Archivo para Noviembre 2011

¿No sabes leer?

 

¿No sabes leer?

 

Cuenta Franciso Albarello en su libro “Leer/Navegar en internet” que los cambios en los hábitos de lectura que ha provocado la aparición de internet es similar a los ocurridos en la Edad Media cuando la lectura intensiva que hacía el monje se transformó en una lectura extensiva, es decir, ”de leer pocos libros muchas veces se pasó a leer muchos libros en forma superficial, fragmentada, hasta irrespetuosa e irreverente“. Hoy en día mantenemos la lectura intensiva en el formato papel o ebook, pero hemos adoptado la lectura extensiva a los textos que encontramos en nuestra navegación por internet.

Nuestros jóvenes han nacido con la pantalla del ordenador junto a la cabecera de la cama y han aprendido a seleccionar sólo la información relevante, arrinconando el resto de detalles. También su escucha se ha hecho más selectiva, provocando que un profesor tenga que convertirse en un encantador de serpientes mediante el uso de melodías agradables capaces de atrapar a su diversidad de ofidios y así transmitirles la verdadera esencia de la materia. Digamos que si el envase es agradable es posible que lo abran.

Para ilustrar este problema vamos a asomarnos a la ventana de un aula de secundaria instantes antes de un examen: -Buenos días. Julito, reparte los exámenes, por favor. -Profesor. ¿Hay que sacar hoja de examen? -Claro, esto no es un simulacro -Anita levanta la mano con cara de pánico-. Dime Anita… -¿Se puede usar lápiz? -Ya sabes que no… A ver, Borjita, ¿qué quieres? -¿Puedo usar una hoja del cuaderno? -Acabo de decir que… ¡Anita! ¿A dónde vas? -A sacar punta al lápiz. -Pero, vamos a ver, criatura -el profesor empieza a enrojecer-, ¿no te ha quedado claro que no puedes usar lápiz? -Sí, pero luego lo borro. -¿Cómo vas a borrarlo? Quedaría muy sucio. Os lo he explicado muchas veces… -Profesor… -¿Qué quieres, Ricardito? -¿La presentación cuenta? -¡¡Pues claro!! Ya lo conté el primer día y… -¿Y si tengo cuidado? -Anita vuelve a la carga. -¡¡¡Nooo!!! -Hoy viene de mala hostia -susurra Laurita a Martita. -Bueno, si alguno todavía tiene alguna duda sensata, las instrucciones están en la cabecera del examen, así que… -Profesor -interviene Luisito-. Yo no tengo hoja de examen. -Pues pídesela a alguien, niño -los ojos del profesor empiezan a inyectarse en sangre-, no es tan difícil. -Es que nadie me la deja… -¡Pues escribe en la mesa! -El alumno observa su pupitre con gravedad hasta darse cuenta que el profesor no habla en serio. Afortunadamente Anita le pasa una hoja algo arrugada, pero reglamentaria. -Bueno… -Una gota de sudor resbala sobre el rostro iracundo del pobre docente-. Pues si no hay más dudas, comenzamos. El examen termina a las once y media. No se admiten preguntas, porque todo está muy claro y he puesto un párrafo con todas las normas del examen -Laurita levanta una mano mientras masca un chicle tranquilamente. El profesor le lanza una mirada asesina. Se masca la tragedia-. Diiimeee… -¿Se puede usar rojo? -Pero, ¿no sabes leer? -¡Ah! ¿Lo pone aquí? -¡¡¡Pues claro que lo pone ahí!!! Bueno… -Traga saliva-. Silencio y a trabajar -se levanta otra mano-. ¡He dicho que no hay preguntas! -No, si sólo quería saber si podría responder en desorden. -¡Hazlo como te salga del boli! -¿Ves tía? Hoy viene cabreado.

En mi último examen de matemáticas en 2º de ESO hice un curioso experimento. Coloqué entre las instrucciones del mismo una “frase tesoro” que decía: si has leído estas instrucciones, tienes premio. Dibuja una carita sonriente en la respuesta a la pregunta 1 y te subiré un punto extra. ¡No es broma! ¡Hazlo! Se trataba de comprobar si mis alumnos eran capaces de leer las normas antes de empezar a responder a las preguntas. ¿Qué paso? Pues sólo un 54% del total colocaron la carita en el lugar acertado, mientras que el 7% lo hizo donde quiso -literalmente- y el 39% restante ni siquiera leyó las instrucciones. Al día siguiente les expliqué el experimento y los que no dibujaron la carita me dieron excusas como “No pensé que fuera en serio”, “¡Ah! Pero, ¿había que leer el párrafo ese?” o “Esta vez se me ha pasado pero, ¿vas a repetirlo en el próximo examen?”.

Ya me imagino lo que pasaría si incorporara esto de forma habitual a todos los exámenes: “¿La carita se puede hacer a lápiz?”, “¿Te baja si la dibujas mal?”, “Si dibujo dos caritas, ¿cuenta más?” o “¿La puedo pintar de colores?”.

Como decía santa Teresa de Jesús: patientia prima virtus est.

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El valor de los profesores

 

El valor de los profesores

 

 (Reflexión de Claya Ayala Mora, 17 años, estudiante de bachillerato)

¿Sabías que La mayoría de los pintalabios contienen escamas de pescado?

¿Sabías que desde hace dos años se ha estado desarrollando una revolución en Islandia, donde se hizo dimitir a un gobierno al completo y a través de una asamblea popular se reescribió su constitución? Y todo ello de forma pacífica, y, sin embargo, probablemente no lo sabías.

En efecto, la mayoría de las personas no sabemos todas estas cosas, ni muchas otras. Es cierto que hoy en día, los medios de comunicación sesgan la información hasta tal punto que nunca podremos tener certeza de lo que realmente pasa en el mundo, sin embargo, sí que podremos hacernos una idea mucho más cercana si tenemos cierto nivel de cultura.

Y la manera más práctica y sencilla que nosotros tenemos para adquirir dicho nivel de cultura no está en los telediarios, en los periódicos… ni siquiera en la biblioteca. Está mucho más cerca, en frente tuyo: en los profesores. Sí, los profesores, a los que muchas veces llegamos a considerar incluso nuestros “enemigos”, sin darnos cuenta de que nos ofrecen una oportunidad que aún no todo el mundo tiene.

En la sociedad actual muchas veces no se valora a los profesores, olvidando que la enseñanza crea las nuevas generaciones, la educación perfila nuestro carácter y nos hace ser como somos. Por ejemplo, un niño sensibilizado desde pequeño con el gran problema que supone el racismo respetará a todo el mundo durante toda su vida. Y esta función de educar, no solo en conocimientos, sino también en valores, lo tienen, muchas veces con mayor calado que los padres, los profesores.

En cambio, cada vez es más difícil adquirir un puesto como docente, y cada vez hay más trabas para ejercer esta profesión. Escasa valoración social. Violencia. Hostilidad. Nuevas modas sociales que rechazan el conocimiento por el consumo de ocio. Además, cambian las leyes continuamente y, probablemente en un futuro no muy lejano, no todo el mundo se podrá permitir una educación de calidad en España.

No obstante, nunca es tarde. No es tarde para aprovechar la valiosa oportunidad que tenemos de escuchar –escuchar y no oír- a los profesores y renovarnos cada día. De avanzar, curso tras curso, más sabios, más libres, y, lo más importante, mejorando como personas. Todo ello porque alguien nos aconsejó, nos recomendó un libro, nos dijo aquella frase, o simplemente nos supo parar a tiempo.

No nos damos cuenta de que la educación es la tinta con la que escribiremos nuestro futuro, el motor que nos impulsará para lograr nuestros sueños.  Es hora de despertar y ser conscientes de que, queramos o no, los profesores tienen un importante papel en nuestra vida, y de que la enseñanza de calidad es de todos y para todos. De la misma manera, todos tenernos derecho a ser libres, y, si no queremos ser manipulados, debemos ejercer este derecho. El derecho de saber y conocer. El deber de ser quien somos y no quién quieren que seamos. El sueño de lograr la libertad a través de la educación que hoy, aquí y ahora, nos ofrecen nuestros profesores.

Claya Ayala Mora

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