Blog de Antonio Javier Roldán sobre adolescencia y educación

El esquema


Sábado, junio 15th, 2013

El esquema

Mi colegio nacional fue inaugurado por el Generalísimo, ese señor que hacía de rey sin ser padre del príncipe, lo cual explicaba, para un niño como yo, el que uno fuera agarbanzado y el otro esbelto. El caso es que entrabas en el cole por la mañana y te topabas con una gran placa que dejaba las cosas claras: ¡ojo! Que aquí ha pisado el Caudillo que lo es por la gracia de Dios. Digamos que uno comenzaba el día ya algo acojonado por el atrezzo. Si a eso le añadías que algunos profesores todavía estaban llorando otros tiempos, y tenían la mano algo suelta, era de esperar que el alumno sintiera un respeto hacia el profesor basado en el miedo. Por supuesto, tuve algunos profesores que se ganaron mi respeto desde el afecto, pero creo que me bastaría una mano para contarlos.

El caso es que de vez en cuando el director del cole hacía una visita por las clases y era inevitable el que el corazón se te pusiera a cien por hora. ¡El gran jefe! ¡El eslabón entre los profes y Franco! ¡El puto amo! Casi no recuerdo su cara, pero sí su traje, porque no me atrevía a mirarle, no fuera a preguntarme la lección y me quedara en blanco. Puedo prometer que ese respetable señor nunca me levantó la voz ni nos castigó, pero esa frase de “te voy a llevar a dirección” era algo que imponía mucho por entonces. ¡Qué cosas! -diría un adolescente en la actualidad.

Cuando dejé la EGB y me fui a cursar el bachillerato a un centro “más democrático” se nos presentó  el director, Don Gregorio, para darnos la bienvenida. Tenía un rostro de mirada severa, voz profunda, y… ¡un traje idéntico al del otro director! Pensé: ¿usarán uniforme? El caso es que, en segundo de bachillerato, me tocó como profesor de literatura y recuerdo que el primer día yo notaba que mis recuerdos infantiles regresaban en plena adolescencia. ¿Un director dando clase? Esto debe ser una irregularidad de este colegio o que les faltan profesores.

Según pasaban los primeros días, me pareció un señor muy serio y correcto, además de ameno. El caso es que un día anuncia el primer examen y comienzan los retortijones. Todos nos miramos aterrorizados. Me puse a estudiar con ahínco ante la perspectiva de mi debut en un examen ante un director. La chaqueta… La chaqueeeeta. No recuerdo como comenzó la conversación, pero hablando con una alumna del curso posterior, que era hermana de un compañero, nos confesó un secreto, un clavo ardiendo al que agarrarme para no caer al abismo que se abría bajo mis pies: Al Goyo le encantan los esquemas. Le pirran los esquemas. ¿Esquemas? Vale, cierto que había hecho algunos como actividad pero, ¿un esquema en un examen? Como sea una novatada de esta piba estoy listo.

Llega el día del examen. Sudor frío. Dicta las preguntas. Son de desarrollo. Con mi peculiar caligrafía voy a acabar en el Santo Oficio, eso sin contar las presumibles faltas de ortografía. Piensa Antonio, piensa. Le pirran los esquemas. Le pirran los esquemas. Bueno, from lost to the river. Por probar… Así que, en una decisión suicida, perpetro un esquema a dos colores, tirando a la basura casi quince minutos de examen y dejando el resto de la hora para desarrollar algunas ideas básicas. Recuerdo que salí al recreo con la sensación de haber cometido una infracción disciplinaria. Le has vacilado a un director, Antonio. Cuando vea el esquema va a pensar que le estás tomando el pelo y, encima, ¡está calvo! La chaqueta. La chaqueeeeeeta.

Chaqueta

Pasan unos días y, tras comprobar que no soy llamado a su despacho, me voy tranquilizando. Pero un viernes, cuando todos pensábamos que nos íbamos de rositas a disfrutar del fin de semana, don Gregorio, el director, se planta en mitad de la clase con el taco de exámenes en la mano. Califica nuestras notas de pésimas y nuestra redacción de pueril e insustancial. Los epítetos siguieron durante diez largos minutos. Bueno Antonio, el bosque tapa los árboles y ante tal desastre general mi esquema habrá pasado desapercibido. Pero me equivoqué. El director, comenzó a mostrar cada examen cual montera en brindis. Este está demasiado sucio… Este, excesiva paja… Este, simplemente ilegible… Y entonces, para mi horror, llega el turno de mi examen. Bueno, Antoñito. Hasta aquí ha llegado tu crédito literario. Estás muerto.

Don Gregorio lo coge, con el mismo garbo que un ilusionista saca un conejo de la chistera. Se queda en silencio. La tensión se apodera de la clase. Yo pienso: tendré que pedir hora al psicólogo del cole después de lo que viene ahora. Este examen -dice-. Este examen -repite, mientras voy mutando en babosa para ganar tiempo-. ¡Roldán! -levanto la mano resignado y dejo visible el cuello para el golpe del hacha-. Muy bien. Así tienen que ser los exámenes. No hay mejor manera de exponer un tema que introducirnos en su desarrollo a través de un esquema. Tomad nota. Para mi asombro veo como mi examen comienza a circular de mano en mano y todos observan mi obra magna. ¡No puede ser! ¡Milagro!

Rápidamente abandono el estado de babosa y me reencarno en un león, de cero a cien en un segundo. Mi desgarbada autoestima adolescente comienza a desperezarse, se peina y se pone sus mejores galas: ¡Coño! ¿Dónde es la fiesta? ¡Ya era hora, Antonio! Que me tenías muy pisoteada.

Sólo recuerdo esos minutos de un curso entero de literatura, pero quizás fue uno de los pocos momentos gloriosos que viví en el bachillerato. A raíz de aquella experiencia, me convertí en un superhéroe: EsquemaMan. Los ponía en todos los exámenes, incluso estuve tentado de incluirlos en matemáticas o educación física, pero no lo logré. Desde entonces, y hasta ahora, no hay proyecto, libro, trabajo o idea, que antes no esquematice como paso previo a su desarrollo.

Aquel momento feliz también me ha servido en mi trabajo como profesor. Estos días estoy preparando la última observación del curso, la que acompaña las notas de cada alumno antes del verano. Siempre procuro que ese comentario final sea una dedicatoria personal, donde destacar alguna virtud de la persona, su punto fuerte, lo que le distingue del resto del grupo. Sé que a lo mejor ese comentario positivo puede animarle a bailar un rock con su maltrecha autoestima, o simplemente pensará que a su profe se le va la pinza con el veranillo y los calores, pero no me importa. ¿Sabéis por qué? Porque sólo ganan los que se arriesgan en la ruleta de la vida, abriendo nuevos caminos y dejando atrás los miedos.

La chaqueta, la chaqueeeeta…

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