sin embargo nunca les he hablado de mi analfabetismo emocional cuando mi alma y mi cabeza pugnaban por apropiarse de las sensaciones que se me clavaban como saetas.
Los primeros suspensos llegaban y su frecuencia me inmunizó. Las chicas entraban y salían de mi corazón, tan deprisa que apenas dejaban el aroma incierto de un perfume o un recuerdo en que refugiarme. Avanzaba hacia un mundo injusto y cruel al que no deseaba pertenecer. ¿Cómo explicarles a los demás la inseguridad que se apoderaba de aquel muchacho con cuerpo de hombre y alma de niño? ¿Cómo describir las emociones que me zarandeaban si ni yo mismo era capaz de nombrarlas?
Entonces sucedió… Uno de mis compañeros comenzó a quedarse en clase durante los recreos, aquella media hora de gloriosa libertad emboscada entre las seis horas diarias de clase. Cada día tomaba la tiza y copiaba la letra de una canción de un guitarrista llamado Gary Moore. Al principio no le presté mucha atención, al tratarse de música de rock duro, pero poco a poco me picó la curiosidad, hasta sentarme con mi bocadillo en mano frente a aquellos textos. Todo estaba ahí, mis preocupaciones, anhelos, deseos, frustraciones… ¿Quién era capaz de contar aquellas historias? ¿Un melenudo aporreando la guitarra? Imposible.

Así que una mañana me acerqué a mi compañero con una casete en la mano y le dije que hiciera con ella lo que considerara oportuno, que por fin alguien había sido capaz de describir mis emociones y que necesitaba saber si su música sería capaz de armonizarlas y acompañarme en las largas tardes de estudio y melancolía. Así llegó Gary a mi discoteca.
Y pasó un año, y otro más… Entonces la conocí a ella, la que acaricia mi corazón cada amanecer y lo conforta al caer el día. Juntos escuchamos a Gary Moore, convirtiéndolo en una de esas pequeñas complicidades que conforman el mundo de la pareja.
El domingo seis de febrero supimos que Gary Moore nos había dejado. Yo lo siento como si hubiera perdido a un colega de viaje, a una de esas referencias a las que me agarré cuando mi única certeza consistía en reconocer mis dudas. Mi compañera y yo nos hemos levantado un poco más tristes que ayer, pero temo que días como este serán cada vez más frecuentes. Cosas de la edad…
Así que, gracias por todo Gary, por tus habitaciones vacías en las que tu guitarra lloraba cuando mis lágrimas brotaban secas; por recordarme que allí en los campos de batalla los hombres no siempre mueren por un ideal; y, sobre todo, por descubrirme que mirando a los ojos de ella lo más fácil sería enamorarme.
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