Blog de Antonio Javier Roldán sobre adolescencia y educación

La Pavoteca


Sábado, octubre 11th, 2014

Cuestión de confianza

 

Hace unos días cumplí veinte años en la enseñanza…

En ese período me ha dado tiempo a  sobrevivir a la politización de la enseñanza (seis leyes educativas distintas), a soportar el desprestigio de una profesión que aboga por los límites y el esfuerzo en una sociedad acomodada, o a adaptarme a las nuevas tecnologías para que mis clases resultaran atractivas para un grupo de nativos digitales. También he podido disfrutar de la energía vital y alegría de los más jóvenes que hacen que cada día me levante motivado por coger el metro y acudir a mi colegio (Síndrome de Estocolmo, lo llaman los expertos).

Hace treinta años, cuando yo estaba al otro lado de la barrera, recuerdo admirar a mis profesores, odiar a algunos e incluso percibir el cariño de unos pocos. Cierto es que a mi llegada al bachillerato sí pude disfrutar de más cercanía, pero en mi educación primaria hubo más autoridad y miedo que respeto.

Hoy en día mis estudios de matemáticas suponen sólo una ínfima parte de la formación que necesito para ejercer mi labor. Ahora soy “moderador educativo en el aprendizaje cooperativo orientado a las competencias básicas“. Casi nada… Eso incluye conocimientos en psicología aplicada, redes sociales, motivación, dinámica de grupos, ordenadores y proyectores, gestión de recursos, ofimática, orientación familiar y “coaching”. Y, claro, a veces te miras al espejo y te preguntas si todo eso sirve para algo, si no estaremos engañando a los alumnos con un mundo ideal en el que las oportunidades  están ahí para el que las quiera pelear, y si algún día ell@s disfrutaran de un buen futuro allá por Alemania o China.

Pues resulta que, a pesar del desprestigio de la enseñanza, en el último estudio sobre Jóvenes y Valores 2014 (http://adolescenciayjuventud.org/images/pdf/Jovenes-y-valores-1-ResumenEjecutivo.pdf) el sistema educativo español está a la cabeza en la lista de instituciones en las que nuestros jóvenes depositan su confianza, por delante de las ONG´s, Internet, las fuerzas armadas o los medios de comunicación. Entonces te dices a ti mismo: ¿A ver si va a resultar que no los estamos haciendo tan mal como nos hacen creer? Luego te fijas en las instituciones que cierran la lista y descubres que el vagón de cola lo ocupan el sistema financiero y la clase política. En ese momento te pones cómodo, evocas las leyes educativas, la falta de becas, la interesada I+D y la formación basada en la productividad, y te tomas algo a la salud de los jóvenes que respondieron a la encuesta. ¡Va por vosotros, mis pavitos!

Es una de esas escasas ocasiones en los que un profesor recibe una paga extra muy superior a la que nos quitaron con la crisis. Porque, con la que está cayendo en esta cueva de ladrones, es muy meritorio que la maltratada enseñanza sea todavía una referencia para los más jóvenes. También nosotros confiamos en ellos, pero eso no se lo digo, que se crecen…

 



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Miércoles, junio 25th, 2014

La despedida

 

El aula se ha quedado vacía. Al fondo, sujeto al corcho con una chincheta superviviente, cuelga un calendario que promociona una editorial. Son tiempos difíciles para publicar libros de texto que caducan cada cuatro años. A la derecha del calendario, una lista de cumpleaños en la que nunca había reparado, haciéndome recordar cuantas felicitaciones se me habrán pasado en esa clase. Colgado bajo el panel, una bolsa con materiales de plástica que debió pertenecer al trabajo perpetrado por un grupo de difícil convivencia, como delatan los extraños trazos de una hoja acuarelada por inquietantes manchas rojas, dignas de un escenario del CSI.

 

La mujer de la limpieza se acerca por el pasillo cuando cierro la puerta. Ella sí que podría hacer un análisis de cada grupo que nos sorprendería a los tutores. Sabe que esta es la última limpieza rutinaria antes de la general para el curso siguiente. A menudo se queja de los malos modales de los alumnos, de la falta de cuidado de las instalaciones o que la papelera sea el rincón más limpio de la clase. Me mira con la complicidad de quien ha vivido muchos meses de junio. También a ella le inquieta el silencio.

 

Según camino por el pasillo, contemplo el patio desértico, en el que la silueta azul del encargado de mantenimiento destaca junto a la puerta de metal. Por fin podrá repintarla para cubrir los graffitis. ¡Menudo año! Ya ni se acordará de las veces que ha tenido que subir con el cubo y la brocha al atardecer. Lo peor de todo habrá sido aguantar todo el curso la chufla de algunos alumnos que ya planeaban la siguiente pintada antes de que terminara de adecentar la puerta.

 

Al fondo del patio, en una esquina, emboscado tras un árbol, observo la figura de un niño frente a la pared. Es extraño. Todos están ya fuera, disfrutando de la piscina, haciendo las maletas o lamentándose camino de casa por haber dejado todo para última hora. Decido bajar a ver, porque sé que son días difíciles para los que no tienen nada que celebrar. Mis pisadas en la arena parece que no le hacen percatarse de que tiene visita. Está ensimismado escribiendo algo sobre el muro. Genial, la pintada de despedida. ¿Quién me mandaría a mí meterme en líos justo un día como hoy?

001

 

El último niño del curso va vestido de rojo, con una casaca con bordados dorados, como si fuera algún tipo de uniforme. No parece del colegio, así que abandono la delicadeza inicial para conectar el modo policía. Él se vuelve y me mira tranquilamente. Para mí que me conoce. Sus ojos negros me miran con curiosidad, como si estuviera calibrando en mi rostro la gravedad de lo que está haciendo, un corazón en la pared dibujado con tizas de colores. Un haz en forma de arco iris lo atraviesa, como lo hacen las flechas de los enamorados.

 

Estiro mi brazo para sujetar el suyo pero, antes de que pueda asirle por la manga, él deposita una tiza roja en mi mano. No me dice nada, pero parece desear que le ayude a rellenar el corazón que surge en el cemento de la pared. Observó a mi alrededor, por si alguien me viera siendo cómplice de la trastada,  y me decido a echarle una mano.

 

Los minutos van pasando y la tiza se va consumiendo. Empiezo a creer que el polvo se lo está llevando el viento. Cuando mis dedos arañan ya el corazón, veo complacido que mi trabajo ha terminado. A su izquierda, el arco iris brilla entre las sombras de las hojas de los árboles.

 

El niño se aleja en dirección al portón, donde los graffitis van despareciendo entre disolvente y sudor, mientras que yo me quedo contemplando lo que ha sido mi despedida por este curso.

 

Ya nunca podré decir que no hay corazones de tiza en las paredes del patio.

2CBC

(Publicado el 17 de jun de 2007 en “Corazones de tiza en las paredes del patio”)



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Domingo, mayo 18th, 2014

Esta poesía es una aportación de Silvia Tinajero, alumna de 2º de Bachillerato del Colegio Ntra. Sra. del Buen Consejo. ¡Muchas gracias!

 

Dicen que su tristeza tiene un poder especial,

curativo;

que sus lágrimas son de fénix

y pueden curar cien almas quebradas

sin apenas rozarlas. 

Dicen que sueña en grande,

en gigante,

pájaros en su cabeza aleteando en libertad

enjaulada,

encadenada a la realidad;

pero basta su vuelo elegante. 

Dicen que su belleza es deslumbrante,

comparable únicamente al intenso azul

que adorna el cielo de sus ojos

incluso bajo vientos tormentosos. 

Y digo yo, ¿su sonrisa, entonces?

¿Qué es, sino felicidad encarnada?

Guardiana de la inocencia misma

que concede vida sin reparos. 

Bendita inocencia.

Silvia Tinajero Regueiro

@Shelovesthefire

todaunavidaenmetamorfosis.blogspot.com




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Sábado, abril 26th, 2014

El barco Pirata

La adolescencia… Esa etapa en la que te levantas cada mañana mirando el espejo con ansiedad, intentando adivinar cuál será esta vez la mutación física que provocará tu espanto. ¿Por qué no podemos cambiar de una noche para otra? Te ahorrarías los granos y los sobresaltos, reflexionaba yo a mis quince años. Las chicas al menos tienen su reconocimiento por ser mujer cuando llega la regla, pero ¿y a nosotros quién nos celebra? Además, esto de la adolescencia no lo puedes hablar con nadie. ¿Los adultos? Resulta que ya no eran perfectos y que tenían defectos. ¿Los amigos? Están todavía más gilipollas que yo. Nada, que esto lo tiene que pasar uno bastante solo. Si al menos tuviera un hermano mayor…

Según escribo estas líneas estoy escuchando un disco en directo de Iron Maiden, un grupo de heavy metal que conocí en los ochenta. Siempre cuento que el rock me atrapó por sus letras, pero también por su inconformismo. La música comercial de las radiofórmulas, tan producida y dirigida al éxito efímero, me parecía una forma de seguir el anzuelo tendido por los adultos, aquel colectivo al que estaba condenado a incorporarme en contra de mi voluntad. El rock, sin embargo, era rebelde, barroco en sus melodías y brutal en su imagen. Para colmo ¡molestaba a las mentes “bienpensantes”!

Fue en ese contexto donde encontré “un hermano mayor”. Se llamaba Juan Pablo, pero era conocido en la radio como “El Pirata”. Realizaba su emisión de heavy metal de lunes a viernes, desde la cadena de los obispos, lo que le daba cierto morbo añadido. Te pasabas el día entero aguantando a los profesores, estudiando, enamorándote sin éxito, peleándote con tu cuerpo, intentando comprender el mundo y al llegar la noche se producía el reencuentro con tu alma, con la esencia que latía bajo tus preocupaciones en esa puerta previa al descanso tras la dura jornada, y allí  “El Pirata” te daba una palmadita en la espalda cuando la ciudad se iba a dormir. Y tú, con tu walkman encendido, penetrabas en el mundo de los sueños escuchando a Scorpions, Barón Rojo o Bon Jovi, en aquella vigilia en la que ella sí te hacía caso, los profesores mordían el polvo y tu movías tu inexistente melena al viento subido en un caballo con alas.

Pues resulta que, así a lo tonto, han pasado treinta años… Y ahora compruebas divertido qué hueso crujirá primero o si te ha brotado algun nueva cana, y sonríes al espejo diciéndote que ya estás en la segunda adolescencia, que tu cuerpo está cambiando como antaño, pero que esta vez no para convertirte en joven sanote y lozano. No. Esta nueva etapa es parecida a la de los quince, pero consiste en deshacer el camino.

Lo más sorprendete es que lo llevo bien, incluso con alegría, quizás porque con el paso de los años te das cuenta de lo difícil que es cumplirlos. No me puedo quejar. Así que desayuno, me voy a afeitarme y enciendo la radio para sintonizar a mi hermano mayor, “El Pirata”, que ahora madruga en vez de trasnochar, y me hace que me levante con energía y una sonrisa gracias a “la banda” que le acompaña. Y pensar que en otras emisoras sólo hay noticiarios, la mayoría oficiales de capital público o privado, en los que te cuentan eso de que España va bien, como un tiro hacia el milagro económico a ritmo desbocado.

Lo más curioso es que en los ochenta “El Pirata” me ayudaba a viajar al mundo de los sueños, pero ahora me acompaña a vivir mi sueño cumplido, levantarme cada día feliz junto a mi compañera de vida, e ir a trabajar con mis “pavitos”, que me regalan su energía y su cercanía haciendo que mi profesión sea más bien un “hobby pagado”. Sospecho que a Juan Pablo le pasa como a mí, que realmente acude a la radio a pasárselo bien y sacar unas perras para vivir.

Pero ese será nuestro secreto de familia, “hermano mayor”.



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Miércoles, febrero 19th, 2014

Entonces no sería divertido

Situación: frente a mi tutoría, chavales de 13 y 14 años, iniciando una sesión sobre el autocontrol propuesta por mi compañero Ramón, profesor de literatura y coordinador de convivencia (es decir, persona digna de ser beatificada).  La dinámica consistía en escenificar un par de páginas de la obra Romeo y Julieta de un pasaje en el que los criados de las dos familias rivales, Capuletos y Montescos, se meten en una pelea absurda que precisará la mediación del Príncipe. Así de entrada, le dices a tus pavitos que vamos a escenificar “Romeo y Julieta”: risitas, bromas, “¿con  beso?”… Nada de extrañar. Luego ven que el texto es para horario infantil (del antiguo, vamos) y se calman un poco los efluvios hormonales.

 

Sansón: Procedamos legalmente. Déjalos empezar a ellos.

Gregorio: Les haré una mueca al pasar, y veremos cómo lo toman.

Sansón: Veremos si se atreven. Yo me chuparé el dedo, y buena vergüenza será la suya si lo toleran.

Abraham: Hidalgo, ¿os estáis chupando el dedo porque nosotros pasarnos?

Sansón: Hidalgo, es verdad que me chupo el dedo.

Abraham: Hidalgo, ¿os chupáis el dedo porque nosotros pasamos?

Sansón. (A Gregorio): ¿Estamos dentro de la ley, diciendo que sí?

Gregorio (A Sansón): No, por cierto.

Sansón: Hidalgo, no me chupaba el dedo porque vosotros pasabais, pero la verdad es que me lo chupo.

Gregorio: ¿Queréis armar bronca, hidalgo?

Abraham: Ni por pienso, señor mío.

Sansón: Si queréis armarla, aquí estoy a vuestras órdenes. Mi amo es tan bueno como el vuestro. (y así sigue la cosa…)

Cuando terminamos la representación, muy atinada por parte de mis actores, surgió el debate sobre las situaciones de la vida real  que sacan de quicio a mis alumnos: injusticia, castigos, falta de escucha, exigencia… Luego me dijeron cómo se comportaban ante dichas situaciones y si emprendían un conflicto como hacen los personajes de la obra. En una de las intervenciones se nombró el mundo del deporte, así que decidí hacer un experimento. Saqué al “escenario” a un seguidor de Atlético, otro del Madrid y otra del Barcelona. Les dije: cada cual tiene un turno para defender las virtudes su equipo, unas cuatro intervenciones por minuto. ¿Preparados? ¡Adelante…!

“Iniesta es un enano calvo…”, “Sólo servís para hacer colchones…”, “Los madridistas tenéis ayuda de los árbitros…”, “No sois españoles…”, “Diego Costa sólo sirve para el teatro”, “Bale no vale…”. Fascinante. Era como una de esas tertulias futboleras de la madrugada o como uno de esos programas del corazón infartado (insisto, en horario infantil) en el que cada tertuliano le lanza escopetadas verbales a su oponente.

Claro, luego voy yo y me extraño de encontrarme a adolescentes insultando y menospreciando a aficionados y futbolistas a través de las redes sociales. En una edad en las que necesitan autoafirmarse qué mejor camino que sentirse parte de un colectivo poderoso que refuerce tu manera de actuar y opinar, dejando a un lado la primera persona del singular para adoptar la del plural: he suspendido el examen, pero hemos ganado la liga champiñones; Pascualita pasa de mi culo, pero el resto de la liga se rinde ante nosotros;  se ríen de mis granos, pero hemos humillado al rival en su campo… En estas circunstancias no es de extrañar que un simple partido de fútbol pueda afectar al estado de ánimo de más de uno…

Algunos adolescentes, con baja autoestima o poca asertividad, van más lejos y buscan el cobijo de grupos e ideologías extremistas, haciendo suyos credos negacionalistas, repitiendo consignas aprendidas o, lo que es más grave, haciendo de la intolerancia un valor que les diferencie del resto. De esa manera encuentran con facilidad pretextos para meterse en su caparazón y descalificar a todos los iguales que han dejado de serlo por su ideología, raza o pertenencia a una determinada comunidad. Saben que el caparazón es fuerte y les protege de peligros, sin darse cuenta de la oscuridad y el aislamiento que les está produciendo.

Así que, cuando vi el panorama, detuve un instante el debate futbolístico e hice la pregunta que cualquier adulto haría: ¿Por qué vuestros argumentos consisten en faltar al contrario y no en defender a vuestro equipo? Otro de los alumnos, que permanecía como yo atento a la discusión, dijo: profe, es que entonces no sería divertido.

Ahí le has dado, pensé. La agresividad como pasatiempo. Inmediatamente descubrí que William Shakespeare había dado en el clavo:

 

Príncipe: ¡Rebeldes, enemigos de la paz, derramadores de sangre humana! ¿No queréis oír? Humanas fieras que apagáis en la fuente sangrienta de vuestras venas el ardor de vuestras iras, arrojad en seguida a tierra las armas fratricidas, y escuchad mi sentencia. Tres veces, por vanas quimeras y fútiles motivos, habéis ensangrentado las calles de Verona, haciendo a sus habitantes, aun los más graves e ilustres, empuñar las enmohecidas alabardas, y cargar con el hierro sus manos envejecidas por la paz.

 

Y aquí termina este acto de tutoría…

La semana que viene me tocará hablar de la brújula social (https://dl.dropboxusercontent.com/u/108538025/Web/Brujula.pdf), es decir, las habilidades necesarias para convivir y ser aceptado. Espero ser un buen árbitro en este partido que me tocará vigilar en un terreno de juego algo embarrado por el mal ejemplo que estamos dando a los más jóvenes.



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Martes, enero 7th, 2014

Las pinturas de Kondoa

Cuando la tierra y el cielo se separaron, el dios se dio cuenta de que el pasto para sus animales había quedado en la tierra, por lo que eligió a los masais para que los cuidaran en su nombre. Por eso los masais son los dueños de todos los rebaños de África y gozan de la protección directa de Ngai a través de esos espíritus que les acompañan hasta el día de su muerte. Aquella noche Tumake percibe el regreso del guardián más poderoso, el león blanco, el hijo del Sol, que camina por Kondoa como el más preciado regalo que nadie pudiera recibir. Todo el campo ha enmudecido esta noche, como lo hizo en otra época según le contaron sus abuelos, los anteriores laibones. Hay una mujer joven, en cuyo pelo dorado se refleja el rey del cielo, pero cuya piel es la imagen de la luna. Ella también goza del favor de Yemojá, la madre de todas las mujeres, la diosa de las aguas, que vela por su destino.

Descarga gratuita en:

http://www.antoniojroldan.es/Zahra.htm


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Martes, diciembre 31st, 2013

Un año más en el CBC

Recopilación de los montajes fotográficos del CBC en este año 2013.


Lunes, diciembre 16th, 2013

Las magdalenas de la abuela

Cuando miras a tu alrededor y contemplas la pobreza económica de la mayoría de los niños de nuestro mundo y el declive de la imaginación en la aldea global, te sientes culpable por recordar que fuiste un niño feliz. No me importó no cumplir algunos deseos materiales (el Scalextric me llegó con más de veinte años de retraso pero con veinte veces más emoción), porque encontré muchos tesoros ocultos que fueron todavía más preciados que los sueños que perseguía. Mis padres ejercieron como tales, sumergiéndome en la piscina de la vida con unos límites claros y acompañándome con paciencia en mi adolescencia. El sacrificio de mi madre, quedándose en casa, renunciando a una profesión (hubiera sido una excelente maestra), sirvió para que siempre hubiera una referencia en nuestro hogar. Mi padre, incansable trabajador, sacó tiempo para impartir cursos, ganar premios y conocer el lado menos agradecido de la Educación en cargos directivos, para que nunca faltara dinero en casa. Mis padres se comportaron (y comportan) como tales, haciendo de la familia un proyecto vital en el que reinaba la generosidad.

Mientras mis padres levantaban el edificio, mis abuelos preparaban las ventanas que me mostrarían los puntos cardinales  de la creatividad, la curiosidad, la complicidad y la tradición. De mis abuelos aprendí a amar la cotidianidad, los objetos antiguos, la naturaleza, la cocina hecha con cariño o el coleccionismo. Cada uno me inculcó sabias lecciones, pero siempre desde la afectividad. ¿Nos es esa una sabia enseñanza para un profesor?

Quizás hoy en día las funciones de padres y abuelos no estén tan delimitadas como antes. Nuestro ritmo diario, la necesidad de pagar una hipoteca o la de falta de conciliación laboral, hacen que muchos abuelos hagan el papel de padres y algunos padres el de abuelos, provocando que algunos niños perciban los muros como ventanas y que algunas ventanas sean simples tragaluces.

En los días que escribo estas líneas, mi abuela, la última de mis cuatro ventanas, se está despidiendo de nosotros. De todos mis recuerdos, me he quedado con uno que es muy especial para mí… Cuando era niño, había dos grandes empresas de bollería, Bimbo y Ortiz. Sus atractivos productos se anunciaban en los tebeos y en la televisión. Bony, Bucaneros, Tigretón, magdalenas Ortiz… Siempre tan caros, pero con aquellos cromos maravillosos. A veces, si mi madre había logrado ahorrar unas pesetas de la compra, nos daba el capricho, pero no eran asequibles.

Una vez, siendo muy pequeño, en su preciosa cocina, con repostero, alacena y venta con vistas al limonero, me topé con una extraña cacerola. Intrigado le pregunté por ella y me explicó que servía para hacer magdalenas. ¿Magdalenas? Pero, ¿¿¿tú puedes hacer magdalenas???

Mi abuela, que me daba acceso a la torre donde se escondían los tesoros, que me preparaba la mezcla para las pompas de jabón,  que hacía de mi estancia en el pueblo toda una aventura, ¡tenía el poder de hacer magdalenas! De acuerdo, no tenían los cromos de “Busca la pareja”, pero estaban mil veces más buenas. Desde aquel momento y hasta que se vino a Madrid, siempre que visitaba su casa tenía una bolsa de sus magdalenas esperando, como símbolo de su acogida y cariño hacia sus nietos. Cierto que tengo otros recuerdos, pero este abarcó desde mi niñez hasta mi juventud. Quizás por eso, el año pasado me empeñé en hacer en casa magdalenas y, tras “desconcertantes” resultados, lo logré con gran alegría, pensando que la tradición iba a continuar. Yo no uso aquella cacerola-horno tan bonita, pero con mis moldes de silicona me siento capaz de recuperar esos “superpoderes” que ella me mostraba en la cocina.

Con esos “superpoderes” no es de extrañar que se ganara el mote de la “Superabuela”.

NOTA DEL AUTOR: tras el fallecimiento de mi abuela “mis pavitos” me inundaron el móvil y el Twitter con mensajes de ánimo muy cariñosos. ¿Quién dijo que nuestros adolescentes no tienen valores positivos? Me siento muy orgulloso de ser profesor…

2001-odisea-espacio


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