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- 16. Mayo 2012: LA PAVOTECA - "Explorando tu mundo"
- 16. Mayo 2012: La marca del Purgatorio
- 25. Marzo 2012: El templo del saber
- 3. Marzo 2012: Decálogo de la convivencia en clase
- 18. Diciembre 2011: Cuento de Navidad
- 19. Noviembre 2011: ¿No sabes leer?
- 7. Noviembre 2011: El valor de los profesores
- 25. Octubre 2011: La fiesta del semáforo (2ª parte)
- 20. Octubre 2011: La fiesta del semáforo (1ª parte)
- 12. Octubre 2011: El nuevo Olimpo
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LA PAVOTECA - “Explorando tu mundo”
16. Mayo 2012 por Antonio Javier Roldán.
La adolescencia o “edad del pavo” es una etapa de la vida en la que el joven explora el mundo de los adultos, poniendo a prueba sus propios límites para crecer de forma armónica y preparar su proyecto de vida. En esa búsqueda también los adultos que convivimos con él necesitamos realizar otra exploración, en este caso dirigida a comprender sus sentimientos, preocupaciones y esperanzas. “La Pavoteca” trata de ser un lugar de encuentro entre esas dos realidades tan distintas en las que los momentos de encuentro son escasos y a menudo conflictivos.
Durante el verano de 2009 he revisado y mejorado los contenidos de este blog para darles un formato de libro en descarga gratuita. Si lo deseas puedes bajarte el libro con todo el material en este enlace.
He dividido los temas a tratar en 48 capítulos organizados en seis categorías diferenciadas por colores: afectividad, cuerpo, familia, formación, personalidad y sociabilidad.
Durante el curso 2009-10 se estrena “La Pavoteca TV” donde incorporaré algunos vídeos. Inevitablemente, el 2011 es el año de la crisis, por lo que procuraré relacionarlo también con las vivencias que los más jóvenes tienen de esta cambio social tan profundo que nos espera.
En algunos de los capítulos encontramos colaboraciones externas de profesionales y alumnos, o algún texto que publiqué con anterioridad en otros proyectos.
Aunque el blog está ordenado de la entrada más reciente a la más antigua, dispones a continuación de un índice en forma de botones de acceso con el nombre del capítulo y de la persona entrevistada.

¡Bienvenid@ a La Pavoteca!
Antonio Javier Roldán (Contactar)

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La marca del Purgatorio
16. Mayo 2012 por Antonio Javier Roldán.
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La marca del Purgatorio |

Los que faltaron a Dios con mala voluntad, y no supieron arrepentirse antes de la muerte, arrastrarán para siempre su pena y su culpa. Dios siente compasión por estos condenados, por lo que la pena que sufren no es infinita en la cantidad, tan sólo en el tiempo. Sin embargo, son muchas las almas que aceptan su voluntad y que se mantienen puras gracias al arrepentimiento de sus pecados. ¿Por qué entonces se demoran en ir a su encuentro? Os lo diré: están manchados por las errores que cometieron.
Descarga gratuita en:
http://www.antoniojroldan.es/Zahra.htm
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El templo del saber
25. Marzo 2012 por Antonio Javier Roldán.
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El templo del saber |
El otro día me enteré de que la célebre Enciclopedia Británica va a dejar de publicarse en papel puesto que ya sólo suponía un mísero 1% en las ventas totales. Parece ser que el resto del negocio se mantiene con prosperidad en internet a pesar de la competencia de la Wikipedia. “Parece lógico”, dirán algunos, o “¿qué coño es una enciclopedia?”, preguntarán los más nuevos. El caso es que, entre los eBooks y las webs de consulta, poca gente se animaba a enlibrar el salón como en aquellas añejas consultas de medicina y abogacía que olían a tabaco de pipa y a lignina avejentada.
Todavía recuerdo con cariño mi primera incursión en una biblioteca para perpetrar un trabajo de geografía para el colegio. Se trataba de una biblioteca patrocinada por una caja de ahorros, muy cercana al parque donde jugábamos. Allí acudimos seis preadolescentes para empaparnos de conocimientos sobre alguna de nuestras provincias, cuyo nombre no consigo recordar. Total, todas me parecían iguales, salvo por el escudito y el traje regional que apreciaba en mi colección de sellos. El caso es que nos presentamos allí, con nuestras carteras a la espalda, ante la bibliotecaria, una mujer que nos parecía una anciana, pero que no debería pasar de los cincuenta años. Mote inmediato: la señorita Rotten Meier. Ella nos miró con una mezcla de espanto y severidad que, así de primeras, nos acojonó bastante, seamos sinceros. Nos señaló una mesa situada en la entreplanta, alejada del resto de lectores, y nos dijo que había que hablar en voz baja, colocar cada libro donde estaba y no sacarse el bocata para montar un picnic, que para eso estaba el parque. Asentimos gravemente y nos dirigimos hacia nuestro confinamiento.

Primer imprevisto. Estábamos situados frente al estante de las revistas. Desbandada. ¿Un quiosco por la patilla? ¡Maricón el último! Tic, tac… Tic, tac… Bueno tíos, habrá que sacar la cartulina y empezar a trabajar, ¿no? De acuerdo. ¿Quién pregunta a la abuela? A mí no me mires, que tengo cara de sospechoso. Bueno, pues voy yo. Vamos sacando las fotos, las láminas, las tijeras y el pegamento. Nuestro héroe baja hacia el mostrador. Pasan los minutos… Este se ha perdido. No, mira, ahí viene. ¿Qué traes? Un Asterix, chavales. Junto a la cacatúa está el estante de los tebeos. ¡No me jodas! Las tijeras caen al suelo con estrépito, una silla se resbala bajo la mesa y el pegamento se queda goteando sobre la cartulina. Un señor circunspecto nos mira con desagrado. Desgraciadamente no llegamos a nuestro objetivo. La guardiana del templo del saber nos arrincona en la escalera y nos da un ultimátun. Aquí se viene a trabajar y si no, a la calle. ¿Estamos? Estamos, estamos, faltaría más. De nuevo a nuestro campo de concentración. Un gracioso laguito de pegamento nos recuerda que debemos sumergirnos en nuestro mural. Este es el plan. Media hora a tope para terminar esto y luego tiempo libre para leer lo que queramos. ¿De acuerdo? ¡Bien! Pues a ello…
El inicio del bachillerato coincidió con mis primeros escarceos literarios (los otros no tocan hoy), por lo que me busqué una biblioteca más extensa, que resultó estar a más de media hora de mi casa. Si la biblioteca del parque tenía cierto encanto y un aroma a libro polvoriento que le otorgaba cierta solera, esta parecía diseñada para desanimarte. Junto al cajón de las fichas había unos papelitos para anotar la signatura de los libros, los cuales descansaban tras un mostrador, donde un tipo bastante descuidado te miraba con infinito desprecio y te recibía con aburrido ademán tabernario. Se perdía entre unos estantes metálicos y te lanzaba el libro sobre el mostrador como quien sirve una de aceitunas. Tú lo hojeabas con atención, sabiendo de antemano que no habría huevos para decirle al carcelero que devolviera al reo a su celda porque no era lo que buscabas.
Afortunadamente, en la universidad pude gozar de nuevo en una biblioteca, gracias al esmero con el que muchos de mis docentes me empujaron a ella, desesperado por convertir mis apuntes en un medio para recibir la inspiración que me faltaba en sus clases. Cada mañana pasaba dos horas en la biblioteca antes de iniciar la jornada y desde entonces asocio el olor a papel viejo con el estudio. Coincidió que en aquella época abrieron una flamante nueva biblioteca, con los fondos de otra más antigua, por lo que abandoné al tipo de los papelitos y me hice cliente de esta. Una gozada. Olor a rancia sabiduría en un edificio de nueva generación. Recorría todos los estantes uno a uno cada quince días, buscando sobre todo literatura española contemporánea y fue cuando de verdad me convertí en lector.

Durante el servicio militar tuve que estudiar mi última asignatura para terminar la suicida carrera de matemáticas. ¿Qué sitio más parecido a una biblioteca que un cuartel? Olor a vetusto, mobiliario de cuando Franco era recluta, consignas de Napoleón e himnos imperiales. Tuve la suerte de estar destinado en la sala de teletipos, donde el aroma a papel perforado me recordaba a la biblioteca de mi infancia y mi comandante me obsequiaba con la misma mirada asesina de la señorita Rotten Meier cuando me pillaba profundizando en la configuración de un sistema operativo. Luego me mandaron a filiaciones, para gestionar las hojas de servicios de mis superiores. Los formularios para la concesión de las Órdenes de San Hermenegildo me producían la misma hilaridad que Wenceslao Fernández Florez. ¡Qué recuerdos! Supongo que con los años algún capitán se habrá acordado de mí cuando haya presentado su hoja de servicios para la jubilación, en la que estaba prohibido realizar tachaduras, por lo que más que gazapos allí quedaron liebres.
Y llegamos al siglo XXI… Mis pavitos ya no consideran a los libros como intermediarios entre la ignorancia y la cultura, sino como meros cómplices en su tortura escolar. Tampoco el profesor es hoy aquel ser mitológico que lo sabía todo. Ambos hemos perdido el estatus de transmisores del conocimiento para convertirnos en gestores de sus notas y responsables de sus consecuencias. Por eso, los libros de texto son ahora torturados, grafitados y vilipendiados. Su aroma a curso nuevo en septiembre es para muchos alumnos un pestazo a esfuerzo y horas perdidas en el estudio. Total, la Blackberry va caer aunque suspendan hasta el recreo.
Aquellos profesores de mi infancia, que abrían un libro y te mostraban el mundo, presentarían la carta de dimisión se vieran el desinterés con el que muchos adolescentes se enfrentan a su formación en un momento de nuestra historia -crisis aparte- en el que el acceso a la información es tan sencillo que hasta las enciclopedias siguen la senda de los dinosaurios camino de su extinción.
Afortunadamente siembre hay algún alumno que saca un libro entre clase y clase, abre sus páginas y sueña por un momento con mundos sin Tuenti, Twitter o Facebook mientras que un balón vuela sobre su cabeza rozando el proyector del techo. Todavía hoy encuentro alumnos que acuden a la biblioteca por la mañana por gusto, no porque sus padres los hayan aparcado hasta la hora de entrada al colegio o porque algún profesor los mande allí como penitencia.
Hoy en día cualquiera puede publicar un libro -incluso un mindungui aficionado como yo-, compartir un vídeo de gatitos o mandarnos las fotos de su borrachera en la playa gracias a internet. Confieso que tengo un lector de eBooks en color de lo más aparente para divertirme con los tebeos de mi infancia, que me he descargado en algunos foros para nostálgicos chalados, pero los libros los prefiero en papel, con sus esquinitas dobladas, sus hojas amarillentas y sus recuerdos perdidos entre sus páginas.
Seré un troglodita, pero un troglodita de lo más feliz.
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Decálogo de la convivencia en clase
3. Marzo 2012 por Antonio Javier Roldán.
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Decálogo de la convivencia |
1º) Desde el primer día de clase conocerás los nombres de tus alumnos. Haz que se sientan únicos desde que entras por la puerta y así comenzarás a tejer con ellos el hilo afectivo que os unirá a lo largo del curso.
2º) No levantes la voz si no quieres que la levanten ellos. Mírale a los ojos y háblale con seriedad, pero sin ejercer la violencia que transforma al maestro en enemigo.
3º) Sé firme y medido en los castigos que pongas, pero utiliza estos para acercarte más a tu alumno. Tras razonar la sanción, siéntate con él y escúchale, averigua qué se esconde tras esa conducta y procura ponerte sus gafas para ver el mundo como él y comprender el motivo de sus acciones. Quizás su mal comportamiento esconde una llamada de atención hacia ti y sus compañeros.
4º) Saluda a tus alumnos con una sonrisa cuando te los encuentres por el colegio. Si tus alumnos están en una fase de cambio, en la que apenas se gustan a ellos mismos, demuestra que tu encuentro casual con ellos es una buena noticia para ti. Acógelos con cualquier gesto, que se sientan queridos y aceptados en su diversidad.
5º) Resalta en público sus virtudes, pero corrige sus errores en privado. Nunca los humilles en público, porque a la vergüenza que sentirán se unirá la orfandad de la pérdida del maestro. Cuando proclames sus éxitos reconocerán el camino que andan buscando y será más fácil motivarles.
6º) Reserva parte de tu tiempo libre para hablar con ellos, pero sobre todo para escucharles. No te subas al púlpito cada vez que entres en clase. Abre las orejas, sé humilde y aprende de ellos. Cuando te equivoques, celébralo, porque del error se aprende y esa es una lección que ellos necesitan.
7º) Atrapa a tus alumnos en clase, haciendo que cada minuto sea un acontecimiento. Disfruta en tus clases, para que ese entusiasmo se contagie. Inventa, crea, busca, descubre… Súbete con ellos en el barco del aprendizaje, ejerce de capitán, pero haz de la travesía un viaje único.
8º) Procura que el alumno te respete por tu profesionalidad y el hilo afectivo que os une, nunca por tu severidad. Que la coherencia sustituya a la incertidumbre, y que el cariño arrincone al miedo. Cuando el alumno cometa una falta que nazca en él el perdón, como restauración del lazo perdido, pero no como arrepentimiento para evitar la sanción.
9º) Ayuda a crecer al que destaca en tu materia, pero vuélcate más en el que más te necesita. Haz que su causa sea la tuya, que no se sienta solo ante su fracaso y que en la lucha por sus objetivos tú nunca vas a rendirte. Cree en él más que él mismo.
10º) Nunca seas el amigo de tus alumnos, porque amigos tienen muchos, pero maestros pocos. Sé cercano, cariñoso, respetuoso y comprensivo, pero nunca olvides cuál es tu sitio. Recuerda que cuando unos padres presumen de ser amigos de sus hijos suelen llevarte un huérfano a clase.

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Cuento de Navidad
18. Diciembre 2011 por Antonio Javier Roldán.
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Cuento de Navidad |
Su taxi era el único de la parada y Pedro no tenía mucha confianza en que un día de Navidad, a las 9 de la mañana, alguien solicitara su servicio. Había sorteado en la emisora los días calientes de las fiestas y le había tocado el más parado. Al menos no tendría que aguantar a los colgados de año nuevo. Observó a la brigada de limpieza amontonando los cartones en un camión que recorría la calle desierta. Siempre pringamos los mismos, pensó. Espero unos minutos más y si no me voy al Aeropuerto a echarme unas risas con los colegas. Fue entonces cuando ella golpeó el cristal. -¿Estás libre, tío? Mal empezamos, una cosa es que uno esté de servicio y otra que le traten como a una zapatilla. -No soy tu tío, niña. ¿No ves el cartel de “libre”? Lo de niña no era un menosprecio. Aquella mocosa apenas llegaba a los catorce años. -¡Ah! Vale. Pues me meto. Y se metió.
-¿A dónde?
- Traigo una lista -le acercó un móvil en el que se veía un plano de Madrid cubierto de banderitas.
-¡Coño! ¿No pensarás que esto es un bus turístico? ¿Tienes dinero para pagarme semejante carrera?
-Mi abuela me ha dado 100 euros por Papá Noel.
-No sé niña, con eso podrías hacer muchas cosas en lugar de viajar en taxi. Te comprar un bonobús y haces lo mismo.
-No crea, me sale rentable porque así termino antes. Primero vamos a pasar por casa de Miguel, que es el tipo que ahora le canta a mi vieja, que supongo que estará allí mojando los churros en el chocolate. Él me ha prometido el iPod y ella no sé qué de unos pendientes de Horteralandia que luego me choriceará. Después nos vamos a los barrios bajos a buscar al Javi, el ex de mi madre, que para competir con Miguel no escatimará esfuerzos. Creo que me usa para recordarle a mi madre que aún existe y que todavía sabe aporrear la guitarra con el truño de “La chica de ayer”. Una vez cumplimentado Javi, buscaremos a mi tío José, hermano de mi padre, pero que a veces se siente en la obligación de actuar como tal, porque él siempre dice que alguien tiene que ejercer de figura masculina de autoridad o no sé que memez, y que cada vez que me ve no para de darme la brasa con el temita de las notas y el botellón. ¡Será falso! No sabe ni hacer la o con un canuto y se pega cada lingotazo cuando juega el Madrid que el aroma inunda toda la casa. Además, para colmo soy del Atleti. Después buscaremos a mi padre, que me ha colocado en Nochebuena con mi abuela, sin que lo sepa el juez, claro, para tener vía libre y tirarse a la Natalia, esa guarra a la que duplica la edad y que se empeña en decirme que seremos buenas amigas. Puede estar en la banderita de arriba -señaló la pantalla del móvil- o en la de ese hotel. La chica tiene gustos refinados, y me ha prometido una cazadora de cuero rojo putón muy aparente. Él me dará una tarjeta regalo para que me lo gaste en lo que quiera. También habrá que darle un beso a mi madrina, una tía abuela que me preguntará si tengo novio y si voy a misa. Lo del novio prefiero no contárselo, porque podría entrar en coma diabético, y lo de la misa se me ve en la cara, así que supongo que se interesa por cumplir, ya que aquello de haberme sumergido en la pila bautismal te crea obligaciones y tal. Dejo para el final la visita a mi hermano Carlos. Creo andará durmiendo la mona en el piso que comparte con Pilar, Andrés y Sonia. Lo que no sé es la habitación, porque ya le he pillado con los tres. Me lo jugaré a cara y cruz. De él no espero regalo, pero me lo llevaré a que coma algo decente con la pasta de la abuela, porque estamos a final de mes y ya estará a base de sopa y chóped. ¡Ah! Espero que me quede algo para tu propina, por supuesto.
-Entiendo…
-Pues quemando rueda, que por la tarde he quedado con los colegas.
-Puedes llamarme tío Pedro.
-Pues date por visitado, macho.

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¿No sabes leer?
19. Noviembre 2011 por Antonio Javier Roldán.
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¿No sabes leer? |
Cuenta Franciso Albarello en su libro “Leer/Navegar en internet” que los cambios en los hábitos de lectura que ha provocado la aparición de internet es similar a los ocurridos en la Edad Media cuando la lectura intensiva que hacía el monje se transformó en una lectura extensiva, es decir, ”de leer pocos libros muchas veces se pasó a leer muchos libros en forma superficial, fragmentada, hasta irrespetuosa e irreverente“. Hoy en día mantenemos la lectura intensiva en el formato papel o ebook, pero hemos adoptado la lectura extensiva a los textos que encontramos en nuestra navegación por internet.
Nuestros jóvenes han nacido con la pantalla del ordenador junto a la cabecera de la cama y han aprendido a seleccionar sólo la información relevante, arrinconando el resto de detalles. También su escucha se ha hecho más selectiva, provocando que un profesor tenga que convertirse en un encantador de serpientes mediante el uso de melodías agradables capaces de atrapar a su diversidad de ofidios y así transmitirles la verdadera esencia de la materia. Digamos que si el envase es agradable es posible que lo abran.
Para ilustrar este problema vamos a asomarnos a la ventana de un aula de secundaria instantes antes de un examen: -Buenos días. Julito, reparte los exámenes, por favor. -Profesor. ¿Hay que sacar hoja de examen? -Claro, esto no es un simulacro -Anita levanta la mano con cara de pánico-. Dime Anita… -¿Se puede usar lápiz? -Ya sabes que no… A ver, Borjita, ¿qué quieres? -¿Puedo usar una hoja del cuaderno? -Acabo de decir que… ¡Anita! ¿A dónde vas? -A sacar punta al lápiz. -Pero, vamos a ver, criatura -el profesor empieza a enrojecer-, ¿no te ha quedado claro que no puedes usar lápiz? -Sí, pero luego lo borro. -¿Cómo vas a borrarlo? Quedaría muy sucio. Os lo he explicado muchas veces… -Profesor… -¿Qué quieres, Ricardito? -¿La presentación cuenta? -¡¡Pues claro!! Ya lo conté el primer día y… -¿Y si tengo cuidado? -Anita vuelve a la carga. -¡¡¡Nooo!!! -Hoy viene de mala hostia -susurra Laurita a Martita. -Bueno, si alguno todavía tiene alguna duda sensata, las instrucciones están en la cabecera del examen, así que… -Profesor -interviene Luisito-. Yo no tengo hoja de examen. -Pues pídesela a alguien, niño -los ojos del profesor empiezan a inyectarse en sangre-, no es tan difícil. -Es que nadie me la deja… -¡Pues escribe en la mesa! -El alumno observa su pupitre con gravedad hasta darse cuenta que el profesor no habla en serio. Afortunadamente Anita le pasa una hoja algo arrugada, pero reglamentaria. -Bueno… -Una gota de sudor resbala sobre el rostro iracundo del pobre docente-. Pues si no hay más dudas, comenzamos. El examen termina a las once y media. No se admiten preguntas, porque todo está muy claro y he puesto un párrafo con todas las normas del examen -Laurita levanta una mano mientras masca un chicle tranquilamente. El profesor le lanza una mirada asesina. Se masca la tragedia-. Diiimeee… -¿Se puede usar rojo? -Pero, ¿no sabes leer? -¡Ah! ¿Lo pone aquí? -¡¡¡Pues claro que lo pone ahí!!! Bueno… -Traga saliva-. Silencio y a trabajar -se levanta otra mano-. ¡He dicho que no hay preguntas! -No, si sólo quería saber si podría responder en desorden. -¡Hazlo como te salga del boli! -¿Ves tía? Hoy viene cabreado.

En mi último examen de matemáticas en 2º de ESO hice un curioso experimento. Coloqué entre las instrucciones del mismo una “frase tesoro” que decía: si has leído estas instrucciones, tienes premio. Dibuja una carita sonriente en la respuesta a la pregunta 1 y te subiré un punto extra. ¡No es broma! ¡Hazlo! Se trataba de comprobar si mis alumnos eran capaces de leer las normas antes de empezar a responder a las preguntas. ¿Qué paso? Pues sólo un 54% del total colocaron la carita en el lugar acertado, mientras que el 7% lo hizo donde quiso -literalmente- y el 39% restante ni siquiera leyó las instrucciones. Al día siguiente les expliqué el experimento y los que no dibujaron la carita me dieron excusas como “No pensé que fuera en serio”, “¡Ah! Pero, ¿había que leer el párrafo ese?” o “Esta vez se me ha pasado pero, ¿vas a repetirlo en el próximo examen?”.
Ya me imagino lo que pasaría si incorporara esto de forma habitual a todos los exámenes: “¿La carita se puede hacer a lápiz?”, “¿Te baja si la dibujas mal?”, “Si dibujo dos caritas, ¿cuenta más?” o “¿La puedo pintar de colores?”.
Como decía santa Teresa de Jesús: patientia prima virtus est.
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El valor de los profesores
7. Noviembre 2011 por Antonio Javier Roldán.
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El valor de los profesores |
(Reflexión de Claya Ayala Mora, 17 años, estudiante de bachillerato)
¿Sabías que La mayoría de los pintalabios contienen escamas de pescado?
¿Sabías que desde hace dos años se ha estado desarrollando una revolución en Islandia, donde se hizo dimitir a un gobierno al completo y a través de una asamblea popular se reescribió su constitución? Y todo ello de forma pacífica, y, sin embargo, probablemente no lo sabías.
En efecto, la mayoría de las personas no sabemos todas estas cosas, ni muchas otras. Es cierto que hoy en día, los medios de comunicación sesgan la información hasta tal punto que nunca podremos tener certeza de lo que realmente pasa en el mundo, sin embargo, sí que podremos hacernos una idea mucho más cercana si tenemos cierto nivel de cultura.
Y la manera más práctica y sencilla que nosotros tenemos para adquirir dicho nivel de cultura no está en los telediarios, en los periódicos… ni siquiera en la biblioteca. Está mucho más cerca, en frente tuyo: en los profesores. Sí, los profesores, a los que muchas veces llegamos a considerar incluso nuestros “enemigos”, sin darnos cuenta de que nos ofrecen una oportunidad que aún no todo el mundo tiene.
En la sociedad actual muchas veces no se valora a los profesores, olvidando que la enseñanza crea las nuevas generaciones, la educación perfila nuestro carácter y nos hace ser como somos. Por ejemplo, un niño sensibilizado desde pequeño con el gran problema que supone el racismo respetará a todo el mundo durante toda su vida. Y esta función de educar, no solo en conocimientos, sino también en valores, lo tienen, muchas veces con mayor calado que los padres, los profesores.
En cambio, cada vez es más difícil adquirir un puesto como docente, y cada vez hay más trabas para ejercer esta profesión. Escasa valoración social. Violencia. Hostilidad. Nuevas modas sociales que rechazan el conocimiento por el consumo de ocio. Además, cambian las leyes continuamente y, probablemente en un futuro no muy lejano, no todo el mundo se podrá permitir una educación de calidad en España.
No obstante, nunca es tarde. No es tarde para aprovechar la valiosa oportunidad que tenemos de escuchar –escuchar y no oír- a los profesores y renovarnos cada día. De avanzar, curso tras curso, más sabios, más libres, y, lo más importante, mejorando como personas. Todo ello porque alguien nos aconsejó, nos recomendó un libro, nos dijo aquella frase, o simplemente nos supo parar a tiempo.
No nos damos cuenta de que la educación es la tinta con la que escribiremos nuestro futuro, el motor que nos impulsará para lograr nuestros sueños. Es hora de despertar y ser conscientes de que, queramos o no, los profesores tienen un importante papel en nuestra vida, y de que la enseñanza de calidad es de todos y para todos. De la misma manera, todos tenernos derecho a ser libres, y, si no queremos ser manipulados, debemos ejercer este derecho. El derecho de saber y conocer. El deber de ser quien somos y no quién quieren que seamos. El sueño de lograr la libertad a través de la educación que hoy, aquí y ahora, nos ofrecen nuestros profesores.
Claya Ayala Mora
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