Blog de Antonio Javier Roldán sobre adolescencia y educación

La Pavoteca


martes, mayo 21st, 2019

La adolescencia o “edad del pavo” es una etapa de la vida en la que el joven explora el mundo de los adultos, poniendo a prueba sus propios límites para crecer de forma armónica y preparar su proyecto de vida. En esa búsqueda también los adultos que convivimos con él necesitamos realizar otra exploración, en este caso dirigida a comprender sus sentimientos, preocupaciones y esperanzas. “La Pavoteca” trata de ser un lugar de encuentro entre esas dos realidades tan distintas en las que los momentos de encuentro son escasos y a menudo conflictivos.

Durante el verano de 2009 he revisado y mejorado los contenidos de este blog  para darles un formato de libro en descarga gratuita. Si lo deseas puedes bajarte el libro con todo el material en este enlace.

He dividido los temas a tratar en seis categorías diferenciadas por colores: afectividad, cuerpo, familia, formación, personalidad y sociabilidad.

Durante el curso 2009-10 se estrenó “La Pavoteca TV” e incorporé algunos  vídeos.

Inevitablemente, el 2011 fue el año de la crisis, por lo que procuré relacionarlo también con las vivencias que los más jóvenes tienen de esta cambio social tan profundo que tuvimos.

En algunos de los capítulos encontramos colaboraciones externas de profesionales y alumnos, o algún texto que publiqué con anterioridad en otros proyectos.

Aunque el blog está ordenado de la entrada más reciente a la más antigua, dispones a continuación de un índice en forma de botones de acceso con el nombre del capítulo y de la persona entrevistada.

Desde el año 2016 el blog se dedica a la adolescencia, pero también al mundo de la educación.


¡Bienvenid@ a La Pavoteca!

Antonio Javier Roldán (Contactar)

 

lunes, mayo 20th, 2019

EL NIÑO DEL AUTOBÚS

Yo regresaba del colegio en autobús, leyendo muy ufano un libro, cuando todo sucedió: una madre sube a bordo con un niño de unos cuatro o cinco años. El niño no llora, berrea. Si no fuera porque existía un parecido razonable entre madre e hijo uno podría sospechar que se trataba de un rapto. Buaaaa-Arg-Hip-Buaaaa-Arggg-Hip.

Todo el pasaje admiraba la capacidad torácica del pequeñín y se preguntaba si aquellos alaridos eran humanos. Ambos se sientan, en un lugar reservado para discapacitados, frente a dos abuelitos que llevan su garrocha. El anciano, que los ha visto de todos los colores, y habrá hecho la mili en más de una comida familiar con nietos, pregunta al crío: -“Pero, ¿qué te pasa, chaval?” El niño ignora la cuestión y le da un manotazo a su progenitora, que observa muy relajada su móvil con increíble concentración.

Unos asientos más atrás, un joven que llevaba unos auriculares modelo “Princesa Leia” se los descuelga para verificar el origen de semejante contaminación acústica. El abuelo insiste: -“Pero, deja de llorar, coño, que te vas a poner malo”. Los ojos del conductor se mueven entre la calle y el espejo. La madre levanta la vista de la pantalla y se percata de que todo el autobús está observando el fenómeno. Buaaa-Buaaarg-Buaaa. Al fin se decide a pasar a la acción. ¡Vamos! Todos los viajeros estamos contigo. Sabemos que puedes: -“Si sigues llorando no te llevaré al parque”. Uno se pregunta si se refiere al parque de bomberos, porque el conductor está a punto de llamar a la central para pedir refuerzos a Protección Civil. Como el parque no parece incentivo suficiente, la creadora de esos pulmoncitos le ofrece un zumo de melocotón a cambio de su silencio. El llanto se transforma en chillido ofendido ante lo cutre del incentivo.

Comienzan los cuchicheos entre la gente. Cada cual emite una opinión o se ofrece a probar alguna técnica (constitucional) para aplacar semejante drama. Pero no cuentan con el arma definitiva que la madre se guarda en la manga. Esta suspira. La comprendo. Se siente avergonzada en público. Ha llegado el momento. Toca mover ficha: le entrega el móvil. Como si fuera un exorcismo nuestro aprendiz de poseso recobra el camino de la fe y, literalmente, le arranca el aparatito de las manos a la causante de su profunda pena. Deja de llorar. Se seca las lágrimas con la manga y nos mira satisfecho. Ha ganado. KO técnico por aturdimiento público. ¡Qué jodío, el mico!

Así que era eso. Quería el móvil de mamá. Pues ya lo tienes, nene. Uno que conoce las negociaciones de los adolescentes con el aparatito en cuestión, y los habituales conflictos en casa, imagina a nuestro protagonista con diez años más, cuando le saque un palmo a su mami. Ella, desesperada, querrá ponerle límites, pero será tarde, porque el pavo se hará unas croquetitas con ellos y guardará en un tupper las sobras para restregárselas en las discusiones propias de la edad.

Y es que ya lo dice el refrán: más vale un escándalo en un bus que cientos de derrotas en el futuro. O algo así…

domingo, mayo 19th, 2019

POR TI. POR ÉL. POR NOSOTROS.

Calculo que en estos años habré dado clase a más de dos mil quinientos alumnos (¡Plop! Me acaba de saltar una cana), mis “niños” mayores tienen treinta y muchos años (¡Plop! Ahí va otra) y algunos ya tienen hijos en el cole (¡Plop! Van tres…). De muchos de ellos tengo noticias por las redes sociales y me ilusiono al verles tan mayores (¡Plop! Ya vale…). Pero también sé que algunos han estado muy enfermos y no todos han recibido el alta médica. En mi memoria hay cuatro que ya no están y que te dejan un enorme poso de amargura. ¿Pudiste darte cuenta del mal momento por el que pasaban?

Tengo en mi terraza maceteros para fresas, tomates, patatas, zanahorias… Sé lo que es cuidar y mimar un fruto para que un pájaro se lo lleve una mañana soleada. Cuentas con ello, es probable y forma parte del ciclo de la vida. Incluso te preguntas cuál de esos tomates cogerá mejor color y cuál será arrancado de la maceta. Entiendo esa fatal resignación de la gente del campo. Para lo que nunca estás preparado es para enterarte de que uno de tus chicos, al que viste crecer desde los lejanos trece años, ha sido cobardemente apuñalado en el corazón. Alex, en el mejor momento de su vida, en sus fiestas, disfrutando de su beca Erasmus, regresando a España para estar con los suyos… Veinte años tenía. No, con eso no cuentas. No es justo.

La noticia te estremece. Piensa en sus hermanos y recuerdas que el pequeño sigue contigo en el colegio y le das clase dos horas a la semana. Y sus padres: intentas imaginar su dolor y sientes escalofríos. Es un desgarro. Aquel cacho de carne sabía lo que hacía al clavarle el puñal. No se pudo hacer nada. Su familia solo llegó a tiempo de ver el cuerpo cubierto sobre el suelo.

Y entonces la rabia es doble porque hubieras deseado que Alex hubiera tenido un minuto para escuchar de sus padres que él era el mejor hijo del mundo, que nunca podría imaginar lo mucho que le amaban, que ellos hubieran dado toda su sangre para salvarlo, que sentían un inmenso orgullo de tenerle como hijo, que para sus hermanos era una referencia y que un pueblo y un colegio entero iban a llorar por él. Pero no tuvieron esa posibilidad, aunque me consta que a lo largo de su corta vida lo supo.

Por eso, cuando tengo una tutoría con unos padres y me cuentan, muy enojados, que han discutido con su hijo por un suspenso en matemáticas, por una mala contestación, por no ordenar la habitación o por rascarse las gónadas a dos manos, les suelo decir: no os rindáis, al final lo vais a conseguir. La historia suele acabar bien si no te cruzas por la vida con un malnacido ávido de sangre. Regad cada mañana la maceta. Seguid poniendo límites, es la clave. Las notas del colegio no califican a una persona, solo cuentan sus valores. Y, sobre todo, nunca os acostéis enfadados sin darle un abrazo y decirle lo mucho que le queréis. Tiene espinas, como un erizo, pero necesita vuestro amor y cercanía. El abrazo, el encuentro.

Si el pájaro se come el tomate suelo podar la rama para que la savia se desvíe y alimente al que estaba a su lado… Cuando esta semana estuve en clase con el hermano de Alex percibí en su mirada el poso cansado de un pequeño adulto e imaginé los cientos de condolencias que habría recibido aquellos días, por lo que solo fui capaz de decirle que, ahora que no contamos con Alex, cambiara el mundo por los dos y que hiciera de su vida algo grande e increíble.

Sé que lo hará. Por él. Por ti, Alex. Por todos nosotros.

viernes, abril 27th, 2018

lunes, enero 29th, 2018

El incidente

Año 1978

 


Pascualito saca un bolígrafo en clase de matemáticas, extrae el cartucho de tinta y lo observa con interés. Arranca la esquina de una hoja del cuaderno, la introduce en la boca, para formar un perdigón, y la lanza, con su improvisada cerbatana, en dirección a Pili, la empollona de la clase. El misil entra directamente en la oreja de la desafortunada víctima.


–¡Profesor! Pascualito me ha tirado una bolita de papel mojada. ¡Qué asco!


–¡Pascualito! ¡Ven aquí! –ordena el iracundo docente.


El reo avanza hacia la mesa del profesor con la mano extendida y la cabeza baja, dispuesto a afrontar su destino con hombría. Don Pelayo le sacude en la mano un reglazo en toda regla (disculpen la redundancia) y le dice al francotirador que a la próxima hablará con su padre. Pascualito decide que no volverá a disparar a Pili, ya que la mano de su padre tiene el tamaño de una paellera y el tortazo que le esperaría en casa podría dividirlo en dos sin dejar resto.


Cuarenta años después…


Pascualito saca el móvil en clase, aprovechando que el profe se ha dado a vuelta, y realiza una foto furtiva del trasero de Pili. Al llegar al recreo se mete en el baño, sube la imagen a las redes sociales y la etiqueta como “Plaza de toros”. La instantánea llega al grupo de compañeros y comienzan los comentarios del público. La involuntaria modelo afirma que el posado es robado e informa a sus padres de lo ocurrido.


Media hora más tarde los padres mandan un correo al tutor, a la jefa de estudios, al orientador y al director. El improvisado gabinete de crisis virtual decide llamar a los padres de Pascualito, los cuales se muestran sorprendidos por la acusación, ya que su hijo es un modelo de urbanidad y limpieza genética. Ante la contundencia de las pruebas presentadas los progenitores alegan que:


1) El profesor es responsable por no controlar el uso del móvil en su clase.
2) Pascualito tiene diagnosticado un principio de adicción al móvil que debe ser tratado con serenidad y prudencia (solicitan para su hijo una adaptación educativa sobre la norma que prohíbe el uso de aparatos electrónicos en el centro).
3) La propietaria del pandero de la discordia llamó tonto al presunto culpable tres años antes y que el colegio no tomo las medidas oportunas.
4) Si Pascualito usa redes sociales sin tener la edad permitida es porque necesita comunicarse con sus padres en caso de emergencia.
5) El colegio no debe tomar medidas al respecto, ya que si lo hacen la familia iría a la Inspección para recurrir la norma injusta sobre el uso del móvil. Además, lo de la circulación posterior del retrato de los glúteos se hizo fuera del colegio y no se puede sancionar.


Resolución del conflicto: Pascualito realiza una presentación digital sobre los peligros de las redes sociales. Desde ese día dispone de una adaptación que le permite usar el móvil en las horas impares, para no agravar su síndrome de abstinencia. Dicha adaptación se realiza siguiendo el modelo ISO-LECHES-34, por triplicado con el visto bueno de la Consejería de Educación y la de Asuntos Sociales.


AÑO 20 DT (Después de Trump)


Borja.034 usa su dron escolar para lanzarle un disparo láser en la oreja a Amaya.104. Esta pulsa el botón rojo de su tablet. El RODO (Robot Docente) evalúa las imágenes del aula grabadas desde la cámara 2. Comprueba la culpabilidad de Borja.034 y le lanza un rayo paralizante, no sin antes haberle leído sus derechos como alumno.


Unos minutos después, tras otros trece incidentes, toda la clase está paralizada. El RODO informa a las familias, con copia al ordenador central, de que en 2ºB ya no habrá alumnos activos, ni clase, hasta las 13:23 horas. El robot se desconecta. Hay que ahorrar baterías.


Por fin la clase está en silencio.

 

 

 

domingo, mayo 7th, 2017

La hora de comer

(Autora: Itzíar Rodríguez Franco – 2º ESO)


Capítulo 1. Inseguridad.

( 11:00 )

Todo comienza una mañana en la que…No, no, que va. No es que te levantes una mañana y ocurra. Porque no. Las cosas no son así. No es de golpe. Es poco a poco.

En verdad siempre está ahí, no viene de repente. Porque no, nadie es completamente seguro, nadie. Todos tenemos inseguridades y somos conscientes de ello, porque, aunque no lo demostremos, lo sabemos.

Hay personas que se las dan de duras, pero a veces se comportan de esa forma para así esconder sus complejos, no los culpo, me parece normal, no bueno, pero normal.

Aún así todos sabemos en nuestro interior que a lo mejor no nos gustan nuestras piernas porque nos parecen demasiado cortas o por el contrario, muy largas; puede ser que lo que no nos guste sea el color de nuestro pelo o igual es algo tan simple y tan complicado como que no nos convenza nuestra nariz. ¿Me equivoco? Seguramente no. Y ya está, no pasa nada.

Ahora bien, todo esto es muy común y más aún en adolescentes, o eso dicen; pero, una cosa es que seamos inseguros y otra que esto nos cree un problema. Problema. ¿Qué problema? A pues no sé. A cada uno le afecta como le afecte. Pero no voy a hablar del tipo: “Me da vergüenza que me miren de perfil porque no me gusta mi nariz”. Que si. Que también. Pero, no es eso de lo que yo quiero hablar, de lo que yo quiero opinar. Yo voy a hablar de mi opinión, opinión sacada de experiencias ya sean propias o gente que he conocido.

Capítulo 2. Influencia.

( 11:30 )

Bueno, a lo que estamos. De lo que quiero es hablar del físico. Pero no de algo concreto, sino de lo más sencillo y, como no, lo más común sobre todo en nosotras, las chicas: “Estar gorda”.
Para empezar, esto es algo subjetivo. Pero quieras o no, hay límites y además hay que tener en cuenta la salud ante todo.

¿De dónde viene este problema? Yo pienso, y como yo, muchos, que la culpa es de los ideales que nos transmite la publicidad, ideales que ha creado la sociedad. Actualmente además también es culpa de las redes sociales. En general la comunicación hoy en día se ve muy afectada por estos problemas y acaba siendo dañina para muchas personas. ¿Quién no ha visto a esa chica súper alta y delgada salir en el anuncio de un caro perfume con un chico guapísimo? Si estas por las redes sociales, por otro lado estarás más acostumbrada a ver fotos de chicas preciosas, con supuestas vidas perfectas. Pero la perfección no existe, solo existe la realidad. Y aún sabiéndolo seguimos con nuestros ideales. Porque esta influencia nos lava el cerebro, nos condiciona, nos crea complejo de gordas.

Puede que no sea solo eso, también influye tu entorno. Quiero decir, seguro que en tu clase o curso hay una, dos, tres o veinte chicas bastante delgadas y guapas que en tu cabeza se ven mucho mejor que tú. Y como siempre, esas suelen ser las populares y te hacen sentir menos.

Capítulo 3. Eres tú.

( 12:00 )

A lo mejor ni siquiera estás gorda. A lo mejor estás normal. A lo mejor es un problema de salud (de la tiroides). ¿Y qué? Cada uno es como es y por mucho que en nuestra sociedad y sobre todo en las chicas haya una gran presión con respecto al físico, déjame que te diga una cosa, o mejor, que te plantee unas preguntas: ¿Va a cambiar tu personalidad tu físico? De verdad, piénsalo, ¿pesando 3 kilos menos vas a ser mejor persona? Yo creo que no.

Esto deriva en la opinión de los demás, y ya lo sé, duele, créeme que lo sé.

Capítulo 4. Los demás.

( 12:30)

Son muchas las veces que nos lo dicen: “No dejes que te hagan daño con insultos o comentarios”, “no hagas caso a la gente que te quiere hacer daño”. Vale, todo esto queda muy bonito así dicho pero no es tan fácil y lo sabes. No es fácil ignorar un comentario del estilo: “Esa es una gorda” o “bueno, esa no es delgada precisamente…”. Directa o indirectamente esto hace daño y más si tu ya estás mal contigo misma.

Que a los ocho años un chico te diga que no quiere salir contigo duele. No porque no quiera salir contigo ya que eso es lo de menos, seamos realistas, ¡8 años! El problema está en que te haya dicho: “¡No, gorda!”. Realmente eso es lo que duele.

Que durante 9 años te sientas mal por ser la más gorda de tu clase duele.

Que la niña que te tiene asco en clase te decida hacerte daño llamándote gorda duele.

Que cuando empiezas a interesarte por la ropa como buena chica de 13 años te des cuenta de que usas una o dos tallas mas de pantalón que tus amigas duele.

Que haya muchas prendas que te gusten pero no te queden bien por tu cuerpo duele.

Que te mires al espejo y te des asco duele.

Que te sientas mal cada vez que comes algo duele.

Que te sientas culpable duele.

Que te pienses que eres menos por ser así (cuando en verdad es mentira) duele.

Y yo lo sé, en serio, se que duele, pero te pido por favor que no te fijes en eso. Seguro que en algún momento esto te ha hecho caer, igual te has levantado y ahora deambulas sin rumbo por ahí, perdida o igual te has quedado en el suelo, incapaz de moverte. En cualquier caso te pido lo mismo: levántate, ponte de pié, no te dejes tirar, sigue adelante, camina firme, crea un aura de seguridad a tu alrededor, y nunca dejes de creer en ti.

Capítulo 5. Soluciones.

( 13:15)

No estás sola en esto, no creas que lo puedes arreglar tu sola porque, seguramente no puedas con lo dañada que estas, con el dolor que te guardas.

Pensarás que es lo más sensato pero no. Yo también lo pensé en su momento y me alegro de haber dejado esa locura. No dejes de comer o no hagas muchísimo deporte y luego no comas nada pensando que cualquiera de las opciones es la más correcta. No es esa la solución. Existe un equilibrio.

No comer será peor, es malo para la salud de cualquier humano. Lo más importante es tu salud, no que parezcas un palo de escoba. Si de verdad te preocupa, ve a un médico, a un especialista, alguien que sabe perfectamente lo que debes hacer y que te va a ayudar. No te obsesiones con el peso, al final es solo un número y recuerda siempre que el músculo pesa más que la grasa.

No te hagas daño, no merece la pena. No merece la pena dañar tu salud. No merece la pena dejar que ganen esas personas que te hicieron daño. No merece la pena dejarte llevar por los ideales sociales. No merece la pena. No merece la pena que dejes de comer.

Capítulo 6. La hora de comer.

(14:00 )

Se acerca la hora de comer y te voy a pedir por favor que te comas la comida, no la tires. No te pido que te comas tres hamburguesas, te pido que no tires el pescado o las verduras. Son necesarios para crecer y estar sano, te proporcionan la energía necesaria para tu cuerpo y para saber esto no hace falta tener una carrera en nutrición. Comer bien y a la vez sano no es difícil y lo puedes hacer. Yo sé que tu puedes.

Quiero que vayas a la mesa, te sientes y comas. Y tú también tienes que quererlo. Y yo se que en lo más profundo de ti quieres. Entones, ¿a qué esperas? Hazlo, y hazlo por ti.

Capítulo 7. Quererte.

(17:15)

Pues sí que se ha hecho tarde, yo solo espero que hayas comprendido lo que te he querido transmitir. Lo hago porque yo me he sentido así y creo que nadie debería hacerlo. Debes quererte. Quererte por quién eres. Quererte por lo que haces y por lo que no haces. Y todo sin importar la opinión de los demás.
Aprende a ser feliz sin importar lo demás, porque para ser feliz no te hace falta ser un palo de escoba, te lo digo de verdad.

Ama por lo que hay dentro y no por lo que hay fuera

Fin

 

 

domingo, febrero 12th, 2017

Los niños de la última guerra

Los niños que vivieron su infancia tras la Guerra Civil descubrieron rápidamente el valor de un juguete, un libro o unos zapatos nuevos. Conocieron las cartillas de racionamiento, el frío y la carencia de libertad, pero supieron dar lo mejor de sí mismos cuando España estrenó la democracia.

Hoy en día, casi todos esos niños de la posguerra, son los abuelos de las víctimas de un nuevo conflicto, silencioso, casi invisible, que está desmontando su futuro a golpe de capitalismo salvaje y crecimiento insostenible. Pero, al contrario que sus abuelos, esta nueva generación está creciendo entre algodones, protegidos y consentidos, alejados de cualquier frustración que les pueda traumatizar, educados como consumidores compulsivos y vecinos de unas ciudades convertidas en parque temáticos de pantallas planas deslumbrantes.

Cada mañana son depositados en los colegios, donde el gobierno de turno les ha obsequiado con un ley educativa repleta de contenidos y ocurrencias. Por si fuera poco, ahora los queremos bilingües (haciendo que otras materias como las ciencias se evalúen en lengua comanche –Flor tener estas partes- con exámenes tipo test dignos de una reposición de Un, Dos, Tres) y que pasen las tardes con extraescolares, por aquello de estar más preparados (y aparcados). Pero, eso sí, no queremos que sufran… Un suspenso es un conflicto, una incidencia en clase un fracaso del profesor, una camiseta de Chulanaldo no comprada es un síntoma de mala paternidad o un límite puesto en casa es una señal de autoritarismo.

Los profesores estamos asistiendo con estupefacción al
crecimiento de estos niños de la nueva posguerra económica y nos hacemos cruces pensando en su futuro, donde la precariedad laboral y la explotación les aguardan. Por eso he llegado a la conclusión que dentro de unos años no triunfarán los grandes estudiantes que han vivido en una urna antibalas donde conviven con su expediente inmaculado. No. Los que van a labrarse un proyecto de vida son los que están peleando cada día, levantándose ante una mala nota, los que perciben las dificultades y los reveses como oportunidades, los valientes que dan un paso al frente para arriesgarse, los que deciden pasar un verano en el extranjero porque saben que una flower no es más que un flor que no miras por el microscopio.

Así que menos contenidos y más inteligencia emocional. ¿Qué te han castigado? Algo habrás hecho. ¿Qué te han suspendido? Pues trabaja más. ¿Qué el entrenador pasa de tu culo? Ya sabes, toca entrenar más fuerte. ¿Qué todos tus amigos llevan zapatillas Nique-Fuerandepieldelince? Pues la de Alcampo tienen unos lo colores de lo más fashion.

Por cierto, mañana tengo examen de matemáticas con terribles ecuaciones y barbaridades algebraicas. Luchad, cachorrillos, luchad… Ojalá alguno suspenda y, mirándome con cara de odio, me suelte eso de: el próximo te lo apruebo por mis huevos.

 

viernes, noviembre 18th, 2016

Alimentando patos

 

Don Alejandro se levantaba cada mañana muy despacio. Se aseaba y tomaba un café caliente con magdalenas. Luego cogía la media barra de pan duro del día anterior y lo desmigaba en una bolsa de plástico. Se abrigaba muy bien y salía a la calle en dirección al parque. Al llegar al estanque se sentaba en un banco que había en la orilla. Los patos rápidamente se percataban de su presencia y acudían a su encuentro. Don Alejandro abría la bolsa y comenzaba su habitual reparto de pan entre sus anátidos. Los más avispados se llevaban la mejor parte, pero los más pequeños se buscaban la vida para asomar sus cuellos entre los corpachones de los otros, logrando así ser más fuertes cada día. Cuando el pan se agotaba los patos se alejaban muy contentos a nadar.

Años más tarde, Jandro, hijo de don Alejandro quiso continuar con la tradición familiar. Para empezar, el pan desmigado debía comprarlo en un establecimiento autorizado por sanidad, pero ningún gasto era lo bastante gravoso como para impedirle seguir con la labor de su padre.

patos-comiendo

Al llegar al estanque la mayoría de los patos le ignoran. Alguno se acerca despacio, con la seguridad de que no tendrá mucha competencia. Jandro no se rinde y se sumerge en el estanque. Con el agua a la cintura nuestro héroe persigue a los patos bolsa en mano. A uno de ellos le canta la canción de “todos los patitos se fueron a bañar”. A otro, que se está quedando en los huesos, lo agarra por el pescuezo y le mete el pan como si fuera a hacer paté. Al tercero, que nada a toda velocidad, lo tiene que interceptar adaptándose a su trastorno, nadando más veloz que una planeadora del Estrecho. Mientas mamá pata le va graznando en la oreja que a su patito no le están motivando para acudir a la orilla. Papá pato le echa en cara que el pan lleve gluten. Un cuidador del parque le advierte que más de quince minutos en el agua equivale a un baño y que eso está prohibido. Una carpa que pasaba por allí opina sin venir a cuento y le da algún mordisquito por si la carne de Jandro fuera comestible. Al fondo dos patos se pelean por un trozo de pizza, que alguien tiró en un botellón del parque, mientras Jandro les ofrece su pequeña miga de pan.

Total. Jandro sale del agua, con heridas de carpa, oliendo a pato, cubierto de barro y plumas, y sacando el monedero por haberse bañado sin permiso de la autoridad. Entonces recuerda a su padre y se promete a sí mismo no rendirse.

Porque si no fuera por su vocación de alimentador de patos se iba a meter en el estanque el señor padre del concejal de parques y jardines.