Blog de Antonio Javier Roldán sobre adolescencia y educación

Cabalgando sobre un caballito de mar


Lunes, agosto 12th, 2013

Cabalgando sobre un caballito de mar

Mi colegio está de reformas. Es un gran cole, con instalaciones deportivas, patio enorme, laboratorios, talleres, salón de actos, cuatro líneas por clase, ordenadores, sala de audiovisuales, etc. Ahora le llamo “mi colegio”, pero hace años llamaba así al lugar donde estudié la E.G.B.

Mi cole de pequeño tenía un patio por debajo del nivel del suelo, por lo que siempre daba la impresión de estar jugando en un enorme foso de hormigón de varios metros de altura. No teníamos instalaciones deportivas, salvo el polideportivo municipal, a donde acudíamos dos días por semana. Nuestro profesor Don Juanjo buscaba una cancha o recurso que estuviese libre ese día y así improvisaba el diseño curricular de Educación Física según el panorama que se encontraba. Tenía su emoción. ¿Qué tocará hoy? Voley con pelota de fútbol, cama elástica, salto de longitud, balonmano…

Las chicas estudiaban en un edificio distinto al nuestro, por lo que mi clase nunca olió a violetas. Ellas eran seres mitológicos, poseedoras de muñecas, lectoras del “Lily” y musas de nuestros sueños. Los profes que cuidaban el patio marcaban el límite entre los dos mundos. Creo que me aficioné al baloncesto cuando se instaló una canasta junto a la frontera.

No había salas de las llamadas específicas, por lo que todo se impartía en el aula convencional. Recuerdo una mañana, en 4º, que vino muy contento don Vicente a informarnos del hallazgo en el aula almacén de un modelo de ser humano con los órganos hechos en plástico. Aquel día íbamos a tener nuestra primera –y última práctica-. Nos colocamos en fila y acudimos felices al aula misteriosa. Hicimos un corro alrededor de la figura de tamaño natural y Don Vicente nos mostró lo complicados que éramos. “Estos son los pulmones y esto que voy a sacar ahora es el…” ¡Avalancha! Los órganos cayeron a nuestros pies estrepitosamente levantando una nube de polvo. Menos mal que todavía no sabíamos lo que era el género “gore”. La hora transcurrió dejándonos los sesos con el pobre Don Vicente para recomponer aquel puzzle orgánico. Aprendimos por lo menos a trabajar en equipo.

También recuerdo a mi querido don Juan colocando un libro de Historia Sagrada sobre un armario para acompañar su explicación en religión con imágenes o cuando a su regreso de vacaciones de Semana Santa nos trajo un caballito de mar que pinchó en el corcho para ilustrarnos sobre la diversidad marina. Recuerdo haber soñado aventuras montando sobre tan diminuto, pero brioso, corcel. Ni Furia ni Silver. Yo me pedía el caballito de mar.

¿Y qué decir de doña Carmen? Compraba una baraja infantil para entregarla como premio al que hiciera mejor el cálculo mental. Nunca la gané, pero estrujé mis neuronas para conseguirla. Don Ramón nos inició en la poesía. Una tarde nos recibió en clase con un autorretrato suyo en la pizarra como perámbulo a la lectura del libro que había publicado. Todos se lo compramos más o menos convencidos. Supongo que no le sentaría muy bien a nuestros padres. No me acuerdo. En está época actual, él habría creado un blog con sus versos y nos daría la dirección para poder leerlos.

Muchos de mis maestros hicieron el esfuerzo de renunciar a sus estrategias de disciplina autoritaria y a su forma de impartir sus clases al llegar la democracia. No tenían muchos medios materiales, pero supieron dar lo mejor de sí mismos en aquellos años y ayudarnos a crecer en una época de cambios y dudas. Otros decidieron aferrarse a otros tiempos y siguieron usando sus métodos de castigo físico, logrando nuestra atención por el miedo. La letra con una regla de madera entra. Debían sentirse perdidos por aquel entonces, por lo que no les culpo de sus errores. Yo también los cometo.

Así que estos días, cuando contemplo el que ahora es mi colegio, me pregunto lo que podrían haber hecho mis profesores con todos estos medios actuales. Doña Carmen con una tienda de “todo a 1 €”, Don Vicente con sus animaciones sobre el cuerpo humano en Internet, a Don Juanjo con un polideportivo propio, a Don Ramón con su blog de poesía española o a Don Juan con sus transparencias sobre el Antiguo Testamento.

Junto a nuestro centro estaba la otra cara de la moneda. Un enorme complejo educativo con todo lo que un niño podría desear, incluyendo piscina. Puede resultar difícil de entender, pero nunca envidié a los alumnos del otro lado de la calle.

Es más, si pudiera regresar en el tiempo con lo que ahora sé, no dudaría en volver a mi antiguo colegio, el único del barrio con foso, como los castillos de verdad.

Así que, ahora que he cruzado la calle, procuraré seguir ilusionando a mis alumnos con las pequeñas cosas, como hicieron mis maestros conmigo, sin dejar que la abundancia que en siglo XXI les rodea pueda deslumbrarles.

Gracias a la educación que recibí todavía hoy de vez en cuando cabalgo en un caballito de mar.

(Publicado en marzo de 2007 en Corazones de tiza en las paredes del patio)



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One Response to “Cabalgando sobre un caballito de mar”

  1. Rocío Says:

    Yo también comparto recuerdos contigo, aunque eso sí, formaba parte del otro edificio (que te aseguro, tampoco olía a violetas). Bonitos recuerdos de nuestro maravilloso patio y de esos pinos que ahora se ven enormes y antes estaban casi recién plantados. Y no, yo tampoco envidié nunca a los del colegio del otro lado…

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