Archivo para Octubre 2011

La fiesta del semáforo (2ª parte)

 

La fiesta del semáforo (2ª parte)

 

Como ya adelanté en mi anterior reflexión,  resulta muy cómodo culpar a los adolescentes por esa carrera en la que queman etapas a ritmo de semáforo quemando ruedas, cuando hemos sido los adultos los que hemos permitido esta sociedad del “todo vale”, sin pararnos a pensar sobre la educación afectiva y sexual que estamos inculcando a los más jóvenes, de forma explícita o implícita mediante la publicidad, la cultura del ocio y los medios de comunicación. El otro día, por ejemplo, buscaba con mi tutoría nombres de personas famosas que destacasen también por sus valores humanos y, curiosamente, entre los hombres sonaron más los deportistas (fuerza, competición, músculo, triunfo…) y entre las mujeres actrices y cantantes (belleza, atracción…). Ahí tenemos una primera pista. No hemos avanzado tanto como creemos y todavía hoy encontramos chicas que se valoran a sí mismas en función de la atracción provocada en sus compañeros, por lo que es frecuente que algunas de ellas empiecen a temprana edad a maquillarse y vestirse como sus hermanas mayores. Hoy, más que nunca, se fomentan la perfección del cuerpo y unos cánones de belleza imposibles, que incluso pueden derivar en trastornos de la alimentación.

Los adultos de referencia también usamos el semáforo cuando tratamos el tema de la afectividad y sexualidad, especialmente desde la familia, porque el vínculo es mucho más profundo que con los profesores. Por colores, se podrían identificar tres tipos de actitudes:

Color rojo:

  • La sexualidad se afronta como un problema, considerándose algo prohibido y negativo, causando que algunos jóvenes se enfrenten a los cambios de su cuerpo en la pubertad de forma conflictiva.
  • Se niega el placer, colocándolo en un segundo plano, como una consecuencia de la sexualidad, no como un fin. Como me explicó un día un sacerdote católico, en un curso para profesores, “Dios nos ha hecho seres capaces de sentir placer. Sin embargo, admitimos con naturalidad ese placer al contemplar una puesta de sol (vista), una sinfonía de Beethoven música (oído), el estallido de la primavera (olfato), el sabor de una manzana (gusto) o la suavidad de un tejido (tacto), pero nos parece negativo armonizarlos todos en las relaciones sexuales“.
  • Los genitales pasan a ser una parte vergonzosa, que no debe ser expuesta salvo en tratados de medicina. Recuerdo que mi compañera de vida me contó alguna vez que en su colegio les obligaban a pegar las hojas de los temas de reproducción en los libros de ciencias .
  • Se argumenta con leyendas e información sesgada, que refuerce el rechazo o el miedo por parte del adolescente.  

Color verde:

  • Tu cuerpo es tuyo y puedes hacer con él lo que quieras, y cuando quieras, siempre y cuando exista mutuo acuerdo.
  • No existe un proceso ni se armoniza la relación sexual con un mínimo de proyecto de pareja. Se saltan etapas muy deprisa y suele caerse en la rutina y el hastío.
  • Mi hijo ya es mayor. Le daré un preservativo y un libro para que esté informado“. Si es niña, “ten cuidado y no te quedes embarazada, que existe la píldora del día después“. Esto es equivalente a entregarle las llaves del coche y un manual de autoescuela para que se lo estudie en los ratos libres.
  • Vive lo que yo no pude vivir. ¡Qué suerte, con tanta libertad que hay ahora! Si algún día quieres traerte a casa a la periquita, no hay problema (si es hija en vez de hijo, cambia el discurso, por supuesto).
  •  

Color amarillo:

  • La sexualidad es identidad, reproducción, placer, amor, unión, relación, ternura… Se vive toda la vida, desde la infancia hasta la vejez, cada etapa de forma coherente al crecimiento del cuerpo y a la madurez personal o de la pareja.
  • Los adultos les enseñamos a descubrir la libertad emocional, a trabajar la autoestima, a ser sensibles, a saber escuchar y a respetarse a uno mismo y a los demás. Por supuesto, también informamos de los aspectos fisiológicos.
  • Les demostraremos que con una caricia se puede consolar, que un abrazo no es “para nenas” o que un beso puede decir más cosas que una decena de SMS.
  • Y, por supuesto, les recordaremos que el órgano más determinante en nuestra sexualidad es el propio cerebro. Ahí pondrán cara de sorpresa y se mirarán por debajo del ombligo decepcionados, porque todavía confunden sexualidad con genitalidad. Tiempo, al tiempo.

 Durante más de diez años he trabajado este tema en mi tutoría de 2º de ESO y debo reconocer que la inmensa mayoría de las familias de mis alumnos me animaron a seguir la luz amarilla. De trescientas familias consultadas en este tiempo, no habré tenido más de dos o tres bombillas no amarillas, lo cual es un esperanzador síntoma para el futuro. Ojalá algún día podamos retirar todos los semáforos y cruzar con tranquilidad el paso de peatones.

COMENTARIOS: Cuando pongas un comentario el Blog te pide que sumes dos números para que este sea aceptado y evitar el spam. Por ejemplo: Si pone “Por favor añada 10 y 5″ entonces hay que escribir 15. Si haces mal la suma te suspende en matemáticas.

La fiesta del semáforo (1ª parte)

 

La fiesta del semáforo (1ª parte)

 

Si es que tenía que pasar… Tanto usar los emoticonos en internet que había que exportar la idea a la vida real. Que si “toy triste”, que si “toy felí”, que si “toy alucinao”, “que si no toy”, etc. Francamente me esperaba otra cosa, algo más fashion como llevar un móvil colgado del cuello mostrando en la pantalla una carita amarilla, que gesticulara según los parámetros enviados por el cuerpo. Pues no, ¡vaya decepción! Cuales visionarios del futuro, los empresarios de las discotecas light han logrado algo muy simple, barato y sin recurrir a su departamento I+D situado tras la barra del bar.

Pero antes, por si acaso alguien anda despistado, debo aclarar que una discoteca light es una “sesión infantil” para adolescentes entre los 14 y los 17 años, en la que la única diferencia con la hora de los mayores es que no hay alcohol. ¿Sólo eso?, pensará algún incauto. Pues sí, sólo eso, porque las niñas van vestidas como mujeres -fatales-; existen gogos menores de edad que bailan por 100 euros; algunos niños reparten flyers -propaganda- por los colegios a cambio de una gratificación o privilegios; se puede gozar con fiestas tan sugerentes como la de la espuma; disponen de asientos vips e incluso palcos para poner a fulanita a caer de un burro, eso sí, suave y peludo como si fuera de algodón. Al menos son buenas para la crisis, porque no hay que menospreciar la caja que hacen las tiendas y supermercados cercanos cuando entra el amigo mayor, asume su papel de barman, y reparte las botellitas a la salida a sus “niños”. Claro, es que con el tumulto de la entrada los pobres gorilas no van a empezar a manosear menores para buscar alcohol, no vaya  a ser que los denuncien por tocamientos simiescos, que todo tiene un límite.

 

Una vez situados en el contexto de la historia, voy a explicar cuál ha sido el nuevo invento. Se llama la fiesta del semáforo. La dinámica es muy sencilla. Compras la entrada, con tu DNI auténtico o el de tu hermana -todo queda en familia, nena-, y con ella te dan derecho a un par de consumiciones -ojo a los suplementos- y a una pegatina, que puede ser de tres colores: rojo, amarillo o verde. Si entras con el rojo, mal rollito, indica que tienes novio/a, así que si quieres darte un muerdo con tu cariñito/a, genial; pero si no está en la fiesta ya puedes prepararte para sujetar velas o dedicarte a cantar eso de “Amo a Laura, pero esperaré hasta el matrimonio…”. Si vas de amarillo, reparte números para aguantar a todos los/as plastas de la sala, porque eso indica que estás indeciso/a y que con un poco de labia seguro que te convencen para tener algún encuentro en la primera fase. Luego se pide la dirección del Tuenti y se sigue jugando a los semaforitos hasta que te pille la Guardia Civil por saltarte un rojo y te quedes un mes sin disfrazarte de hombre/mujer.

Ahora vamos a por el verde… Un momento, que me ponga cómodo… Ya.

Pegatina verde. Esto indica que no le haces asco a nada, así que esto parece la salida del Gran Premio de Montecarlo. Calles estrechas, mucha competencia y el que se ponga el primero sube al pódium. La tarde es larga, y siempre hay alguna descalificación, por lo que otros coches van subiendo posiciones. De vez en cuando surge el hastío pero, tranqui tronco/a, que el director de la carrera manda al coche escoba y le dice al DJ que recuerde a los participantes lo de las pegatinas. Termina la carrera… ¡Reparto de premios! De camino a casa unos miran el reloj inquietos y otros el chupetón ámbar o verde(s). Mientras los aburridos rojos chatean, vía Blackberry, con la pareja que está castigada en casa: ¡oye! Que me he puesto la pegatina roja por ti, para que veas que no te olvido, ¿vale?. ¿De verdad? ¡Qué romántico! Eso es que me quieres. ¿Perdona? No te rayes, que sólo somos “follamigos”. ¡Ah! Perdón.

 

Y en esa estamos. La sexualidad y la afectividad usadas como un artículo de consumo más, y con el aliciente del 3D, no como esas web de internet que se visitan cuando tus padres te dejan sólo ante el peligro, donde tienes una carta de platos de lo más apetitosa y en autoservicio, para que te pongas lo que quieras hasta saciarte. 

 

 

Intento recordar la primera vez que fui a una discoteca y puedo prometer, y prometo, que fue con al menos 17 años, y mi ilusión era bailar o, al menos, moverme de forma sincopada sin pisar a nadie. Así que ahora miro a mis alumnos y siento tristeza, porque están corriendo demasiado a su edad y no parece que quieran dejar nada para más adelante.

 

Nuestros adolescentes han nacido en la época de la burbuja económica y desde pequeños han sido tan consumidores como nosotros. Decenas de juguetes, ordenador, buena ropa, viajes… ¿Para qué estudiar, si ya lo tengo todo? ¿Por qué esperar a ser mayor de edad, si puedo disfrutar de mi cuerpo ahora?

 

Mucho me temo que la culpa es nuestra. En algo hemos fallado. Quizás hemos tenido miedo de poner límites a una generación nacida en plena madurez de nuestra democracia. No queríamos ser tiranos ni parecer carcas, así que ¿por qué no permitir que nuestros adolescentes quemen etapas antes de tiempo? Hemos dejado en sus manos un coche de gama alta y ahora pretendemos que a su edad no tengan accidentes. Así que ahora toca curar las heridas, explicarles lo de la abejita y la flor y, por supuesto, quitarles las llaves del bólido. Pero eso lo dejo para el próximo episodio, ya que, como hay que decirle a nuestros “pavitos”, hay que aprender a esperar.

 

COMENTARIOS: Cuando pongas un comentario el Blog te pide que sumes dos números para que este sea aceptado y evitar el spam. Por ejemplo: Si pone “Por favor añada 10 y 5″ entonces hay que escribir 15. Si haces mal la suma te suspende en matemáticas.

El nuevo Olimpo

 

El nuevo Olimpo

 

Pongámonos en situación. Antigua Grecia. Un adolescente griego se acerca a uno de sus maestros y le pregunta por el sentido de la vida, así, sin anestesia ni nada. El anciano se atusa la barba y le habla a su pupilo de los dioses del Olimpo, una pandilla de tiranos sin ética, caprichosos, lujuriosos y vengativos, que sólo pueden ser calmados con algún que otro sacrificio y o con los cantos de “Zeus bonito, me gusta tu rayito” que calman los divinos egos. El joven asiente ante la explicación, pero se aleja de allí algo apesadumbrado, porque sus dioses no le ofrecen nada más que ser paciente con ellos -¡vaya tropa!- y mentalizarse para darse un garbeo eterno por el inframundo de Hades.

 

Nuestro adolescente ha dejado de creer en el Olimpo y decide buscar por sí mismo las respuestas que necesita. Se acerca a un puerto y toma una barquita con la que adentrarse en un viaje iniciático por el mar que le llevara a comprender la naturaleza, aprender de las estrellas, dialogar con su alma, escuchar la música de la tierra y reconocerse en el espejo de la humanidad. Su rebeldía ante los dioses le ha transformado en un pensador, en un pequeño filósofo capaz de armonizar la belleza con la geometría y asombrarse de su condición de persona. Si ya se lo decía el otro día Sócrates a los progenitores del interfecto sublevado: “Nuestros jóvenes de hoy en día aman el lujo, tienen pésimos modales y desdeñan la autoridad, muestran muy poco respeto por sus superiores y pierden el tiempo yendo de un lado para otro, y están siempre dispuestos a contradecir a sus padres y tiranizar a sus maestros“.  

 

 

Una tarde nuestro protagonista se topa con Zeus, que ha bajado a darse un garbeo por el bosque, y de paso “raptar”  a alguna ninfa. El dios griego reconoce al insurrecto súbdito e iza con furia uno de sus rayos y, con voz poderosa, se dirige al pequeño rebelde: “si no estás conmigo serás un excluido, un maldito apátrida fuera de nuestra sociedad”. El adolescente gira la cabeza hacia el camino que tiene por delante y le responde: “Mi patria es donde me lleven los pies y mi templo reposa en el corazón“.

 

Resulta difícil terminar este relato… Lo más lógico es que Zeus le lanzará rayos hasta en el carnet de identidad, pero también me gustaría pensar que el hijo de Rea se quedaría tan descolocado que dejaría escapar a nuestro rebelde. Dejo el final a la imaginación de cada cual.

 

Siglo XXI. El Olimpo del consumismo y la riqueza material han deslumbrado a los jóvenes desde su infancia, permitiendo que sus vidas sean acomodadas y sencillas. Sólo por el simple hecho de nacer bajo la tutela de tan generosos dioses uno tiene derecho a ropa de marca, nuevas tecnologías -con sus propios dioses mesiánicos-, dinero fácil, comida variada y un sinfín de oportunidades para formarse y gozar de la vida. Hasta que ha llegado el terremoto que derriba el Olimpo, mostrando el cartón piedra, que creiamos mármol, y la purpurina que deslumbraba como el oro. Al igual que en la antigüedad, los dioses caídos ya no merecen nuestro respeto y los jóvenes se sienten traicionados por su comportamiento amoral e indigno, sin darse cuenta de que todos hemos sido cómplices de ese Olimpo con nuestra furia recolectora de las migajas sobrantes en los banquetes divinos.

 

 

 

Algunos desencantados buscan desesperadamente nuevos ídolos a los que seguir y se convierten en presa fácil de ideologías extremistas en las que basta con asumir las directrices marcadas sin abandonar el redil, como suele suceder siempre tras una crisis. Otros no se dan por vencidos, y simplemente otean el horizonte en busca de dioses sustitutos, líderes poseedores de la verdad absoluta, estrellas sociales millonarias y engreídas, o  simplemente de un titiritero al que le sobre cuerda para atar nuevas marionetas.

 

Sin embargo existe un grupo de jóvenes que llevaban tiempo imaginando que otro mundo era posible, y deciden despertar del mal sueño, que siempre han conocido, y se acercan a la orilla para buscar la misma barquita que su ancestro del mar Egeo. Saben que no lo van a tener fácil, que serán señalados por la calle por atreverse a cuestionarse cuanto les rodea y que deberán cargar con ese lastre si desean permanecer dentro del sistema e integrarse en él.

 

Os confieso que no tengo la valentía suficiente para echarme a navegar, porque aquí en mi palacio, a los pies del viejo Olimpo, se vive de fábula. Débil que es uno. Lo que sí os prometo es pasarme de vez en cuando por vuestro puerto, y si hay que remendar alguna vela resquebrajada por Eolo, pues se hace, que para eso me han entregado una aguja de oro. Me dará vergüenza su resplandor, claro, pero al menos servirá para un zurcido de emergencia.

 

Seguro que algún vecino de la polis me critica por estar ahí con mi aguja, apoyando a las ovejas negras, en vez de centrarme en hilvanar trajes de seda. Lo asumo, no me importa, me está bien empleado por pertenecer al rebaño.

 

 

 

 

 

COMENTARIOS: Cuando pongas un comentario el Blog te pide que sumes dos números para que este sea aceptado y evitar el spam. Por ejemplo: Si pone “Por favor añada 10 y 5″ entonces hay que escribir 15. Si haces mal la suma te suspende en matemáticas.

¿Dónde estás?

 

¿Dónde estás?

 

Había terminado por fin la jornada semanal y me acercaba al metro soñando con el fin de semana, porque mi indicador personal de batería me avisaba de que mi cerebro estaba al borde de la descarga tras unos días de mucho trabajo. Gracias a alguna mente retorcida, que ha decidido cambiar todas las escaleras mecánicas a la vez, debo tomar el ascensor hasta mi andén, salvo que quiera realizar un tour subterráneo por el laberinto de las obras. Otros rostros cansados me acompañan en la fila de acceso al ascensor.

 

De repente tres niñas se acercan a nosotros, voceando a los cuatro vientos las virtudes de un tal Tomás, al que los oídos no le pitan, le estallan. No son de mi colegio, pero no se diferencian mucho de mis alumnas, así que miro con una sonrisa cómplice a mis aturdidos compañeros de viaje, que contemplan a las tres adolescentes con espanto. Una de ellas, que se llama Ana, se despide, y las otras dos irrumpen en estampida en el diminuto cubículo que nos transportará a las profundidades. Una abuelita las mira con angustia mientras su marido mueve la cabeza gravemente. Para mí ese es el pan de cada día, así que no me extraño cuando una de la niñas me grita: “¿¡Has pulsado el botón de la línea 6!?”. Sí, balbucí temiendo que volviera a aturdirme.

 

Entonces ocurre. Las dos niñas, sin ponerse de acuerdo, sacan sus móviles de diseño Blackberry y comienzan a chatear convulsivamente. Claro, todos pensamos: “que gracia, para un minuto que estaremos aquí encerrados se ponen a jugar”. Pues no. Error. Están comunicándose con Ana, la amiga que acaban de dejar arriba. ¿Qué dice Ana? Que está en el andén de la línea 7. ¡Cómo ha corrido! Se abre la puerta del ascensor en ese andén. ¡Tíaaaaaa! Parece mentira que dos gargantitas puedan eclipsar la entrada de un convoy en la estación. Ana saluda desde la lejanía levantando su móvil cual trofeo. La abuelita se estremece ante el impacto auditivo y los saltos de las interfectas, mientras su cariño le acaricia la mano para tranquilizarla. No pasa nada, no pasa nada. Ya llegamos… Se cierran las puertas. Seguimos descendiendo… ¡Ping! Está usted en el nivel 3. Las niñas salen gritando sin dejar de mirar la pantallita, mientras que yo miro con prevención las vías que se abren como un abismo que parecen ignorar. ¿Qué le has puesto? Que dónde está. ¿Y qué te dice? Que en el nivel 2. Claro, es rápida, pero no es superwoman.

 

 

El tren está llegando. Escojo un vagón tranquilo -lejos de ellas- y me siento a pensar. Es curioso, apenas tienen 12 o 13 años y tienen en sus manos un juguete de unos 300 euros que utilizan para trivializar la comunicación. No digo que yo a su edad no usara el teléfono y las notitas en clase para chismear con los amigos, pero no portando un artículo de lujo por la calle. ¿Serán mis dos pavitas capaces de decirle a Tomás que ojos tienes prenda sin usar el aparatito en cuestión?

 

Algunos de mis alumnos ya estrenaron el móvil en su primera comunión, tienen ordenador en casa desde primaria y disponen de decenas de canales televisión y acceso a internet, donde nos dan siete vueltas a los adultos. Sin embargo han perdido la calle, aquellas tardes de encuentro en el patio del barrio o jugando al fútbol en el asfalto hasta que alguien gritaba “¡Coche!”. Alguno de ellos protestará (¿Vía Twitter?) y me dirá que no todo es pantallita, que la calle sigue siendo suya. En parte es verdad, porque los veo haciendo vida social en la puerta de un “todo a 100″, con el móvil en una mano y el refresco en la otra.

 

 

 

Me imagino que este es el tipo de relación social que nos aguarda en el futuro, pero no puedo evitar pensar con tristeza en lo que se van a perder. Quizás nunca sepan lo que es esperar al cartero, abrir un sobre y percibir la huella de ella en los trazos que escribió aquel día que me evocó sola al atardecer. Aprenderán pronto a decirle a Tomás ”¿Me agregas” o “stoy x ti”, pero su lenguaje corporal puede reducirse a mover los dedos con agilidad felina sobre el teclado. No necesitarán ponerse las gafas del otro para ver el mundo como él, porque este habrá especificado su estado de ánimo en el perfil.

 

Y entonces llega el día en que papá y mamá les sientan en el salón y le cuentan eso de la relación entre la crisis y el paro, y que los ajustes llegan a casa. Fin de la fiesta. Así que la Blackberry se da de baja y mis dos compis de ascensor se quedan excluidas socialmente. No pueden vivir sin estar conectados a todas horas. Ahora son unas parias, que solo tienen vida social por la noche al coger el ordenador, y eso si no están castigadas (hemos cambiado el ”a la cama sin postre” por el “a la cama sin internet”). Ahora se van a perder muchas informaciones que a nosotros nos parecen intrascendentes, pero que para ellas es “estar o no estar”. Entonces descubrimos que eran unas yonkis del móvil, que esas alegres niñas padecían “nomofobia” y que la pérdida de su terminal es un acontecimiento trágico.

Unos padres nunca le comprarían a estas niñas una botella de ron, una cajetilla de tabaco o una china de marihuana, porque son drogas reconocidas, pero no ven peligro en regalarles un móvil de este tipo. ¿Nos estaremos equivocando? Lo sabremos en los próximos años. 

 

 

 

 

COMENTARIOS: Cuando pongas un comentario el Blog te pide que sumes dos números para que este sea aceptado y evitar el spam. Por ejemplo: Si pone “Por favor añada 10 y 5″ entonces hay que escribir 15. Si haces mal la suma te suspende en matemáticas.

|