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Archivo de la Sociabilidad categoría
La fiesta del semáforo (2ª parte)
25. Octubre 2011 por Antonio Javier Roldán.
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La fiesta del semáforo (2ª parte) |
Como ya adelanté en mi anterior reflexión, resulta muy cómodo culpar a los adolescentes por esa carrera en la que queman etapas a ritmo de semáforo quemando ruedas, cuando hemos sido los adultos los que hemos permitido esta sociedad del “todo vale”, sin pararnos a pensar sobre la educación afectiva y sexual que estamos inculcando a los más jóvenes, de forma explícita o implícita mediante la publicidad, la cultura del ocio y los medios de comunicación. El otro día, por ejemplo, buscaba con mi tutoría nombres de personas famosas que destacasen también por sus valores humanos y, curiosamente, entre los hombres sonaron más los deportistas (fuerza, competición, músculo, triunfo…) y entre las mujeres actrices y cantantes (belleza, atracción…). Ahí tenemos una primera pista. No hemos avanzado tanto como creemos y todavía hoy encontramos chicas que se valoran a sí mismas en función de la atracción provocada en sus compañeros, por lo que es frecuente que algunas de ellas empiecen a temprana edad a maquillarse y vestirse como sus hermanas mayores. Hoy, más que nunca, se fomentan la perfección del cuerpo y unos cánones de belleza imposibles, que incluso pueden derivar en trastornos de la alimentación.
Los adultos de referencia también usamos el semáforo cuando tratamos el tema de la afectividad y sexualidad, especialmente desde la familia, porque el vínculo es mucho más profundo que con los profesores. Por colores, se podrían identificar tres tipos de actitudes:
Color rojo:
- La sexualidad se afronta como un problema, considerándose algo prohibido y negativo, causando que algunos jóvenes se enfrenten a los cambios de su cuerpo en la pubertad de forma conflictiva.
- Se niega el placer, colocándolo en un segundo plano, como una consecuencia de la sexualidad, no como un fin. Como me explicó un día un sacerdote católico, en un curso para profesores, “Dios nos ha hecho seres capaces de sentir placer. Sin embargo, admitimos con naturalidad ese placer al contemplar una puesta de sol (vista), una sinfonía de Beethoven música (oído), el estallido de la primavera (olfato), el sabor de una manzana (gusto) o la suavidad de un tejido (tacto), pero nos parece negativo armonizarlos todos en las relaciones sexuales“.
- Los genitales pasan a ser una parte vergonzosa, que no debe ser expuesta salvo en tratados de medicina. Recuerdo que mi compañera de vida me contó alguna vez que en su colegio les obligaban a pegar las hojas de los temas de reproducción en los libros de ciencias .
- Se argumenta con leyendas e información sesgada, que refuerce el rechazo o el miedo por parte del adolescente.
Color verde:
- Tu cuerpo es tuyo y puedes hacer con él lo que quieras, y cuando quieras, siempre y cuando exista mutuo acuerdo.
- No existe un proceso ni se armoniza la relación sexual con un mínimo de proyecto de pareja. Se saltan etapas muy deprisa y suele caerse en la rutina y el hastío.
- “Mi hijo ya es mayor. Le daré un preservativo y un libro para que esté informado“. Si es niña, “ten cuidado y no te quedes embarazada, que existe la píldora del día después“. Esto es equivalente a entregarle las llaves del coche y un manual de autoescuela para que se lo estudie en los ratos libres.
- Vive lo que yo no pude vivir. ¡Qué suerte, con tanta libertad que hay ahora! Si algún día quieres traerte a casa a la periquita, no hay problema (si es hija en vez de hijo, cambia el discurso, por supuesto).
- “Mi hijo ya es mayor. Le daré un preservativo y un libro para que esté informado“. Si es niña, “ten cuidado y no te quedes embarazada, que existe la píldora del día después“. Esto es equivalente a entregarle las llaves del coche y un manual de autoescuela para que se lo estudie en los ratos libres.
Color amarillo:
- La sexualidad es identidad, reproducción, placer, amor, unión, relación, ternura… Se vive toda la vida, desde la infancia hasta la vejez, cada etapa de forma coherente al crecimiento del cuerpo y a la madurez personal o de la pareja.
- Los adultos les enseñamos a descubrir la libertad emocional, a trabajar la autoestima, a ser sensibles, a saber escuchar y a respetarse a uno mismo y a los demás. Por supuesto, también informamos de los aspectos fisiológicos.
- Les demostraremos que con una caricia se puede consolar, que un abrazo no es “para nenas” o que un beso puede decir más cosas que una decena de SMS.
- Y, por supuesto, les recordaremos que el órgano más determinante en nuestra sexualidad es el propio cerebro. Ahí pondrán cara de sorpresa y se mirarán por debajo del ombligo decepcionados, porque todavía confunden sexualidad con genitalidad. Tiempo, al tiempo.
Durante más de diez años he trabajado este tema en mi tutoría de 2º de ESO y debo reconocer que la inmensa mayoría de las familias de mis alumnos me animaron a seguir la luz amarilla. De trescientas familias consultadas en este tiempo, no habré tenido más de dos o tres bombillas no amarillas, lo cual es un esperanzador síntoma para el futuro. Ojalá algún día podamos retirar todos los semáforos y cruzar con tranquilidad el paso de peatones.
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La fiesta del semáforo (1ª parte)
20. Octubre 2011 por Antonio Javier Roldán.
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La fiesta del semáforo (1ª parte) |
Si es que tenía que pasar… Tanto usar los emoticonos en internet que había que exportar la idea a la vida real. Que si “toy triste”, que si “toy felí”, que si “toy alucinao”, “que si no toy”, etc. Francamente me esperaba otra cosa, algo más fashion como llevar un móvil colgado del cuello mostrando en la pantalla una carita amarilla, que gesticulara según los parámetros enviados por el cuerpo. Pues no, ¡vaya decepción! Cuales visionarios del futuro, los empresarios de las discotecas light han logrado algo muy simple, barato y sin recurrir a su departamento I+D situado tras la barra del bar.
Pero antes, por si acaso alguien anda despistado, debo aclarar que una discoteca light es una “sesión infantil” para adolescentes entre los 14 y los 17 años, en la que la única diferencia con la hora de los mayores es que no hay alcohol. ¿Sólo eso?, pensará algún incauto. Pues sí, sólo eso, porque las niñas van vestidas como mujeres -fatales-; existen gogos menores de edad que bailan por 100 euros; algunos niños reparten flyers -propaganda- por los colegios a cambio de una gratificación o privilegios; se puede gozar con fiestas tan sugerentes como la de la espuma; disponen de asientos vips e incluso palcos para poner a fulanita a caer de un burro, eso sí, suave y peludo como si fuera de algodón. Al menos son buenas para la crisis, porque no hay que menospreciar la caja que hacen las tiendas y supermercados cercanos cuando entra el amigo mayor, asume su papel de barman, y reparte las botellitas a la salida a sus “niños”. Claro, es que con el tumulto de la entrada los pobres gorilas no van a empezar a manosear menores para buscar alcohol, no vaya a ser que los denuncien por tocamientos simiescos, que todo tiene un límite.
Una vez situados en el contexto de la historia, voy a explicar cuál ha sido el nuevo invento. Se llama la fiesta del semáforo. La dinámica es muy sencilla. Compras la entrada, con tu DNI auténtico o el de tu hermana -todo queda en familia, nena-, y con ella te dan derecho a un par de consumiciones -ojo a los suplementos- y a una pegatina, que puede ser de tres colores: rojo, amarillo o verde. Si entras con el rojo, mal rollito, indica que tienes novio/a, así que si quieres darte un muerdo con tu cariñito/a, genial; pero si no está en la fiesta ya puedes prepararte para sujetar velas o dedicarte a cantar eso de “Amo a Laura, pero esperaré hasta el matrimonio…”. Si vas de amarillo, reparte números para aguantar a todos los/as plastas de la sala, porque eso indica que estás indeciso/a y que con un poco de labia seguro que te convencen para tener algún encuentro en la primera fase. Luego se pide la dirección del Tuenti y se sigue jugando a los semaforitos hasta que te pille la Guardia Civil por saltarte un rojo y te quedes un mes sin disfrazarte de hombre/mujer.

Ahora vamos a por el verde… Un momento, que me ponga cómodo… Ya.
Pegatina verde. Esto indica que no le haces asco a nada, así que esto parece la salida del Gran Premio de Montecarlo. Calles estrechas, mucha competencia y el que se ponga el primero sube al pódium. La tarde es larga, y siempre hay alguna descalificación, por lo que otros coches van subiendo posiciones. De vez en cuando surge el hastío pero, tranqui tronco/a, que el director de la carrera manda al coche escoba y le dice al DJ que recuerde a los participantes lo de las pegatinas. Termina la carrera… ¡Reparto de premios! De camino a casa unos miran el reloj inquietos y otros el chupetón ámbar o verde(s). Mientras los aburridos rojos chatean, vía Blackberry, con la pareja que está castigada en casa: ¡oye! Que me he puesto la pegatina roja por ti, para que veas que no te olvido, ¿vale?. ¿De verdad? ¡Qué romántico! Eso es que me quieres. ¿Perdona? No te rayes, que sólo somos “follamigos”. ¡Ah! Perdón.
Y en esa estamos. La sexualidad y la afectividad usadas como un artículo de consumo más, y con el aliciente del 3D, no como esas web de internet que se visitan cuando tus padres te dejan sólo ante el peligro, donde tienes una carta de platos de lo más apetitosa y en autoservicio, para que te pongas lo que quieras hasta saciarte.

Intento recordar la primera vez que fui a una discoteca y puedo prometer, y prometo, que fue con al menos 17 años, y mi ilusión era bailar o, al menos, moverme de forma sincopada sin pisar a nadie. Así que ahora miro a mis alumnos y siento tristeza, porque están corriendo demasiado a su edad y no parece que quieran dejar nada para más adelante.
Nuestros adolescentes han nacido en la época de la burbuja económica y desde pequeños han sido tan consumidores como nosotros. Decenas de juguetes, ordenador, buena ropa, viajes… ¿Para qué estudiar, si ya lo tengo todo? ¿Por qué esperar a ser mayor de edad, si puedo disfrutar de mi cuerpo ahora?
Mucho me temo que la culpa es nuestra. En algo hemos fallado. Quizás hemos tenido miedo de poner límites a una generación nacida en plena madurez de nuestra democracia. No queríamos ser tiranos ni parecer carcas, así que ¿por qué no permitir que nuestros adolescentes quemen etapas antes de tiempo? Hemos dejado en sus manos un coche de gama alta y ahora pretendemos que a su edad no tengan accidentes. Así que ahora toca curar las heridas, explicarles lo de la abejita y la flor y, por supuesto, quitarles las llaves del bólido. Pero eso lo dejo para el próximo episodio, ya que, como hay que decirle a nuestros “pavitos”, hay que aprender a esperar.
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El nuevo Olimpo
12. Octubre 2011 por Antonio Javier Roldán.
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El nuevo Olimpo |
Pongámonos en situación. Antigua Grecia. Un adolescente griego se acerca a uno de sus maestros y le pregunta por el sentido de la vida, así, sin anestesia ni nada. El anciano se atusa la barba y le habla a su pupilo de los dioses del Olimpo, una pandilla de tiranos sin ética, caprichosos, lujuriosos y vengativos, que sólo pueden ser calmados con algún que otro sacrificio y o con los cantos de “Zeus bonito, me gusta tu rayito” que calman los divinos egos. El joven asiente ante la explicación, pero se aleja de allí algo apesadumbrado, porque sus dioses no le ofrecen nada más que ser paciente con ellos -¡vaya tropa!- y mentalizarse para darse un garbeo eterno por el inframundo de Hades.
Nuestro adolescente ha dejado de creer en el Olimpo y decide buscar por sí mismo las respuestas que necesita. Se acerca a un puerto y toma una barquita con la que adentrarse en un viaje iniciático por el mar que le llevara a comprender la naturaleza, aprender de las estrellas, dialogar con su alma, escuchar la música de la tierra y reconocerse en el espejo de la humanidad. Su rebeldía ante los dioses le ha transformado en un pensador, en un pequeño filósofo capaz de armonizar la belleza con la geometría y asombrarse de su condición de persona. Si ya se lo decía el otro día Sócrates a los progenitores del interfecto sublevado: “Nuestros jóvenes de hoy en día aman el lujo, tienen pésimos modales y desdeñan la autoridad, muestran muy poco respeto por sus superiores y pierden el tiempo yendo de un lado para otro, y están siempre dispuestos a contradecir a sus padres y tiranizar a sus maestros“.

Una tarde nuestro protagonista se topa con Zeus, que ha bajado a darse un garbeo por el bosque, y de paso “raptar” a alguna ninfa. El dios griego reconoce al insurrecto súbdito e iza con furia uno de sus rayos y, con voz poderosa, se dirige al pequeño rebelde: “si no estás conmigo serás un excluido, un maldito apátrida fuera de nuestra sociedad”. El adolescente gira la cabeza hacia el camino que tiene por delante y le responde: “Mi patria es donde me lleven los pies y mi templo reposa en el corazón“.
Resulta difícil terminar este relato… Lo más lógico es que Zeus le lanzará rayos hasta en el carnet de identidad, pero también me gustaría pensar que el hijo de Rea se quedaría tan descolocado que dejaría escapar a nuestro rebelde. Dejo el final a la imaginación de cada cual.
Siglo XXI. El Olimpo del consumismo y la riqueza material han deslumbrado a los jóvenes desde su infancia, permitiendo que sus vidas sean acomodadas y sencillas. Sólo por el simple hecho de nacer bajo la tutela de tan generosos dioses uno tiene derecho a ropa de marca, nuevas tecnologías -con sus propios dioses mesiánicos-, dinero fácil, comida variada y un sinfín de oportunidades para formarse y gozar de la vida. Hasta que ha llegado el terremoto que derriba el Olimpo, mostrando el cartón piedra, que creiamos mármol, y la purpurina que deslumbraba como el oro. Al igual que en la antigüedad, los dioses caídos ya no merecen nuestro respeto y los jóvenes se sienten traicionados por su comportamiento amoral e indigno, sin darse cuenta de que todos hemos sido cómplices de ese Olimpo con nuestra furia recolectora de las migajas sobrantes en los banquetes divinos.

Algunos desencantados buscan desesperadamente nuevos ídolos a los que seguir y se convierten en presa fácil de ideologías extremistas en las que basta con asumir las directrices marcadas sin abandonar el redil, como suele suceder siempre tras una crisis. Otros no se dan por vencidos, y simplemente otean el horizonte en busca de dioses sustitutos, líderes poseedores de la verdad absoluta, estrellas sociales millonarias y engreídas, o simplemente de un titiritero al que le sobre cuerda para atar nuevas marionetas.
Sin embargo existe un grupo de jóvenes que llevaban tiempo imaginando que otro mundo era posible, y deciden despertar del mal sueño, que siempre han conocido, y se acercan a la orilla para buscar la misma barquita que su ancestro del mar Egeo. Saben que no lo van a tener fácil, que serán señalados por la calle por atreverse a cuestionarse cuanto les rodea y que deberán cargar con ese lastre si desean permanecer dentro del sistema e integrarse en él.
Os confieso que no tengo la valentía suficiente para echarme a navegar, porque aquí en mi palacio, a los pies del viejo Olimpo, se vive de fábula. Débil que es uno. Lo que sí os prometo es pasarme de vez en cuando por vuestro puerto, y si hay que remendar alguna vela resquebrajada por Eolo, pues se hace, que para eso me han entregado una aguja de oro. Me dará vergüenza su resplandor, claro, pero al menos servirá para un zurcido de emergencia.
Seguro que algún vecino de la polis me critica por estar ahí con mi aguja, apoyando a las ovejas negras, en vez de centrarme en hilvanar trajes de seda. Lo asumo, no me importa, me está bien empleado por pertenecer al rebaño.

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¿Dónde estás?
7. Octubre 2011 por Antonio Javier Roldán.
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¿Dónde estás? |
Había terminado por fin la jornada semanal y me acercaba al metro soñando con el fin de semana, porque mi indicador personal de batería me avisaba de que mi cerebro estaba al borde de la descarga tras unos días de mucho trabajo. Gracias a alguna mente retorcida, que ha decidido cambiar todas las escaleras mecánicas a la vez, debo tomar el ascensor hasta mi andén, salvo que quiera realizar un tour subterráneo por el laberinto de las obras. Otros rostros cansados me acompañan en la fila de acceso al ascensor.
De repente tres niñas se acercan a nosotros, voceando a los cuatro vientos las virtudes de un tal Tomás, al que los oídos no le pitan, le estallan. No son de mi colegio, pero no se diferencian mucho de mis alumnas, así que miro con una sonrisa cómplice a mis aturdidos compañeros de viaje, que contemplan a las tres adolescentes con espanto. Una de ellas, que se llama Ana, se despide, y las otras dos irrumpen en estampida en el diminuto cubículo que nos transportará a las profundidades. Una abuelita las mira con angustia mientras su marido mueve la cabeza gravemente. Para mí ese es el pan de cada día, así que no me extraño cuando una de la niñas me grita: “¿¡Has pulsado el botón de la línea 6!?”. Sí, balbucí temiendo que volviera a aturdirme.
Entonces ocurre. Las dos niñas, sin ponerse de acuerdo, sacan sus móviles de diseño Blackberry y comienzan a chatear convulsivamente. Claro, todos pensamos: “que gracia, para un minuto que estaremos aquí encerrados se ponen a jugar”. Pues no. Error. Están comunicándose con Ana, la amiga que acaban de dejar arriba. ¿Qué dice Ana? Que está en el andén de la línea 7. ¡Cómo ha corrido! Se abre la puerta del ascensor en ese andén. ¡Tíaaaaaa! Parece mentira que dos gargantitas puedan eclipsar la entrada de un convoy en la estación. Ana saluda desde la lejanía levantando su móvil cual trofeo. La abuelita se estremece ante el impacto auditivo y los saltos de las interfectas, mientras su cariño le acaricia la mano para tranquilizarla. No pasa nada, no pasa nada. Ya llegamos… Se cierran las puertas. Seguimos descendiendo… ¡Ping! Está usted en el nivel 3. Las niñas salen gritando sin dejar de mirar la pantallita, mientras que yo miro con prevención las vías que se abren como un abismo que parecen ignorar. ¿Qué le has puesto? Que dónde está. ¿Y qué te dice? Que en el nivel 2. Claro, es rápida, pero no es superwoman.

El tren está llegando. Escojo un vagón tranquilo -lejos de ellas- y me siento a pensar. Es curioso, apenas tienen 12 o 13 años y tienen en sus manos un juguete de unos 300 euros que utilizan para trivializar la comunicación. No digo que yo a su edad no usara el teléfono y las notitas en clase para chismear con los amigos, pero no portando un artículo de lujo por la calle. ¿Serán mis dos pavitas capaces de decirle a Tomás que ojos tienes prenda sin usar el aparatito en cuestión?
Algunos de mis alumnos ya estrenaron el móvil en su primera comunión, tienen ordenador en casa desde primaria y disponen de decenas de canales televisión y acceso a internet, donde nos dan siete vueltas a los adultos. Sin embargo han perdido la calle, aquellas tardes de encuentro en el patio del barrio o jugando al fútbol en el asfalto hasta que alguien gritaba “¡Coche!”. Alguno de ellos protestará (¿Vía Twitter?) y me dirá que no todo es pantallita, que la calle sigue siendo suya. En parte es verdad, porque los veo haciendo vida social en la puerta de un “todo a 100″, con el móvil en una mano y el refresco en la otra.

Me imagino que este es el tipo de relación social que nos aguarda en el futuro, pero no puedo evitar pensar con tristeza en lo que se van a perder. Quizás nunca sepan lo que es esperar al cartero, abrir un sobre y percibir la huella de ella en los trazos que escribió aquel día que me evocó sola al atardecer. Aprenderán pronto a decirle a Tomás ”¿Me agregas” o “stoy x ti”, pero su lenguaje corporal puede reducirse a mover los dedos con agilidad felina sobre el teclado. No necesitarán ponerse las gafas del otro para ver el mundo como él, porque este habrá especificado su estado de ánimo en el perfil.
Y entonces llega el día en que papá y mamá les sientan en el salón y le cuentan eso de la relación entre la crisis y el paro, y que los ajustes llegan a casa. Fin de la fiesta. Así que la Blackberry se da de baja y mis dos compis de ascensor se quedan excluidas socialmente. No pueden vivir sin estar conectados a todas horas. Ahora son unas parias, que solo tienen vida social por la noche al coger el ordenador, y eso si no están castigadas (hemos cambiado el ”a la cama sin postre” por el “a la cama sin internet”). Ahora se van a perder muchas informaciones que a nosotros nos parecen intrascendentes, pero que para ellas es “estar o no estar”. Entonces descubrimos que eran unas yonkis del móvil, que esas alegres niñas padecían “nomofobia” y que la pérdida de su terminal es un acontecimiento trágico.
Unos padres nunca le comprarían a estas niñas una botella de ron, una cajetilla de tabaco o una china de marihuana, porque son drogas reconocidas, pero no ven peligro en regalarles un móvil de este tipo. ¿Nos estaremos equivocando? Lo sabremos en los próximos años.

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Spanish revolution
20. Mayo 2011 por Antonio Javier Roldán.
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Spanish revolution |
Durante los últimos veinte años, nuestros jóvenes han crecido en un suelo abonado por la pujanza económica, sin percibir apenas necesidades en casa, y en el que bastaba con pulsar un botón para descargarse ese disco o película que tanto le interesaban, o copiar el trabajo del renacimiento que el plasta de su profesor se empeñaba en pedirles. ¿No le bastara a este hombre con mirar la Wikipedia? ¡Qué pesado!
Junto a esta abundancia cultural, el crecimiento insostenible del primer mundo, insaciable de recursos y generador de residuos, ha configurado un escaparate global de bienes de consumo al alcance de todos los bolsillos, provocando cataratas de regalos, elitismo en las marcas y sueños cumplidos sin tiempo a luchar por alcanzarlos.
Nuestro un sistema educativo ha relegado el esfuerzo a un segundo plano, aplazando el fracaso escolar a los últimos cursos, cuando ya no basta con progresar adecuadamente. A lo largo de esa travesía, los que andamos metidos en la cuarentena, no quisimos reproducir la falta de libertad que tan sólo pudimos intuir en la despedida del franquismo, ese con el que alcanzaron la madurez nuestros mayores. Quizás por eso hemos sentido miedo a la palabra autoridad, confundiendo la cercanía con la permisividad, y tratando a los adolescentes de tú a tú, convirtiendo algunos centros educativos en pequeñas ciudades donde sus habitantes disfrutan de muchos derechos y pocas obligaciones, a una edad en la que todavía hay que explorar los propios límites.

Hoy en día, inmersos en una crisis económica mundial, el 45% de nuestros jóvenes, más de dos millones, se encuentra en paro, descubriendo que aquel paraíso de la infancia dista mucho de la cruda realidad que les aguarda fuera del hogar. La avaricia de algunos, nuestro estilo de vida y el monopolio de los bancos para prestar las llaves que conducen a la sociedad del bienestar, han convertido a la juventud española en rehén de unos pecados ajenos. ¡Oiga! Que esto no es lo que me prometieron en mi bucólica y protegida infancia. ¡Menudo timo! Y es entonces cuando miran hacia sus mayores y observan perplejos la corrupción de algunos políticos, la mirada sesgada de los jueces afines a una determinada ideología, la cesión de recursos del estado para mantener a los bancos contentos y pujantes, los medios de comunicación que editorializan más que informan, y la injusticia brutal hacia el tercer mundo de la llamada “Europa del bienestar”.
Entonces un día un joven tiene una idea, en esa realidad paralela que ellos dominan mejor que nadie, y a través de internet deciden movilizarse, porque sólo aparecen en los medios cuando hay botellones o el informe anual de educación los pone a caer de un burro. Los jóvenes españoles, hijos e hijas de las sucesivas reformas educativas, quizás no sepan cuál es la capital de Ucrania o se echen a sudar cuando se les pregunta por la lista de los Reyes Godos, pero no hay quien les gane en el trabajo en equipo, la resolución de proyectos, las ideas igualitarias y la creatividad.

Así que de repente un movimiento de indignación crece exponencialmente en las redes y una manifestación se transforma en un campamento de protesta en el kilómetro cero de España. Se organizan como lo hicieron en las clases de Tecnología para construir una grúa de madera, de forma horizontal y democrática, repartiendo las obligaciones y responsabilidades, toman la calle y les dicen a los políticos que toca espabilar, majetes, que otro mundo es posible y que allí tienen una muestra en las propuestas de su manifiesto. En pocos días los noticieros se abren con el movimiento llamado “15-M”, los periódicos centran sus editoriales en ellos y en el resto del mundo el eco de su protesta se extiende: Spanish revolution. Casi nada. La ultraderecha los tacha de porreros antisistema, desarrapados y manipulados. La derecha se sienta a observar el espectáculo de su rival desangrándose electoralmente. Mientras tanto la izquierda trata de mimarlos con gesto paternal, mostrando su comprensión, pero susurrando eso de “Vale chicos, como bromita ha estado muy bien. Estamos con vosotros, pero ahora dejaros de asambleas y pancartitas y a fichar el día de las elecciones, que nos quedamos a dos velas”. Las televisiones montan su set particular y le dan un toque a los enviados especiales, que estaban descansando de las revueltas en Oriente Medio, para que jueguen a buscar las diferencias. Los ancianos del lugar, aquellos que han sufrido en sus carnes la hambruna y la miseria de la posguerra, y que esta angustia general por la crisis les provoca la risa floja, empiezan a debatir con sus nietos en el nuevo ágora de Madrid, intercambiando sus impresiones con ellos mientras dan cuenta del caldito que les ha bajado una vecina de la puerta del Sol.

Y nosotros, los que hemos permitido y alimentado este sistema con nuestra avaricia, indiferencia y ansia de comodidades, nos encontramos ahora observando por el microscopio la evolución de “nuestros bichitos”, temiendo que aquellos jóvenes que permanecían aletargados entre archivos multimedia, marcha nocturna y privilegios se pongan las pilas y nos canten las cuarenta para que se nos caiga la cara de vergüenza.
Ojalá me equivoque, pero creo que ninguna de vuestras reivindicaciones van a ser tenidas en cuenta en esta época de vacas flacas. Bueno, quizás algún partido político, con permiso del poder empresarial y el visto bueno de los sindicatos, acepte alguna idea que sea inofensiva, de esas simbólicas que dan muchos votos y titulares, algo así como “no te puedo llevar a Eurodisney, pequeñín, nos saldría muy caro, pero la verbena de San Isidro es también la leche y es mejor que nada”.

Lo que sí habéis conseguido es que muchos nos sintamos estos días orgullosos, especialmente los que cada día compartimos con vosotros un aula y que, gracias a vuestro contagioso afán por vivir, seguimos creyendo que otro mundo es posible.
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Respuesta a los comentarios |
¡Gracias a tod@s por comentar! Os respondo…
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Antonio, es verdad, si esto queda en nada al menos nos ha servido para reflexionar sobre el mundo actual. Queremos un estado que nos asegure el bienestar, la sostenibilidad, la igualdad y la justicia, pero pocas veces nos hemos sentado a pensar si las cuatro garantías son compatibles. Quizás sea un buen momento.
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Gracias, Juan Luis…
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Paloma, coincido contigo en que al menos la imagen que mucha gente tenía de la juventud está cambiando. A mí como educador me queda ese poso positivo en el ánimo, ya que han sido ellos los que han iniciado este movimiento, y no los que ya estamos instalados cómodamente en esta sociedad.
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Joy, también yo quiero equivocarme sobre el final de esta historia, pero estoy algo pesimista viendo el panorama tras las elecciones. Unos, tan crecidos por la victoria -y con poder autónomo repleto de competencias en los próximos cuatro años-, se harán los sordos, y los otros bastante tienen con reparar la brújula para arreglar lo “suyo” . Te prometo que quisiera ser más optimista, pero creo que nuestros vecinos ya nos miraban mal por no “pagar la comunidad” y ahora nos critican por “ser molestos”. Como para que encima les pidamos que nos dejen ir a EuroDisney… Es lo malo de estar en un club en el que admiten a gente como nosotros (Marx, pero Groucho).
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Flor, por supuesto que es un caldo de cultivo y nos debe traer esperanza de cambio. Lo que me da miedo es que, con la situación económica actual, estamos en manos de las directrices europeas y los bancos para evitar que España no tenga que pedir un rescate económico, y por eso temo que ni el gobierno ni la oposición quieran saber nada de cambios.
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Sara, te agradezco mucho los recuerdos de Brocelandia. No sé bien lo que han hecho en Islandia, pero sí sé que en Grecia nos están imitando. Si en toda la Comunidad Europea surgen movimientos como el 15M, entonces se abrirá una nueva puerta al cambio; pero si España se queda sola en sus movilizaciones no seremos más que una noticia curiosa en los noticieros del “vecindario”.
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Juan Carlos agradezco tu sinceridad. La verdad es que el origen del movimiento no me preocupa… La transición en España vino de la semilla plantada por un príncipe tutelado por un dictador, dirigidos por el antiguo secretario del movimiento, ayudados por un militar que luchó en la Guerra Civil en el bando nacional y guiados legalmente por un procurador de las cortes franquistas que animó al viejo régimen a sucidarse. Y cuando parecía que todo iba a explotar, el secretario general del PCE va y abraza el eurocomunismo sacando la bandera española del armario. De este grupo tan extraño, y surrealista, junto a nacionalistas, socialistas, populares y algún ex ministro -con las pilas rebosantes tras recargarse por inmersión en Palomares- nació la esperanza para nuestro país hace 35 años. Por eso creo que lo que importa es como crezca la planta, quien la riega y los frutos que nos ofrezca, más que el origen de la propia semilla.
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Gracias, Victoria. Somos “hermanos de aula” y sabemos que el esfuerzo, valores y dedicación de nuestros jóvenes merecen algo más que el triste panorama con el que se encuentran al terminar su formación.
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Juan, sí he estado en Sol en el momento de una asamblea. Me resultó muy gratificamente y quizás de ahí viene mi pesimismo, ya que descubrí una energía nueva y temo que se diluya en ese largo camino que va desde las plazas de nuestros barrios hasta los órganos de decisión, porque ni siquiera nuestros gobernantes tienen las manos libres para recogerlas y llevarlas a cabo. Como le decía antes a Sara, o se moviliza toda Europa o el 15M sólo provocará temas de debate para los sociólogos del primer mundo y una sonrisa amarga en los países que llevan en crisis profunda desde la época del colonialismo por nuestra culpa.
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Capítulo 46
19. Junio 2009 por Antonio Javier Roldán.
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Si no estás, no eres |
En el tránsito a la edad adulta la pandilla o grupo social se convierte en un escenario en el que ensayar los papeles y comportamientos que se tendrán en un futuro, como paso previo entre la familia y el mundo que espera fuera del hogar. Como ocurre en la calle, las relaciones interpersonales estarán delimitadas por el rol de cada uno de sus miembros. Probablemente existirá una clase dirigente, unos miembros aceptados de pleno derecho, algunos cuya presencia simplemente es tolerada por alguna característica interesante y, en la base, los excluidos. ¿No se parece sospechosamente a la organización de los adultos? Desgraciadamente a menudo actuamos como malos modelos…
Durante la primera infancia las amistades vienen marcadas por el entorno de los padres y las decisiones que estos toman respecto a las compañías de sus hijos. La elección de un colegio, el parque donde jugar, las familias con las que intensificar lazos o los invitados a un cumpleaños, necesariamente conformarán el primer núcleo en el que se realizará la socialización del niño. Al comienzo de la adolescencia, coincidiendo con el aumento de las responsabilidades, el inicio de la autonomía y un incremento de las horas de convivencia con las personas de la misma edad e intereses, se fomentará la pertenencia a colectivos deportivos, escolares, asociativos, etc.
Aquellos jóvenes que entran en esta etapa de la mano férrea de sus padres, amarrados al hogar y con poca capacidad de decisión en su propia vida, tendrán bastantes problemas a la hora de emprender su socialización en el grupo de iguales, porque se enfrentarán a la doble tarea de aflojar la cuerda con la que son sujetados por su familia y de manejarse en su nueva realidad, en la que deberán usar toda su experiencia vital para desenvolverse en la generación de nuevas relaciones y en las crisis que surjan. Si estos jóvenes llegan al grupo con poco bagaje de habilidades y personalidad, ocuparán el estrato más bajo en la jerarquía y serán los primeros en someterse a la presión de los demás y cometer imprudencias para ser aceptados e ir escalando posiciones lo más rápidamente posible.
Pisa o te pisan… Apenas se deja un rinconcito para la solidaridad, la tolerancia o la diversidad. La responsabilidad que tenemos los adultos en esta visión del mundo daría para otro capítulo.

O estás o no estás… Pertenecer a un colectivo es importante para el adolescente porque le proporciona la seguridad de estar con la mayoría. Es mucho más fácil formar parte del rebaño que escapar y seguir tu propio camino. Por otra parte, tampoco es deseable elegir la soledad, porque la socialización es un aspecto de la vida que se necesitará en el futuro. A veces hay que hacer alguna concesión para poder ser uno más en la pandilla, siempre y cuando no pongamos en peligro la integridad física o psicológica. Hace falta mucha personalidad, que no todos los jóvenes tienen, para saber mantener el criterio propio ante una situación de riesgo o no deseada. Dentro del grupo existen comportamientos gregarios de los que hay que saber apartarse, como el botellón, la marginalidad o la falta de respeto a los excluidos del colectivo.
La brújula social que se necesita para guiarse por la selva de las relaciones personales debe empezar a construirse desde la guardería o la educación infantil, para poder calibrarla de modo óptimo en la adolescencia y, posteriormente, en la madurez. Cuando el adolescente se mueve con soltura en su primer entorno social, sabrá aprovechar las ventajas de formar parte de él a la vez que sortea las situaciones no deseadas con asertividad e inteligencia. Es posible ser individuo dentro del rebaño.
Hoy en día las nuevas tecnologías están creando nuevos foros virtuales en los que no estar supone un nuevo rasgo de marginalidad para muchos adolescentes. Hablamos de las redes sociales como Tuenti o Facebook, pero también de los chats como el Messenger. Cuando la tarde va cayendo muchos de nuestros jóvenes se reúnen en esa gran plaza que es Internet en el que la falta de moderadores o guardianes provoca cierta impunidad y libertad muy atrayente para las personas más jóvenes. A mi juicio existen dos grandes inconvenientes en estas reuniones virtuales. El primero es la ausencia de entrenamiento en habilidades sociales reales, cara a cara, interactuando con el cuerpo, los gestos o la entonación de la voz. Se corre el riesgo de dominar el lenguaje SMS o de los emoticonos y luego resultar incapaz de transmitir emociones frente a otra personas. El problema que veo consiste en el mal uso de estas tecnologías para asumir falsas personalidades, apropiarse de fotografías para fines poco deseables -ver el vídeo al final del texto- o acercarse al territorio del delito por la ausencia de seguridad y vigilancia que sí existen en la sociedad de carne y hueso. Desgraciadamente, muchas familias se encuentran más temerosas a que sus hijos se muevan por discotecas, parques o centros comerciales, a que se queden seguros en casa frente a la pantalla.
Como siempre, en el equilibrio está la respuesta.
Antonio Javier Roldán
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Colaboraciones |
A lo largo de estos meses hemos tratado la importancia de los adultos como modelo de comportamiento desde la infancia para aprender a vivir, conocer nuestros límites y explorar el mundo que nos espera tras la adolescencia. En esa labor callada, repleta de coherencia y pequeños detalles, los padres ocupan un papel privilegiado. Tras ellos son muchos los adultos que nos acompañan en ese tránsito hacia la madurez. En los últimos años muchas de aquellas personas que han estado presentes en mi vida, desde que tengo uso de razón, pasando por el segundo día más feliz de mi vida, que fue mi boda (el día más importante fue en el que te conocí, cariño…), hasta hoy, están desapareciendo poco a poco. Ahora, por mi edad y profesión, siento que les debo a todos ellos el saber continuar su vocación por enseñar esa gran lección que es “aprender a vivir”. Os echo de menos a todos, pero quiero que sepáis que conservo todo lo que me regalasteis y que prometo ponerlo a disposición de “mis pavitos” para que sean pequeñas cuerdecitas en la tempestad.
El siguiente texto y la poesía que me ha mandado Leli, están dedicados a vosotros, con todo nuestro cariño y añoranza.
Cuerdecitas en la tempestad
Dice la leyenda que un jardín se asomaba en un valle protegido por dos montañas que regaban la comarca con su agua y la resguardaban de los malos vientos. Tan bonito era, que un jardinero fue llamado para convertirlo en un nuevo paraíso, una oasis sumergido entre campos de labranza y explotaciones ganaderas. Flores, parterres esculpidos, fuentes y estanques con nenúfares eran la admiración de todos los habitantes del valle. El jardinero se esmeraba bajo la atenta mirada de las montañas, que suspiraban de orgullo ante el prodigio obrado por la naturaleza y el hombre. ¿Sería posible encontrar un paraje semejante? Seguro que no, pensaban. Es irrepetible y único.
Cuentan los más ancianos del lugar, los que presenciaron toda la historia desde el comienzo, que una mañana unas nubes llegaron del norte con la panza negra y que descargaron todo su granizo sobre el jardín, aplastando cada uno de los brotes y embarrizando la tierra fértil. Pasadas las nubes, un terremoto surgió de las entrañas del suelo desquebrajando las paredes de las fuentes y estanques, y sepultando algunas de las flores más hermosas. Las montañas, desoladas, contemplaban como todo el amor puesto en el empeño de crear un nuevo Edén en el valle, se tornaba inútil ante la furia de la naturaleza.
El Jardinero se veía incapaz de tapar las vías de agua, replantar las raíces y limpiar la materia muerta que ahogaba la tierra. Afortunadamente, contaba con la entrega incondicional de las montañas para reflotar la belleza perdida. Si permanecían unidos quedaría esperanza. Tras el agua llegó la sequía que agrietó el suelo y atrajo a los insectos necesitados de alimento y savia. Aunque la situación se tornaba desesperada por días, el jardinero no cesaba en su empeño. Sabía de qué estaban hechas aquellas plantas, confiaba en el sol y seguía recibiendo el cobijo de las montañas.
Cuando las fuerzas se iban agotando y el viento aullaba entre las hojas, el jardinero cayó agotado y se quedó inmerso en un largo sueño. Mientras descansaba, los injertos que había colocado en los tallos rotos y los esquejes replantados en suelo sano, comenzaron a brotar tímidamente. El agua que hasta entonces había discurrido sin cauce, encontró los nuevos diques del jardinero. Las flores que sobrevivieron, agitadas por el aliento de las cumbres, esparcían su polen en terreno esponjoso. Suavemente, como una nana, un murmullo surgió del jardín, el cual se desperezaba de su letargo. Los aires del sur mecieron sus árboles, el agua que recogía ladera abajo regó los arroyos y bandadas de pájaros bajaron a despertar al jardinero. Este, envuelto en sus nuevos sueños, apenas recordaba su jardín maravilloso que el canto de aquellas aves le evocaban.
Se levantó despacio, se asomó a contemplar lo que quedaba de su trabajo y comprobó sorprendido a la primavera en plenitud. Respiró profundamente para empaparse del aroma de aquellas flores y bebió del manantial que tiempo atrás había reconducido. Recorrió los caminos acariciando las hojas fuertes y verdes, gozando del aleteo de las mariposas que se cruzaban ante sus ojos, como si la magia se hubiera detenido definitivamente para encontrar su hogar en aquel valle. Entonces, vio una pequeña cuerda atada a un injerto de rosa enorme, bañada por el rocío de la mañana cuyas lágrimas brillaban como estrellas. Aquel tosco nudo le resultaba muy familiar. Imposible imaginar que aquel frágil cordel que ató en mitad de la tempestad, hubiera sobrevivido a las inclemencias del tiempo mejor que los diques de cemento o los tutores de madera.
El jardinero se despidió del jardín y de las montañas lleno de felicidad, dejando tras de sí las pesadas herramientas y los planos del paraíso, llevando por equipaje solamente una pequeña bolsa repleta de cuerdecitas con las que plantar más injertos de rosa por el mundo.
Antonio Javier Roldán
(Publicado en “Corazones de tiza en las paredes del patio”)

Soy…
(A tantos compañeros de viaje que me han precedido,
dejando sus huellas intactas,
y a los que aún me dan fuerza en el camino.)
Hoy,
mirándome en el espejo,
de mi realidad,
he abierto las vidrieras
que me forjan,
y me he reconocido en
el alma
de tantas coexistencias habitadas.
Soy barro
modelado por afectividades
vividas, escritas en el aire:
pulsos, esfuerzos,
convivencias superadas
labradas en la sorpresa,
el descubrimiento conmovido
del otro.
Soy carácter
limado por grandezas
y miserias compartidas;
certezas en equilibrio,
caminos andados
y desandados en compañía.
Pisadas,
huellas inseguras
buscando una meta
que no existe;
descubriendo
que la vida es un andar.
.
Soy calidoscopio
fraguado
en hombros amigos;
vidrio fundido en crisol de
acogida
alumbrando mis sombras.
Por eso,
cuando traspaso ausencias
intactas
me hieren sus cristales.
Soy un poco
de todos cuantos amo y amé.
Soy todos, soy una:
Soy gente.

Leli (Junio 2009)
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Materiales recomendados |

Libro: Los padres no se divorcian de sus hijos
El autor, Paulino Castells, nos explica en este libro que una separación de pareja no supone un alejamiento de la paternidad responsable. Como expone al comienzo del libro, una pareja con hijos está conectada por dos cables, el del amor y el de la paternidad. Cuando se rompe el primero hay que evitar que cortocircuite al segundo.
A lo largo del libro se habla de los cambios que sufren todos los protagonistas, los problemas de custodia, las nuevas parejas, los errores más frecuentes e incluso estrategias para comunicarles las noticias a los hijos. Todo está encaminado en conservar intacto ese cable de la paternidad.
Es muy interesante poder ponerse en el lugar de los hijos conociendo sus sentimientos de abandono, tristeza o soledad, así como las consecuencias que traen consigo.
Al final del libro se nos explican algunos de los trastornos o síndromes que pueden derivarse de una separación. En el mismo capítulo Paulino Castells nos habla de la función liberadora del perdón en cualquier ámbito de la vida, como elemento liberador y constructivo.
Índice
- La decisión de separarnos está tomada.
- Hay que decírselo a los hijos.
- Conozcamos sus reacciones.
- Sus respuestas según edad y sexo.
- Cambios en los padres por la separación.
- También cambian los hijos.
- Juicios, custodias y visitas.
- Conclusiones terapéuticas.
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Capítulo 40
8. Mayo 2009 por Antonio Javier Roldán.
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Quedamos donde siempre |
Muchas veces hemos comentado, a lo largo de este blog, que durante la adolescencia hay una tendencia a alejarse del entorno familiar para poder explorar el mundo de los adultos en un camino de ida y vuelta que llevará de nuevo al punto de partida. El cuestionamiento de los adolescentes por el mundo de sus mayores curiosamente les lleva a desear formar parte del mismo, pero llevando consigo sus propias reglas y valores. La situación que se produce es similar a la de esa familia que le regala un coche a su hijo, por acabar el bachillerato, y lo primero que hace él es tunearlo, pintarlo a su modo y añadirle todos los extras que indiquen su personalidad. De igual manera el adolescente no renuncia a las ventajas de la sociedad que le aguarda tras la puerta de la infancia, pero procura adaptarla a su personalidad. Esa adaptación incluye su propio entorno social.
El entorno social de un adolescente está formado por sus amigos, una pandilla que en algunos casos puede llegar a considerar como un verdadero hogar que le aporte el reforzamiento, el diálogo, y la afectividad que cree no encontrar en casa. Cuando el adolescente deja la tierra firme que le ofrecen sus padres, y se pone a nadar a mar abierto, encuentra en el grupo de amigos la isla del tesoro. En el seno de la pandilla hay pocas normas, tiene libertad para expresarse y comparte inquietudes con iguales que sufren sus mismos problemas y que desean lo mismo que él. La familia pasa a un segundo plano y ahora los amigos lo son todo. La relación con este nuevo núcleo, casi familiar, se realizará en el entorno del colegio, en la calle y a través de las nuevas tecnologías. Poseen su propio lenguaje, sus reglas -basadas en valores compartidos y asumidos por la mayoría- e incluso su propio hogar, ese lugar donde quedan para contarse como les ha ido el día y relacionarse.
Recuerdo un cómic que leí de niño llamado “La pandilla compra un terreno” (¡Gracias Esther por traducirme la página incluida en este post!) en el que un heterogéneo grupo de preadolescentes luchaban por adquirir un pequeño solar con un autobús abandonado en el que se reunían y pasaban su vida. Junto a ellos compartía la aventura el viejo mayordomo de uno de los niños, que ejercía como abuelo, y un vagabundo, cuyo papel se asemejaba al de los adultos de referencia -o amigos de mayor edad- fuera del entorno familiar. Cada uno de los protagonistas usaba sus habilidades para ganar algo de dinero para alcanzar la meta soñada, haciendo de ese pequeño trabajo un motivo de autoestima en el seno del grupo. Frente a ellos otra pandilla, “Los Caimanes”, ejercían de matones, mostrando la otra cara de las asociaciones que realizan algunos jóvenes en torno a una idea, en este caso la violencia -tema tratado en el capítulo 37.

Un banco del parque, unas escaleras, un ciber o un patio se pueden transforman fácilmente en un hogar improvisado donde hacer vida de pandilla y crecer socialmente: “Nuestro banco”, “Nuestro patio”, etc. Aquella historia del cómic iba más allá del deseo de compra del propio terreno, porque ellos realizaban una incursión en el mundo de la responsabilidad de los mayores para conseguir reunir la cantidad de dinero necesaria, transformando esos objetivos en un ritual de acercamiento a la sociedad, mediante el esfuerzo y el trabajo en equipo.
Cuando los padres deben competir con “la otra familia”, descubrirán que las ventajas más visibles del grupo de amigos, como la ausencia de responsabilidades, las relaciones con el sexo contrario, la concurrencia de intereses o el encuentro generacional, superan con creces a las que ofrece el hogar a la mirada interesada de sus hijos. De este modo los padres pueden sentirse desplazados por los amigos, a los que pueden acusar de ser los causantes del desapego y las nuevas costumbres que muestra el hijo, la tan nombrada frase de “va con malas compañías” (Ver Capítulo 10). Para el hijo, la crítica hacia sus amistades duele tanto como si en la infancia alguien insultara a su querida madre.
Dentro de esta nueva familia adoptiva también encontraremos algunos roles que podrían estar presentes en casa, como la figura del líder, la persona que escucha, el solucionador de problemas, el hermano mayor, etc. Este paralelismo entre las dos familias nos abre un nuevo campo de problemas como el no recibir la atención esperada, las separaciones o el maltrato.
Sin embargo, la parte menos reconfortante de la vida, como planchar, estudiar o realizar gestiones, sigue unida a sus padres, por lo que estos perciben que su hijo sólo les hace caso en temas prácticos relativos a sus necesidades. Papá… ¿Qué quieres, hijo? Necesito más pasta… Si el padre le dice que ya está bien de soltar guita “by the face”, entonces es tachado de egoísta; pero si el chaval le pide pasta a sus amigos y estos le tachan de gorrón, seguro que asume el límite que sus colegas le han marcado como algo justo y necesario. Esa disparidad de criterios a la hora de valorar las actitudes de las dos familias es difícil de entender por los padres, cuando además están unidos a su hijo por vínculos que deberían ser más fuertes que la propia amistad.

De la misma manera que los adolescentes abandonan parcialmente el cobijo de su familia para formar parte del grupo social que han elegido, también obrarán de igual manera con la pandilla cuando encuentren a su pareja y decidan crear con ella un nuevo mundo en el que los dos primeros entornos en los que han crecido servirán de base para la construcción de esta nueva, y maravillosa, realidad. En ese momento de madurez la familia, las amistades y la pareja, configurarán juntos en el entorno afectivo de la persona, pero hasta que ese estado se alcance, a los padres deberán construir pequeños caminos y lugares comunces para que permanezca fuerte el vínculo con sus hijos, aunque este se reduzca temporalmente.
Hace falta mucho amor para aceptar este alejamiento, pero como me gusta comentar con las familias de mis alumnos, según vayan soltando la cuerda llegará un momento en el que esta no sea necesaria y serán los propios hijos los que reconozcan el camino de vuelta a casa, sin necesidad de sendas marcadas, guiados por las semillas afectivas que sus padres sembraron un día en un terreno que parecía baldío en plena edad el pavo, pero absorbió las enseñanzas como una esponja para brotar en el inicio de la madurez.
Antonio Javier Roldán
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Colaboraciones |
Carta de despedida
(Como todos los años por estas fechas, los alumnos mayores de mi colegio se despiden de la comunidad escolar en el transcurso de las fiestas. Este discurso marca el final de su adolescencia y la entrada en el mundo adulto que descubrirán en la universidad. Una de estas alumnas, Carlotta Coisals, me ha prestado el discurso que hizo en nombre de sus compañeros para todos nosotros.)
Se nos acaba el colegio, chicos. Esta es nuestra misa de despedida estas son nuestras últimas fiestas, y esta noche será nuestra última gala. A pesar de que desde septiembre podía olerse este momento, la idea de separarse de un lugar al que acudes día tras día desde 1996, impone, claro que impone.
Este es uno de los grandes momentos de nuestra vida. Nos toca madurar, ser adultos, enfrentarnos a algo nuevo y desconocido. Yo soy de las que piensa que nada está escrito, que cada uno es responsable y creador de su propio destino; y probablemente eso haga aún más emocionante este momento. ¿Acaso no tenéis vosotros curiosidad de vuestro futuro? ¿No tenéis curiosidad de vosotros mismos? Este lapso, este punto de inflexión que precede a nuestra vida universitaria, me inunda la mente de sueños. Creo que ahora es tiempo de jugar y soñar con lo que nos gustaría hacer en la vida, por mucho que se salga de las preferencias convencionales; de hacer una larga lista de propósitos y de proyectos y de verdad tratar de cumplirlos. De tomar las riendas, de responsabilizarnos, y de ser lo suficientemente valientes como para hacer de nuestro futuro algo que realmente valga la pena vivir.
Han sido unos años estupendos… Hay que reconocer que ha sido genial ser niño. Vamos a tener muy buen recuerdo de este lugar, donde hemos crecido, donde hemos adquirido la mayor parte de nuestra personalidad, donde nos hemos convertido en personitas mayores. Pero por favor no olvidéis, que estas personitas que en mayo se despedirán definitivamente, muertas de miedo, curiosidad y ganas, os van a llevar siempre en el corazón.
Carlotta Cosials (2º de Bachillerato)
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La Pavoteca examina a… |
Carmen Caffarel
Biografía: Wikipedia
Web: Instituto Cervantes 
1.Pregunta de Matemáticas: ¿A qué edad recuerda que se inició su adolescencia?
No lo recuerdo demasiado, pero supongo que hacia los 14 años, mas o menos.
2.Pregunta de Ciencias Sociales: ¿Cómo percibía entonces la sociedad que estaba descubriendo?
Desconcertante y a veces muy incomprensible, no encontraba respuestas a muchas de las preguntas que me hacía, no entendía porque había tantas diferencias, tantas incomprensiones….
3.Pregunta de Tecnología: Hoy en día muchos adolescentes se sienten fascinados por las consolas, los ordenadores, los móviles… ¿En qué empleaba usted su tiempo libre?
En ir al cine, lo que entonces se llamaban guateques, es decir oír música, bailar y charlar en casa de algunos de los amigos de la pandilla, también en pasear e ir de excursión. Es importante destacar que en esa época no había ni siquiera televisión en muchos hogares. En fín otra época pero yo me lo pasaba estupendamente.
4.Pregunta de Lengua: ¿Cómo era su comunicación con los adultos?
Bastante escasa, yo no tuve demasiados problemas con mis padres que eran abiertos y comprensibles, pero desde luego había muchos temas que no se abordaban y que si lo he hecho con mis hijos. Con el resto de adultos, sobre todo en el colegio, la comunicación era nula.
5.Pregunta de Educación Física: ¿Le importaba mucho su aspecto físico?
A mi particularmente no me importaba demasiado, pero si me acuerdo que a mis amigas les importaba mucho e incluso era una fuente de complejos y discusiones con sus madres.
6.Pregunta de Educación Plástica: En la adolescencia procuramos escoger nuestra ropa según la imagen que queremos transmitir a los demás. ¿Cómo era su imagen entonces?
Está muy relacionada con la anterior, en cualquier caso yo no tenía muchas opciones, la ropa me la hacía mi madre o la heredaba de mis primas y hasta bastante mayorcita, donde la economía familiar debió ser mejor, no pude elegirla.
7.Pregunta de Ciencias Naturales: ¿Recibió alguna información sobre educación sexual o prevención de drogas fuera del entorno familiar?
JAMAS y dentro del entorno familiar bastante poco
8.Pregunta de Música: ¿Qué tipo de música o artistas escuchaba en su adolescencia? ¿Los sigue escuchando?
Sobre todo cantautores, Serrat, Víctor Manuel, Jarcha….música francesa y los Beatles (mis ídolos), a todos estos los sigo escuchando, otros, supongo que grupos o cantantes de moda, se me han olvidado
9.Pregunta de Idioma extranjero: ¿Sintió alguna vez que nadie le comprendía?
Alguna vez no, muchísimas veces durante toda la adolescencia creí que nadie, salvo mis amigas, me entendían
10.Pregunta de Religión/Ética: Al llegar a esta etapa de la vida, ¿hubo algún cambio en sus valores o principios?
No, las convicciones éticas han sido siempre las mismas con la evolución lógica que da la edad. Siempre he agradecido a mis padres que me inculcaran determinados valores y principios éticos que me han acompañado a lo largo de toda mi vida.
¡Muchas gracias, Carmen!
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Materiales recomendados |

LIbro: La edad del pavo
Este libro me lo regalaron hace unos años y creo que fue el primero que leí sobre la adolescencia. Toca prácticamente todos los temas más relevantes de la edad del pavo, como se puede ver en el índice. La autora, Alejandra Vallejo-Nágera, se nos muestra el punto de vista de ambas partes, adolescentes y padres, usando a menudo la escenificación de diálogos - que nos harán esbozar una amplia sonrisa-, usando un lenguaje asequible y claro.
Especialmente considero interesante su visión sobre la mejor manera de afrontar el diálogo con el adolescente -con algunas estrategias útiles-, la sexualidad y el grupo de amigos, temática de este capítulo 40 de La Pavoteca.
Índice
- ¡Auxilio, un adolescente!
- ¿Cuándo empieza esta tortura? ¿Hasta cuándo tendremos que sufrirla?
- Hablar con el adolescente.
- El adolescente y sus problemas.
- “¡Sstoy fashion!” Gustos y preferencias.
- La tiranía del cuerpo.
- “El sexo me interesa mucho, pero mis padres no lo saben”.
- Cómo hablar de sexo durante la pubertad y la adolescencia media.
- Las relaciones sexuales en la adolescencia tardía.
- El grupo de amigos.
- El colegio.
- Drogas y alcohol.
- Violenci, bandas y conducta antisocial.
- Depresión y suicidio.
- Fin de la edad del pavo.
- Diccionario.
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